HOLA INDIGO!

LOBOS CON PIEL DE OVEJAS

viernes, 28 de enero de 2011

ILUSIONES

ILUSIONES
1
1. Vino al mundo un Maestro nacido en la Tierra Santa de Indiana,
criado en las colinas místicas situadas al este de Fort Wayne.
2. El Maestro aprendió lo que concernía a este mundo en las escuelas
públicas de Indiana y luego, cuando creció, en su oficio de mecánico de
automóviles.
3. Pero el Maestro traía consigo los conocimientos de otras tierras y
otras escuelas, de otras vidas que había vivido. Los recordaba y puesto
que los recordaba adquirió sabiduría y fuerza, y la gente descubrió su
fortaleza y acudió al él en busca de consejo.
4. El Maestro creía que disfrutaba de la facultad de ayudarse a sí
mismo y a de ayudar a toda la Humanidad, y puesto que lo creía, así fue,
de modo que otros vieron su poder y acudieron a él para que les curase
de sus tribulaciones y sus muchas enfermedades.
5. El Maestro creía que es bueno que todo hombre se vea a sí mismo
como hijo de Dios, y puesto que lo creía, así fue, y los talleres y los
garajes donde trabajaba se poblaron y atestaron con quienes buscaban
su sabiduría y el contacto de su mano y las calles circundantes con
quienes sólo anhelaban que su sombra pasajera se proyectara sobre
ellos y cambiara sus vidas.
6. Sucedió, en razón de las multitudes que varios capataces y jefes de
talleres le ordenaron al Maestro que dejara sus herramientas y
siguiera su camino, porque el apiñamiento era tal que ni él ni los otros
mecánicos tenían espacio para trabajar en la reparación de los
automóviles.
7. Se internó pues en la campiña y sus seguidores empezaron a llamarlo
Mesías, y hacedor de milagros, y puesto que lo creían, así fue.
8. Si estallaba una tormenta mientras él hablaba, ni una sola gota de
agua tocaba la cabeza de uno de sus oyentes, y quienes estaban al
fondo de la multitud escuchaban sus palabras con tanta nitidez como
los primeros, aunque en el cielo retumbaran rayos y truenos.
Y siempre les hablaba en parábolas.
9. Y les dijo: "En cada uno de vosotros reside el poder de prestar
consentimiento a la salud y a la enfermedad, a las riquezas y a la
pobreza, a la libertad y a la esclavitud. Somos nosotros quienes las
domeñamos y no otro."
10. Un obrero habló y dijo: "Es fácil para ti, Maestro, porque a ti te
guían y a nosotros no, y no necesitas trabajar como trabajamos
nosotros. En este mundo el hombre debe trabajar para ganarse la
vida."
11. El Maestro respondió y dijo: "Una vez vivía un pueblo en el lecho de
un gran río cristalino.
12. "La corriente del río se deslizaba sobre todos sus habitantes;
jóvenes y ancianos, ricos y pobres, buenos y malos y la corriente seguía
su camino ajena a todo lo que no fuera su propia esencia de cristal.
13. "Cada criatura se aferraba como podía a las ramitas y rocas del
lecho del río, porque su modo de vida consistía en aferrarse y porque
desde la cuna todos habían aprendido a resistir la corriente.
14. "Pero al fin una criatura dijo: ‘Estoy harta de asirme, aunque no lo
veo con mis propios ojos, confío en que la corriente sepa hacia donde
va. Me soltaré y dejaré que me lleve a donde quiera. Si continúo
inmovilizada, me moriré de hastío.’
15. "Las otras criaturas rieron y exclamaron:’ ¡ Necia ! ¡Suéltate y la
corriente que veneras te arrojará, revolcada y hecha pedazos contra
las rocas, y morirás más rápidamente que de hastío!’
16. "Pero la que había hablado en primer término no les hizo caso, y
después de inhalar profundamente se soltó; inmediatamente la
corriente la revolcó y la lanzó contra las rocas.
17. "Mas la criatura se empecinó en no volver a aferrarse, y entonces la
corriente la alzó del fondo y ella no volvió a magullarse ni a lastimarse.
18. "Y las criaturas que se hallaban aguas abajo, que no la conocían,
clamaron: ‘¡ Ved un milagro! ¡ Una criatura como nosotras, y sin embargo
vuela! ¡ Ved al Mesías que ha venido a salvarnos a todas!’.
19. "Y la que había sido arrastrada por la corriente respondió: ‘No soy
más Mesías que vosotras. El río se complace en alzarnos, con la
condición de que nos atrevamos a soltarnos. Nuestra verdadera tarea
es éste viaje, ésta aventura ’.
20. "Pero seguían gritando aún más alto: ‘¡ Salvador!’, sin dejar de
aferrarse a las rocas. Y cuando volvieron a levantar la vista, había
desaparecido, y se quedaron solas, tejiendo leyendas acerca de un
Salvador."
21. "Y sucedió que cuando vio que la multitud crecía día a día, más
hacinada y apretada y enfervorizada que nunca, y cuando vio que los
hombres le urgían para que los curara sin descanso, para que los
alimentara con sus milagros, para que aprendiera por ellos y viviera sus
vidas, se sintió afligido, y ese día subió solo a la cima de un monte
solitario y allí oró.
22. Y dijo en el fondo de su alma: "Será un Portento Infinito, si es esa
tu voluntad, que apartes de mí este cáliz, que me ahorres esta tarea
imposible. No puedo vivir las vidas de los demás, y sin embargo diez mil
personas me lo suplican. Lamento haber permitido que sucediera todo
esto. Si esa es tu voluntad, autorízame a volver a mis motores y a mis
herramientas, y a vivir como todos los hombres."
23. Y una voz le habló en las alturas, una voz que no era ni masculina ni
femenina, poderosa ni suave, sino infinitamente bondadosa. Y la voz le
dijo: "No se hará mi voluntad sino la tuya. Porque lo que tú deseas es lo
que yo deseo de ti. Sigue tu camino como los otros hombres; y que seas
feliz en la tierra."
24. Al escucharla, el Maestro se regocijó, y dio las gracias, y bajó de la
cima del monte tarareando una cancioncilla popular entre los
mecánicos. Y cuando la multitud le urgió con sus penas, y le imploró que
la curara y aprendiese por ella y la alimentara incesantemente con su
sabiduría y le entretuviera sus milagros, él sonrió y le dijo
apaciblemente: "Renuncio".
25. Por un momento, la muchedumbre quedó muda de asombro.
26. Y él continuó: "Si un hombre le dijera a Dios que su mayor deseo
consistía en ayudar al mundo atormentado, a cualquier precio, y Dios le
contestara y explicara lo que debía hacer, ¿ tendría el hombre que
obedecer?"
27. " ¡ Claro, Maestro!", clamó la multitud. "¡ Si Dios se lo pide deberá
soportar complacido las torturas del mismísimo infierno!".
28. "¿ Cualesquiera que sean esas torturas, y por ardua que sea la
tarea?"
29. "Deberá enorgullecerse de ser ahorcado, deleitarse de ser clavado
en un árbol y quemado, si eso es lo que Dios le ha pedido", contestó la
muchedumbre.
30. "Y que haríais - preguntó el Maestro a la concurrencia - si Dios os
hablara directamente a la cara y os dijera: ‘OS ORDENO QUE SEÁIS
FELICES EN EL MUNDO MIENTRAS VIVÁIS'? ¿ Qué haríais
entonces?"
31. La multitud permaneció callada. Y no se oyó una voz, un ruido, entre
las colinas ni en los valles donde estaba congregada.
32. Y el Maestro dijo, dirigiéndose al silencio: "En el sendero de
nuestra felicidad encontraremos la sabiduría para la que hemos elegido
esta vida. Esto es lo que he aprendido hoy, y opto por dejaros ahora
para que transitéis por vuestro propio camino, como deseáis."
33. Y marchó entre las multitudes y las dejó, y retornó al mundo
cotidiano de los hombres y las máquinas.
2
Conocí a Donald Shimoda a mediados del verano. En los cuatro años que
llevaba volando no había encontrado a ningún otro piloto que hiciera lo
que yo: dejarse llevar por el viento de un pueblo a otro, ofreciendo paseos
en un viejo biplano a tres dólares por diez minutos de vuelo.
Pero un día, un poco al norte de Ferris, en Illinois, miré abajo desde la
carlinga de mi Fleet y vi un viejo Travel Air 4000, dorado y blanco,
bellamente posado sobre el heno esmeralda-limón.
La mía es una vida libre, pero a veces me siento solo. Vi el biplano allí, lo
pensé unos instantes y resolví que nada perdía con bajar. Reduje gases,
incline el timón de dirección, y el Fleet y yo iniciamos un descenso lateral.
Volvieron los ruidos familiares: el viento en los cables de las alas y ese
apacible y lento poc-poc del viejo motor que hace girar perezosamente la
hélice. Me subí las gafas para vigilar mejor el aterrizaje. Los tallos de maíz
ondulaban abajo, muy cerca, como una jungla de follaje verde; tuve el
vislumbre de una empalizada y luego se extendió el heno recién cortado
hasta donde alcanzaba la vista. Enderecé la palanca de mando y el timón
de dirección: una grácil vuelta alrededor del campo, el roce del heno
contra los neumáticos y después el familiar y sereno chasquido crepitante
del terreno duro debajo de las ruedas. Despacio, despacio; luego, una
rápida descarga de estrépito y potencia para rodar hasta el otro avión y
detenerse a su lado. Reducir gases, oprimir el interruptor, el suave clac-clac
de la hélice, cada vez más lento, en medio del silencio implacable de julio.
El piloto del Travel Air estaba sentado en el heno, con la espalda reclinada
contra la rueda izquierda de su avión y me miraba apaciblemente.
También yo lo miré, durante medio minuto, escudriñando el misterio de
su aplomo. Yo no habría tenido la sangre fría precisa para quedarme
tranquilamente sentado, observando como otro avión se posaba en el
mismo campo y se detenía a diez metros de mí. Le saludé con una
inclinación de cabeza. Sin saber por qué , lo encontré simpático.
- Me pareció que estabas solo - dije, a través de la distancia que nos
separaba.
- Tu también lo parecías.
- No quise molestarte. Si estoy de más, me voy.
- No. Te esperaba.
Sonreí al oírle.
- Perdona que te haya hecho esperar.
- No importa.
Me quité el casco y las gafas, salí de la carlinga y bajé al suelo. Pisar la
tierra produce una sensación agradable cuando se han pasado un par de
horas en el Fleet.
- Espero que no te importe el jamón y queso - dijo -. Jamón queso y tal vez
una hormiga.
No hubo ni un apretón de manos ni presentación de ninguna naturaleza.
No era corpulento. El pelo hasta los hombros, más negro que el caucho del
neumático contra el que se apoyaba. Ojos oscuros como los de un halcón,
de esos que me gustan en un amigo y que, sin embargo, me incomodan
mucho en cualquier otro. No sé por qué pensé en él como en un maestro
de karate dispuesto a hacer una demostración discretamente violenta.
Acepté el bocadillo y el agua que me ofrecía en la tapadera de un termo.
- Pero, ¿quién eres? - pregunté -. Hace años que voy así y nunca he visto a
otro acróbata del aire en los campos.
- No sirvo para muchas otras cosas - respondió, bastante complacido -
Trabajitos mecánicos, soldaduras, forcejear un poco, desguazar tractores.
Cuando me quedo mucho tiempo en un mismo lugar tengo problemas. De
modo que preparé el avión y ahora me dedico a la acrobacia aérea.
- ¿ Qué modelos de tractores ?
- Los D- 8 los D-9. Fue por poco tiempo, en Ohio.
- ¡El D- 9! ¡Tan grande como una casa! Con una primera de doble tracción.
¿Es cierto que puede derribar una montaña?
- Hay mejores sistemas para mover montañas - contestó, con una sonrisa
que tal vez duró una décima de segundo.
Estuve un minuto largo recostado contra el ala inferior de su avión,
estudiándolo. Una ilusión óptica...era difícil mirarle de cerca. Era como si
hubiera un halo luminoso alrededor de su cabeza, que diluyera el fondo
hasta reducirlo a un tono plateado, tenue, nebuloso.
- ¿Te ocurre algo ?- inquirió.
- ¿Qué clase de problemas tuviste ?
- Bah. Nada importante. Se trata sencillamente de que en estos tiempos me
gusta ir de un lado a otro, como a ti.
Di la vuelta a su avión , con el bocadillo en la mano. Era un modelo 1928 ó
1929, y no tenía ni un raspón. Las fábricas no producen aviones tan
impecables como el suyo, ahí posado sobre el heno. Por lo menos veinte
capas de butirato aplicado a mano ; la pintura estaba estirada como un
espejo sobre las costillas de madera. Debajo del borde de la carlinga leí la
palabra Don, escrita en letras góticas doradas, la matrícula adherida al
portamapas decía : D. W. Shimoda. Los instrumentos acababan de salir del
embalaje : eran los originales, de 1928. Palanca de mando y barra del timón
de dirección fabricadas con doble barnizado ; palanca de gases, mando de
mezcla y avance de encendido a la izquierda. Ya no se encuentran avances
de encendido ni siquiera en las antigüedades mejor restauradas. Ni un
raspón, ni un remiendo en el fuselaje, ni una salpicadura de aceite. Ni
siquiera una brizna de paja sobre el suelo de la carlinga, como si el biplano
no hubiera volado nunca y se hubiera materializado allí mismo después de
atravesar medio siglo por un túnel del tiempo. Sentí un extraño escalofrío
en la nuca.
- ¿ Cuánto hace que llevas pasajeros ?- le pregunté.
- Aproximadamente un mes, ahora. Cinco semanas.
Mentía. Cinco semanas por los campos y, seas quien fueres, tendrás mugre
y aceite en el avión y habrá una brizna de paja en el suelo de la carlinga,
por mucho que te esmeres para evitarlo. Pero aquel artefacto... ni aceite
sobre el parabrisas, ni manchas de heno volador aplastado contra los
fuertes ataques de las alas y los alerones de la cola, ni insectos estrellados
contra la hélice. Un avión que atraviesa la atmósfera estival de Illinois no
puede estar en semejantes condiciones. Examiné el Travel Air durante
otros cinco minutos. Después volví al punto de partida y me senté sobre el
heno, debajo del ala, de cara al piloto. No tenía miedo. El fulano seguía
resultándome simpático, pero había algo que no encajaba.
- ¿ Porqué no me dices la verdad ?
- Te la he dicho, Richard - respondió -. Además, puedes ver el nombre
pintado en el avión.
- Nadie puede estar llevando pasajeros en un Travel Air durante un mes
sin que el avión se le manche de aceite, amigo mío, y de polvo. Sin que
tenga que aplicar un remiendo al fuselaje. Y ¡ por amor de Dios !, sin que
se le llene el suelo de paja.
Sonrió plácidamente.
- Hay cosas que ignoras.
En ese momento era un ser extraño procedente de otro planeta. Le creí,
pero no encontré la forma de explicar la presencia de su avión, refulgente,
posado en el campo estival.
- Es cierto, pero algún día lo sabré todo. Y entonces te regalaré mi avión
Donald, porque ya no lo necesitaré para volar. Me miró con interés y
arqueó las cejas negras.
- ¿De veras ? Cuéntamelo.
Estaba exultante. ¡ Al fin ! Alguien dispuesto a escuchar mi teoría.
- Supongo que durante mucho tiempo la gente no pudo volar porque no lo
creía posible ; por eso no aprendía los principios elementales de la
aerodinámica. Yo quiero creer que en alguna parte existe otro principio :
no necesitamos aviones para volar, ni para atravesar paredes, ni para
llegar a los planetas. Podemos aprender a hacerlo sin la ayuda de ningún
tipo de máquinas. Si lo deseamos.
Esbozo una sonrisa a medias, seriamente, y asintió con una sola
inclinación de cabeza.
- Y piensas que aprenderás lo que deseas recogiendo pasajeros en los
campos, a tres dólares por cabeza.
- El único aprendizaje digno de ese nombre es el que yo consiga por mi
cuenta. Si en el mundo hubiera alguien, que no lo hay, capaz de
enseñarme más que mi avión, y que el cielo, acerca de lo que deseo saber,
correría ahora mismo a buscarlo. O a buscarla.
Los ojos oscuros me escrutaron fijamente.
- ¿ Y no crees que si realmente quieres aprender esto , es que alguien te
está guiando ?
- Me está guiando, claro. ¿ Acaso no nos guían a todos ? Siempre he
sentido que algo me vigila, como quien dice.
- Y piensas que te conducirá hasta el maestro que podrá ayudarte.
- Si el maestro no resulto ser yo, sí.
- A lo mejor es así como sucede - dijo.
Una flamante camioneta avanzó silenciosamente por el camino en
dirección a nosotros, levantando una tenue polvareda parda, y se detuvo
junto al campo. Se abrió la puerta y bajaron de ella un anciano y una niña
de unos diez años. La atmósfera estaba tan tranquila que el polvo continúo
flotando.
- ¿ Llevan pasajeros, verdad ? - preguntó el hombre.
Era Donald Shimoda el que había descubierto el lugar, así que permanecí
callado.
- Sí, señor - respondió fogosamente -. ¿Anda hoy con ganas de volar ?
- Si subo, ¿ hará algunas acrobacias, rizará el rizo conmigo allá arriba ?
Los ojos del hombre titilaron. Quería saber si lo reconocíamos a pesar de
su jerga de palurdo.
- Si lo desea, lo haré. Si no, no.
- Y supongo que me cobrará una fortuna.
- Tres dólares en metálico, señor, por diez minutos de vuelo. O sea treinta
céntimos por minuto. Y lo vale, según me dice la mayoría de la gente.
Tuve la extraña sensación de sentirme un poco espectador mientras
permanecía ahí sentado, ocioso, escuchando el modo en que el individuo
promocionaba su mercancía. Me gustó lo que dijo, siempre en un tono
muy medido. Me había acostumbrado tanto al sistema que utilizaba yo
para reclutar mis clientes ("¡ Os garantizo que arriba la temperatura es diez
grados más baja, amigos ! ¡ Venid a donde solo vuelan los pájaros y los
ángeles ! Todo por solo tres dólares, apenas doce monedas de veinticinco
centavos..."), que había olvidado que podía haber otro.
Volar y tener que vender el viaje además, entrañaba una cierta tensión.
Estaba acostumbrado a ella, pero no por eso dejaba de existir : si no
consigo pasajeros, no como. Como en aquel momento podía quedarme
sentado, sin que mi almuerzo dependiera del desenlace, aproveché la
oportunidad para relajarme y mirar.
La niña también se mantenía apartada, observando. Rubia, de ojos
castaños y expresión solemne, estaba allí porque su abuelo estaba. No
quería volar.
En la mayoría de los casos se produce la situación inversa : niños ávidos y
adultos cautelosos. Pero cuando uno se gana la vida con ese trabajo
también adquiere un sexto sentido, y comprendí que la niña no volaría con
nosotros en todo el verano.
- ¿ Cuál de ustedes, caballeros... ?- preguntó el hombre.
Shimoda se sirvió una taza de agua.
- Richard le llevará. Yo estoy comiendo. A menos que prefiera esperar.
- No, señor. Estoy listo para partir. ¿Podremos volar sobre mi granja ?
- Desde luego - asentí - . Bastará que señale en que dirección desea ir,
señor.
Saqué las mantas, la caja de herramientas y las cacerolas de la carlinga del
Fleet, le ayudé a instalarse en el asiento para pasajeros y le puse el
cinturón de seguridad. Después me deslicé en la carlinga posterior y ajusté
mi propio cinturón.
- ¿ Me echas una mano, Don ?
- Sí. - Se colocó junto a la hélice, sin soltar la taza con agua -. ¿Qué
quieres ?
- Hazlo despacio. El impulso te la sacará de la mano.
Siempre que alguien acciona la hélice del Fleet, tira con demasiada fuerza
y por complejas razones el motor no arranca. Pero aquel hombre la hizo
girar muy lentamente, como si la conociera de toda la vida. El muelle de
arranque chasqueó, las chispas saltaron en los cilindros y el viejo motor se
puso en marcha, con la mayor espontaneidad. Don volvió a su avión , se
sentó y entabló conversación con la niña.
El Fleet levantó vuelo en medio de una fuerte descarga de potencia y de
pajas arremolinadas. Subió treinta metros (si el motor se detiene ahora, nos
asentaremos sobre el maíz), ciento cincuenta metros ( ya podemos volver y
posarnos sobre el heno... al oeste tenemos ya la dehesa), trescientos metros
y luego nos enderezamos en medio del viento, siguiendo el rumbo que
marcaba el dedo del hombre, hacia el sudoeste.
Tres minutos de vuelo y describimos un círculo sobre una granja con
establos del color de carbones incandescentes y una casa marfileña en
medio de un océano de menta. En el fondo, un huerto con maíz tierno,
lechuga y tomates. El ocupante de la carlinga delantera miró hacia abajo
mientras sobrevolábamos la finca, enmarcada entre las alas y los cables del
Fleet.
En la galería apareció una mujer, con un delantal blanco sobre el vestido
azul, saludando con la mano. El hombre contestó el saludo. Más tarde
comentarían la nitidez con que se habían visto a través del cielo.
Finalmente me miró e hizo una inclinación de cabeza. Ya era suficiente,
gracias, y que podíamos regresar.
Describí un vasto círculo alrededor del Ferris, para que la gente se enterara
de que había una función de vuelo, y después tracé una espiral sobre el
campo de heno para enseñar, exactamente , el escenario.. En el momento
en que planeaba para aterrizar, sesgándome sobre el maizal, el Travel Air
despegó y se dirigió inmediatamente hacia la granja que nosotros
acabábamos de dejar atrás.
Yo formé parte, hace tiempo, de una cuadrilla de cinco acróbatas del aire,
y por un momento tuve la misma sensación de actividad febril... un avión
que remontaba el vuelo al tiempo que otro aterrizaba. Tocamos tierra con
un plácido impacto ronroneante y rodamos hasta el otro extremo del
campo, junto al camino.
El motor se detuvo, el hombre se desabrochó su cinturón de seguridad y le
ayudé a bajar. Sacó la cartera del interior del mono y contó los billetes de
dólar, mientras movía la cabeza.
- Ha sido un paseo estupendo, hijo.
- Eso pensamos. Vendemos un buen producto.
- ¡ El que vende es su amigo !
- ¿ Cómo dice ?
- Lo que he dicho. Su amigo sería capaz de venderle rizones al diablo, sí
señor. ¿ No piensa lo mismo ?
- ¿ Por qué lo dice ?
- Por la niña, claro. ¡ Mi nieta Sarah volando !
Mientras decía esto miraba al Travel Air que, como una lejana mota de
plata en el aire, sobrevolaba la granja. Hablaba con la serenidad con que lo
habría hecho si hubiera notado que en la rama seca del huerto acabaran de
brotar flores y manzanas maduras.
- Desde que nació, esa criatura huye despavorida de los lugares altos.
Grita, se espanta. Es tan difícil que Sarah trepe a un árbol como que sacuda
un avispero con la mano desnuda. Ni siquiera se atreve a subir la escalera
del desván, y no lo haría aunque el Diluvio estuviera inundando el patio.
Es un prodigio con las máquinas, no le tiene miedo a los animales...¡ pero
tiene fobia a las alturas ! Y ahí está, volando.
Me habló de eso y de otros tiempos singulares. Recordaba la época en que
los acróbatas del aire pasaban por Galesburg, hacia muchos años, y por
Monmouth, pilotando biplanos iguales a los nuestros pero realizando con
ellos toda clase de piruetas.
Observé como el lejano Travel Air aumentaba de tamaño, picaba sobre el
campo en un ángulo mucho más empinado del que yo habría intentado
con una niña que tenía miedo a las alturas, sobrevolaba el maíz y la cerca y
se posaba en un aterrizaje en tres etapas realmente espectacular. Donald
Shimoda debía tener mucha experiencia como piloto para tomar tierra así
con un Travel Air.
El avión fue a detenerse junto a nosotros, sin consumir más combustible, y
la hélice traqueteó apaciblemente hasta inmovilizarse. La observé con
atención. No había insectos aplastados contra la superficie. Ni una sola
mosca estrellada contra la gran pala de dos metros cuarenta.
Me levanté de un salto para ayudarles, desabroché el cinturón de
seguridad de la niña, abrí la portezuela de la carlinga delantera para que
saliese y le mostré donde debía pisar para que su pie no atravesara la tela
del ala.
- ¿ Te ha gustado ? - pregunté.
No me prestó atención.
- ¡Abuelo, no tengo miedo !¡No me he asustado ! ¡ La casa parecía un
juguete y mamá hacía señales con la mano y Don dijo que yo tenía miedo
porque una vez me había caído y muerto, pero que ya no debo temer ! Seré
piloto, abuelo. ¡ Tendré mi propio avión y yo misma me ocuparé del motor
y volaré a todas partes y llevaré pasajeros ! ¿ Podré hacerlo ?
Shimoda sonrió al viejo y se encogió de hombros.
- El te ha dicho que serías piloto, ¿verdad, Sarah ?
- No, pero lo soy. Ya me apaño con los motores. ¡ Tú lo sabes !
- Bueno, eso lo hablarás con tu madre. Es hora de volver a casa.
Los dos nos dieron las gracias y se dirigieron hacia la camioneta - él
andando y la niña corriendo -, transformados ambos por o que había
sucedido en el campo y en el cielo.
Llegaron dos coches, y luego un tercero, y a mediodía se agolpó la gente
que quería ver Ferris desde el aire. Realizamos doce o trece vuelos tan
rápidamente como pudimos, y a continuación fui a la estación de servicio
del pueblo, por gasolina para el Fleet. Después tuvimos algunos pasajeros,
y luego unos cuantos más ; cayó la tarde y seguimos volando hasta la
puesta del sol.
En alguna parte, un cartel decía 200 habitantes, y cuando oscureció tuve la
impresión de que a todos, incluso a algunos forasteros, los habíamos
paseado por el aire.
Con el ajetreo de los vuelos olvidé preguntarle a Don que había sucedido
con Sarah, y qué le había dicho él : si había inventado la muerte anterior
de la niña, o si pensaba que era cierta. En alguno de los aterrizajes estudié
detenidamente su avión mientras los pasajeros cambiaban de asiento. No
tenía ni una marca, ni una gota de aceite en ninguna parte.
Aparentemente, volaba esquivando esos mismos insectos que yo tenía que
limpiar de mi parabrisas cada una o dos horas.
Cuando pusimos punto final a la jornada, apenas quedaba un ligero
resplandor en el cielo. Y cuando terminé de acomodar los tallos de maíz
seco en mi cocina portátil de hojalata, y los hube cubierto con trozos de
carbón y hube encendido el fuego, la oscuridad era total y las llamas
arrancaban reflejos de colores de los aviones posados cerca de nosotros y
de la paja dorada que nos rodeaba.
Eché una mirada al interior de la caja de provisiones.
- Las opciones son : sopa, cocido o espaguetis - dije -. Pera o melocotón.
¿Quieres melocotón en almíbar ?
- Es lo mismo - respondió afablemente - Cualquier cosa o nada.
- Hombre, ¿no tienes apetito ? ¡ Ha sido una jornada de mucho
movimiento !
- No me has dado muchas razones para tener apetito, a menos que el
cocido sea bueno.
Abrí la lata de cocido con mi Cuchillo de Salvamento de Oficial Swiss Air,
hice lo mismo con el de espaguetis , y puse ambos recipientes en el fuego.
Tenía los bolsillos repletos de dinero : para mí, era una de las horas más
placenteras del día. Saqué los billetes y los conté sin preocuparme
demasiado por estirarlos. Sumaban ciento cuarenta y siete dólares, y
enseguida realicé un cálculo mental, operación ésta que no me resultaba
fácil.
- Esto supone... supone... vamos a ver... cuatro me llevo dos... ¡cuarenta y
nueve vuelos en una jornada ! He pasado la barrera de los cien dólares por
día Don... ¡ el Fleet y yo solos ! tú debes haber sacado fácilmente
doscientos... ¿llevas muy a menudo dos pasajeros por vuelo ?
- Sí, a menudo- asintió. Y agregó -: Respecto de ese maestro que andas
buscando...
- No busco ningún maestro - respondí - ¡ Lo que hago es contar dinero !
Con esto pudo vivir una semana. ¡ No me importa que la lluvia me tenga
parado una semana íntegra !
Me miró y sonrió.
- Cuando termines de nadar en dinero - dijo -, ¿tendrías la amabilidad
de pasarme mi cocido ?
3
Tropeles y hervideros y multitudes de gente, torrentes de seres humanos
precipitándose hacia un hombre colocado en el centro del
torbellino. Después, la muchedumbre se convirtió en un pcéano capaz de
ahogarle, pero él, en lugar de ahogarse, marchó sobre las aguas, silbando,
y desapareció. El océano de agua se trocó en otro de hierba. Un Travel Air
4000 blanco y dorado bajo para posarse sobre la hierba. El piloto salió de la
carlinga y desplegó un cartel de tela con la inscripción : VUELE - 3
DOLARES - VUELE.
Eran las tres de la mañana cuando me desperté.
Se interrumpió el sueño y lo recordé todo y por alguna razón me sentí
feliz. Abrí los ojos y la luz de la luna me mostró el enorme Travel Air
posado junto al Fleet. Shimoda estaba sentado sobre sus mantas
enrolladas, en la misma posición en que le vi la primera vez, con la
espalda apoyada contra la rueda izquierda de su avión. No es que le viera
claramente. Pero notaba que estaba allí...
- Hola, Richard - dijo parsimoniosamente en la oscuridad -. ¿Te ha
explicado eso lo que esta ocurriendo ?
- ¿ Qué es lo que me tiene que explicar algo ?- pregunté, aturdido. Aún
estaba recordando y no atiné a sorprenderme por el hecho de encontrarle
despierto.
- Tu sueño. El hombre y las multitudes y el avión - explicó pacientemente
-. Yo avivé tu curiosidad y ahora lo sabes, ¿no ? Los periódicos se
ocuparon de mí : Donald Shimoda, a quien empezaban a llamar el Mesías
Mecánico, el Avatar Norteamericanao, el mismo que desapareció un día
delante de veinticinco mil atónitos testigos oculares.
Lo recordé. Había leído la noticia en un anaquel de periódicos de una
aldea de Ohio, porque figuraba en primera plana.
- ¿Donald Shimoda ?
- A ti servicio - respondió -. Ahora ya lo sabes, de modo que no tendrás
que devanarte los sesos preguntándote quién soy. Sigue durmiendo.
Pensé largamente en eso, antes de volver a conciliar el sueño.
- ¿Puedes hacerlo... ? Yo no creía... Cuando te endilgan una tarea como esa,
la de Mesías, se supone que debes salvar al mundo, ¿no es así ? No sabía
que el Mesías podía devolver sencillamente las llaves, como has hecho tú,
y renunciar.
Estaba sentado sobre el carenaje del Fleet y estudiaba a mi extraño amigo.
- ¿ Quieres hacerme el favor de pasarme una llave de dos bocas, Don ?
Hurgó en la bolsa de herramientas y me la arrojó. Tal como había sucedido
esa mañana con las otras herramientas, la que acababa de lanzarme perdió
velocidad y se detuvo a treinta centímetros de mí, flotando como si no la
afectara la gravitación, después de hacer un perezoso giro en el aire. Sin
embargo, apenas la toqué, sentí su peso en la mano y volvió a ser una
vulgar llave de aviación de cromo vanadio. Bueno, no tan vulgar. Una vez
se me rompió en la mano una palanca barata y desde entonces he
comprado siempre las mejores herramientas que había en plaza... Y ésta
era una Snap-On que, como sabe cualquier mecánico, no es una llave para
usar todos los días. Por su precio, podría ser de oro, pero es un placer
empuñarla y puedes estar seguro de que nunca se romperá, cualquiera
que sea el trabajo para el que la emplees.
- ¡ Claro que puedes renunciar ! Puedes renunciar a lo que quieras, si ya no
tienes ganas de hacerlo. Puedes renunciar a respirar si lo deseas - hizo
flotar un destornillador Phillips, sólo para entretenerse -. De modo que yo
renuncie a mi condición de Mesías, y si te parece que me pongo un poco a
la defensiva, tal vez sea porque éste es todavía mi estado de ánimo. Es
mejor que conservar el trabajo y aborrecerlo. Un buen Mesías no aborrece
nada y disfruta de libertad para recorrer todos los caminos que se le
antojen. Bueno, esto vale para todos, por supuesto. Todos somos hijos de
Dios, o hijos de lo que Es, o ideas de la Mente, o como tú quieras llamarlo.
Ajusté las tuercas de la base de cilindros del motor Kinner. El viejo B-5 es
una buena fuente de energía, pero estas tuercas tienden a aflojarse cada
cien horas de vuelo y es prudente adelantarse a los problemas. Menos
mal : la primera tuerca que apreté con la llave dio un cuarto de vuelta, y
me felicité por haber tenido la sesatez de verificarlas en su totalidad esa
mañana, antes de cargar otros pasajeros.
- Bien, sí, Don, pero yo pensaba que el oficio de Mesías era distinto de los
otros, ¿sabes ? ¿Acaso Jesús volvería a clavar clavos para ganarse la vida ?
Tal vez sea simplemente que suena un poco raro.
Reflexionó, tratando de interpretar la idea.
- No entiendo lo que quieres decir. Lo raro es que no renunciara cuando
empezaron a llamarle Salvador. En lugar de pensar en sí mismo al recibir
esa mala noticia, intentó razonar : "Muy bien, soy el hijo de Dios, pero
todos lo somos. Soy el salvador, ¡ pero también lo sois vosotros ! ¡ Vosotros
podéis ejecutar los prodigios que ejecuto yo ! Eso lo entiende cualquiera
que este en su sano juicio."
Hacia calor en el carenaje, pero no sentía la sensación de estar trabajando.
Cuanto más deseo hacer algo, menos lo defino como trabajo. Me
complacía saber que lo que hacía era evitar que los cilindros pudieran
desprenderse del motor.
- Dime si necesitas otra llave.
- No la necesito - respondí -. Y he progresado tanto, desde el punto de
vista espiritual, que tus triquiñuelas me parecen simples juegos de salón
de un alma moderadamente evolucionada. O tal vez un aprendiz de
hipnotizador.
- ¡ Hipnotizador ! ¡ Vaya, eres cada vez más amable ! Pero más vale ser
hipnotizador que Mesías. ¡ Qué trabajo más tedioso ! ¿ Por qué no me
daría cuenta de que iba a ser así ?
- Te diste cuenta - contesté sagazmente. El se limitó a reír.
- ¿ Has pensado alguna vez - continué -, que quizás después de todo no
sea tan fácil renunciar, Don ? ¿ Que a lo mejor no consigues acomodarte
sencillamente a la existencia de un ser humano normal ?
Esta vez no rió.
- Tienes razón, sí - asintió, y se pasó los dedos entre el pelo negro -.
Cuando me quedaba demasiado tiempo en un lugar, más de un día o dos,
la gente se daba cuenta de que yo era un ser extraño. Rozas mi solapa y te
curas de un cáncer, y antes de que transcurrauna semana, ahí estoy,
nuevamente en medio de una multitud. Este avión me mantiene en
movimiento y nadie sabe de donde vengo ni a dónde iré a acontinuación,
lo cual me cuadra muy bien.
- Tu vida va a ser más difícil de lo que piensas, Don.
- ¿ De veras ?
- Sí, nuestra época va claramente de lo material a lo espiritual... y aunque
la marcha es lenta, también es portentosa. No creo que el mundo te deje en
paz.
- No es a mí a quien quieren , sino mis milagros. Y puedo eseñarle a algún
otro cómo se ejecutan : que sea él el Mesías. No le explicaré que se trata de
un trabajo tedioso. Además : "No hay ningún problema que, por su
magnitud, sea ineludible".
Salté al suelo y me dediqué a ajustar con mucho cuidado las tuercas del
tercer y cuarto cilindro. No todas estaban flojas, pero algunas sí.
- Creo que citas al perrito Snoopy, ¿ no es verdad ?
- Cito la verdad allí donde la encuentro, gracias.
- ¡ No puedes evadirte, Don ! ¿Qué harás si empiezo a venerarte ahora
mismo ? ¿ Qué harás si me canso de trabajar en el motor y empiezo a
suplicarte que te ocupes de repararlo ? Escucha, ¡ te daré hasta el último
centavo que gane desde ahora hasta que se ponga el sol si me enseñas a
flotar en el aire ! Si no lo haces, sabré que tengo el deber de empezar a
adorarte, Santo Mensajero Enviado a Aliviar Mi Carga.
Se limitó a sonreírme. Aún no creo que entendiera que no podía evadirse.
¿ Cómo podía saberlo yo y él no ?
- ¿ Disfrutaste del espectáculo completo, como el que vemos en las
películas filmadas en la India ? Muchedumbres en las calles, miles de
manos que te tocan, flores e incienso, tarimas doradas con tapices
plateados.
- No. Antes incluso de conseguir el trabajo preví que no podría soportar
eso. De modo que escogí los Estados Unidos y solo tuve las
aglomeraciones.
Para él era doloroso recordar, y lamenté haber mencionado el tema.
Siguió hablando, sentado en el heno, atravesándome con la mirada como
si yo fuera transparente.
- Quería decirles: Por amor de Dios, si tanto anheláis la libertad y la dicha,
¿ cómo no os dais cuenta de que nada de eso esta fuera de vosotros ? ¡
Decid que lo tenéis y lo tendréis ! ¡ Comportáos como si fuera vuestro y lo
será ! ¿ Es que acaso es tan difícil, Richard ? Pero la mayoría ni siquiera me
escuchaban. Milagros... Así como la gente acude a las carreras de coches
para presenciar los accidentes, así también acudía a mí para presenciar
milagros. Al principio te defrauda, y al cabo de algún tiempo simplemente
te aburre. No entiendo como pudieron soportarlo los otros Mesías.
- Cuando lo planteas en esos términos, pierde un poco de su encanto -
respondí. Ajusté la última tuerca y guardé las herramientas -. ¿ A dónde
iremos hoy ?
Fuimos hasta mi carlinga y en lugar de fregar el parabrisas, Don hizo un
pase con la mano y los insectos que estaban pegados cobraron vida y se
alejaron volando. Su propio parabrisas nunca necesitaba limpieza, claro
está, y ahora sabía que su motor jamás necesitaría mantenimiento.
- No lo sé - respondió -. No sé a dónde vamos.
- ¿ Qué significa eso ? Tu conoces el pasado y el futuro de todo. ¡ Sabes
exactamente a dónde vamos !
Suspiró.
- Sí. Pero procuro no pensar en ello.
Durante un rato, mientras me ocupaba de los cilindros me pude a pensar :
Caray, bastará que me quede al lado de este hombre y no tendré
problemas, no me ocurrirá nada malo y todo saldrá a las mil maravillas.
Pero la forma en que lo dijo - "Procuro no pensar en ello"- me tajo a la
memoria la suerte que habían corrido los otros Mesías enviados a este
mundo. El sentido común ,e ordenó enfilar hacia el sur inmediatamente
después del despegue y alejarme de él todo lo que pudiera.
Pero, como dije, se siente uno muy solo cuando vuela sin compañía, como
yo, y me sentía contento de haberle conocido, de tener sencillamente un
interlocutor que sabía distinguir un alerón de un estabilizador vertical.
Debería haber enfilado hacia el sur. Pero después del despegue me quedé
con él y volamos rumbo al norte y el este, hacia ese futuro en el que Don
procuraba no pensar.
4
¿ Dónde has aprendido todas esas cosas Don ? Sabes tanto... o a lo mejor
yo creo que lo sabes. No. Sabes mucho. ¿Es todo fruto de la experiencia ? ¿
No recibiste ningún adiestramiento formal para llegar a ser Maestro ?
- Te dan un libro para que lo leas.
Colgué de los cables un pañuelo recién lavado y miré a Don.
- ¿ Un libro ?
- El Manual del Salvador, una especie de Biblia para maestros. Por ahí tengo
un ejemplar, si te interesa.
- ¡ Sí ! ¿ Dices que se trata de un libro corriente que te enseña ?
Hurgó un poco en el compartimento del Travel Air y sacó un volumen de
pequeño formato, forrado con un material que parecía gamuza.
Manual del Mesías,
Recordatorios para el Alma
Evolucionada
- ¿ Qué cuento es ése del Manual del Salvador ? Aquí dice Manual del
Mesías.
- Bueno, eso.
Empezó a recoger los cacharros dispersos alrededor de su avión, como si
pensase que era hora de proseguir viaje.
Hojeé el libro, que consistía en una colección de máximas y párrafos
breves.
Perspectiva :
Utilízala y Olvídala.
Si has abierto esta página,
olvidas que lo que sucede
a tu alrededor no es real.
Piensa en esto.
Recuerda de dónde has venido,
a dónde vas, y por qué provocaste
el desbarajuste en el que te has metido,
para empezar.
Recuerda que tendrás una muerte horrible.
Todo depende del buen entrenamiento,
y la disfrutarás más si no pierdes de vista
todos estos detalles.
Sin embargo, debes tomarla
con un poco de seriedad.
Las formas de vida menos avanzadas
no entienden generalmente que marches riendo
al patíbulo, y te menospreciarán
por loco.
- ¿ Has leído esto acerca de la pérdida de perspectiva, Don ?
- No.
- Dice que tendrás una muerte horrible.
- No es inevitable. Todo depende de las circunstancias y de la forma en
que resuelvas apañarte.
- ¿ Tu tendrás una muerte horrible ?
- Lo ignoro. ¿ No te parece que sería un poco absurdo, ahora que he dejado
el oficio ? Bastará una discreta y modesta ascensión. Lo decidiré dentro de
pocas semanas, cuando termine lo que he venido a hacer.
Le reproche que bromeaba, como acostumbraba a hacerlo alguna que otra
vez, y no imagine entonces que lo de las "pocas semanas" fuera en serio.
Volví a la lectura del libro y comprobé que se trataba realmente de los
conocimientos que necesitaría un maestro.
Aprender
es descubrir
lo que ya sabes.
Actuar es demostrar que
lo sabes.
Enseñar es recordarles a los demás
que saben tanto como tú.
Sois todos aprendices,
ejecutores, maestros.
Tu única obligación
en cualquier periodo vital
consiste en ser fiel a ti mismo.
Ser fiel a otro ser o a otra cosa
no sólo es imposible,
sino que también es el
estigma del falso
Mesías.
Los
interrogantes más sencillos
son los más profundos.
¿Dónde has nacido ? ¿Dónde esta tu hogar ?
¿A dónde vas ?
¿Qué haces ?
Plantéatelos
de tiempo en tiempo,
y observa como cambian
tus respuestas.
Enseña mejor
lo que más necesitas
aprender.
- Te veo muy callado, Richard - comento Shimoda, como deseoso de
entablar conversación.
- Sí - respondí, y continué leyendo. Si este era un libro escrito
exclusivamente para maestros, no quería soltarlo.
Vive
de manera tal
que nunca te avergüences
si se divulga por todo el mundo
lo que haces o dices...
aunque
lo que se divulgue
no sea cierto.
Tus amigos
te conocerán mejor
en el primer minuto del encuentro
que
tus relaciones ocasionales
en mil
años.
La
mejor forma
de rehuir la responsabilidad
consiste en decir : "Tengo
responsabilidades".
Noté algo extraño en el libro.
- Las páginas no están numeradas, Don.
- No - respondió - basta con abrirlo y encuentras lo que estés buscando.
- ¡ Un libro mágico !
- No. Puedes hacerlo con cualquier libro. Incluso con un periódico viejo, si
lo lees con suficiente atención. ¿ No has fijado nunca algún problema en tu
mente y has abierto luego cualquier libro que tengas a mano para observar
lo que te dice ?
- No.
- Bien, inténtalo alguna vez.
Lo intenté. Cerré los ojos y me pregunté qué me sucedería si seguía junto a
aquel extraño individuo. Era divertido estar con él, pero no podía librarme
de la sensación de que, dentro de no mucho tiempo, le ocurriría algo nada
regocijante, y no quería estar cerca cuando pasara. Pensando en eso, abrí el
libro con los ojos cerrados ; volví a abrirlos y leí :
La criatura estudiosa
que llevas adentro,
el travieso ser espiritual
que encarna tu auténtica personalidad ,
te guía por la vida.
No vuelvas la espalda
a los futuros posibles
antes de estar seguro de que no tienes
nada que aprender de ellos.
Siempre gozarás de libertad
para cambiar de idea
y elegir otro futuro,
u otro
pasado.
¿Elegir otro pasado ? ¿ Literal o figuradamente, o qué quería decir ... ?
- Creo que estoy un poco mareado, Don. No sé cómo podría asimilar estas
lecciones.
- Con práctica. Un poco de teoría y mucha práctica - respondió -.
Necesitarás aproximadamente una semana y media.
- Una semana y media.
- Sí. Convéncete de que conoces todas las respuestas, y las conocerás.
Convéncete de que eres un maestro y lo serás.
- Nunca he dicho que quisiera ser un maestro.
- Es cierto - asintió -. No lo has dicho.
Pero conservé el manual, y no me pidió que se lo devolviera.
5
Los agricultores del Medio Oeste necesitan buenas tierras para prosperar.
Los aviadores errabundos también. Deben mantenerse próximos a sus
clientes. Deben encontrar campos situados a cien metros del pueblo,
campos cubiertos de pasto, o de heno, o de avena, o de trigo segado hasta
la altura de la hierba ; despejados de vacas inclinadas a roer la tela del
fuselaje ; próximos a una carretera ; con un portón en la cerca para
permitir el acceso de la gente ; alineados de manera que el avión no tenga
que rozar en ningún momento los tejados de las casas ; suficientemente
llanos para que el avión no se descalabre al rodar a 75 kilómetros por
hora ; lo bastante grandes para aterrizar y despegar sin peligro en los
cálidos y apacibles días de verano ; todo esto, contando con la autorización
del propietario para volar por allí durante una jornada.
Pensé en ello mientras enfilábamos hacia el norte un sábado por la
mañana, el mesías y yo, viendo como los manchones verdes y dorados de
la tierra desfilaban serenamente trescientos metros más abajo. El Travel
Air de Donald Shimoda rugía junto a mí a la derecha, y su pintura
espejeante reflejaba los rayos del sol en todas direcciones. Un estupendo
avión, pensé, pero demasiado grande para hacer acrobacias con mal
tiempo. Puede llevar dos pasajeros, pero también pesa el doble que un
Fleet y, en consecuencia, necesita mucho más espacio para despegar y
volver a posarse. Yo había tenido un Travel Air, pero finalmente lo cambié
por el Fleet, que puede aterrizar en parcelas más pequeñas, mucho más
fáciles de encontrar en las cercanías de los pueblos. Con él podía
maniobrar en un campo de 170 metros, en tanto que el Travel Air
necesitaba 330 o 340 metros. Si te atas a este individuo, pensé, te atas a las
limitaciones de su avión.
Y efectivamente, apenas lo pensé descubrí que estabamos rebasando una
preciosa pradera aledaña a un pueblo. Una parcela de algo más de 300
metros dividida en dos. Una de las mitades había sido vendida sin duda al
municipio y estaba ocupada por un campo de béisbol.
Como sabía que el avión de Shimoda no podía aterrizar allí, incline mi
pequeña maravilla voladora sobre el ala izquierda, manteniendo el morro
hacia arriba y el motor parado, y me zambullí hacia el campo como si
realmente llevara yo la pelota. Tocamos tierra algo más allá de la cerca, a la
izquierda del campo, y nos detuvimos cuando todavía sobraba espacio.
Sólo había querido fanfarronear un poco, demostrarle lo que podía hacer
un Fleet bien pilotado.
Un golpe a la palanca de gases me hizo virar para volver a remontarme,
pero cuando me disponía a despegar vi que el Travel Air se aproximaba
para tomar tierra. Con la cola baja y el ala derecha levantada, parecía un
cóndor majestuoso virando para asentarse sobre el palo de una escoba.
Volaba bajo y muy lentamente, y se me erizaron los pelos de la nuca.
Estaba a punto de presenciar una catástrofe.
Un Travel Air no puede pilotarse a menos de 90 kilómetros por hora para
aterrizar, porque se cala y termina convertido en chatarra. Pero aquel
biplano dorado y blanco se detuvo en el aire. Bueno, no quiero decir que
se detuviera literalmente, pero no iba a más de 45 kilómetros por hora : ¡
Un avión que se cala a 80, entendedme bien, y que, así frenado en el aire,
se posó con un suspiro sobre el césped ! Utilizó la mitad, quizá las tres
cuartas partes del espacio que yo había empleado para asentar el Fleet.
Permanecí en la carlinga, mudo de asombro, mientras el rodaba hasta
donde estaba yo y aparcaba. Cuando desconecté el motor me quedé
mirándole tontamente, hasta que exclamó :
- ¡Has encontrado un campo estupendo ! ¿Cerca del pueblo, eh ?
Nuestros primeros clientes, dos chicos montados en una honda, ya se
acercaban para averiguar que sucedía.
- ¿Qué significa eso de "cerca del pueblo" ?- grité venciendo el estrépito de
los motores que aún reverberaba en mis oídos.
- Bueno, está a cien metros de él.
- No, no me refiero a eso. ¿ QUÉ ME DICES DE ESTE ATERRIZAJE ? ¡ En
el Travel Air ! ¿Cómo has conseguido aterrizar aquí ?
Me hizo un guiño.
- ¡ Magia !
- No, Don... ¡ te hablo en serio ! He visto como aterrizabas.
Se dio cuenta de que yo estaba conmovido y más que un poco asustado.
- Richard, ¿ quieres saber cómo flotan las llaves en el aire y cómo se curan
todas las enfermedades y cómo el agua se convierte en vino y cómo se
camina sobre las olas y cómo se posa un Travel Air en treinta y cinco
metros de hierba ? ¿Quieres conocer la explicación de todos estos
milagros ?
Me sentí como si me estuviera enfocando con un rayo láser.
- Quiero saber cómo has aterrizado aquí...
- ¡ Escucha ! - gritó a través del espacio que nos separaba - . ¿Este mundo ?
¿ Y todo lo que hay en él ? ¡ Ilusiones Richard ! ¡ Todo en él son ilusiones ! ¿
Lo entiendes ?
No me hizo guiños, ni me sonrió. Fue como si estuviese súbitamente
furioso conmigo por no saberlo yo desde hacía mucho tiempo.
La motocicleta se detuvo junto a la cola de su avión. Los chicos parecían
ansiosos por volar.
- Sí - fue todo lo que atiné a decir -. Entiendo lo de las ilusiones.
Los chicos le acosaron al momento pidiéndole un vuelo y a mí me tocó
buscar inmediatamente al dueño del campo y pedirle autorización para
utilizar el prado.
Sólo hay un modo de describir los despegues y aterrizajes que realizó ese
día el Travel Air : decir que parecía un falso Travel Air. Como si fuera en
realidad un E-2 Cub, o un helicóptero disfrazado de Travel Air. Por alguna
razón, me resultaba mucho más fácil aceptar que una llave de dos bocas
flotara en el aire que mirar impasiblemente como su biplano levantaba
vuelo, ¡con pasajeros !, a 45 kilómetros por hora. Una cosa es creer en la
levitación cuando la ves, y otra muy distinta creer en los milagros.
Seguía pensando en lo que Don había dicho con tanta vehemencia.
Ilusiones. Alguien había dicho eso mismo antes... cuando yo era niño y
estudiaba magia... ¡ es lo que explican los prestidigitadores ! Nos advierten
cuidadosamente : "Mirad, lo que vais a presenciar no es un milagro, no
tiene nada de mágico. Es un efecto, es la ilusión de la magia." Entonces
sacan un candelabro de una nuez y truecan un elefante en una raqueta de
tenis.
Con un súbito arranque de lucidez, saqué del bolsillo el Manual del
Mesías y lo abrí. En la página solo habían dos oraciones.
No existe
ningún problema
que no te aporte simultáneamente
un don.
Busca los problemas
porque necesitas
sus dones.
No supe muy bien porqué, pero la lectura de ese texto mitigó mi
confusión. Seguí releyéndolo hasta aprenderlo de memoria.
El pueblo se llamaba Troy, y su dehesa prometía ser tan productiva para
nosotros como lo había sido el campo de heno de Ferris. Pero en Ferris yo
me había sentido seguro y en cambio aquí flotaba en el aire una tensión
que no me gustaba nada.
Los vuelos que para nuestros pasajeros eran una aventura sin par en la
vida, eran, para mí, una simple rutina, ensombrecida además por aquel
extraño desasosiego. Mi aventura era aquel personaje con el que volaba...
la técnica increíble con que remontaba su avión y los argumentos
enigmáticos que me había dado para explicar lo que hacía.
Los habitantes de Troy estaban tan poco pasmados por el milagro del
vuelo del Travel Air como lo habría estado yo si al mediodía hubiera oído
el repique de una campana del pueblo que llevara muda sesenta años...
Ignoraban que era imposible que sucediera lo que estaba sucediendo.
- ¡ Gracias por el paseo ! - exclamaban.
Y:
- ¿ Por qué han elegido un pueblo tan pequeño como Troy ?
Y:
- ¡ Jerry, tu granja no es más grande que una caja de zapatos !
Tuvimos una tarde muy activa. Acudió mucha gente a volar e íbamos a
ganar un montón de dinero. Sin embargo, algo empezó a decir, dentro de
mí, que nos fuéramos, que nos fuéramos de aquel lugar. En otras
oportunidades he hecho caso de esa voz interior, y siempre lo he
lamentado.
Aproximadamente a las tres de la tarde ya había repostado en dos
ocasiones, después de hacer tantas veces el viaje de ida y vuelta a la
estación de servicio de Skelly con dos bidones de veinte litros de gasolina,
cuando me di cuenta de que el Travel Air no había llenado su depósito ni
una sola vez. Shimoda no repostaba desde antes de llegar a Ferris, y ya
hacía siete horas, casi ocho, que pilotaba sin poner a su avión una sola gota
de combustible ni de aceite. Y aunque sabía que era un hombre bueno, y
que no me haría daño, volví a asustarme. Si estiras realmente la gasolina,
reduciendo las revoluciones al mínimo y escatimando mucho la mezcla en
vuelo, es posible mantener el Travel Air en funcionamiento durante unas
cinco horas. Pero no ocho, con despegues y aterrizajes.
Volaba sin pausa, viaje tras viaje, mientras yo vertía la gasolina en el
depósito de la sección intermedia y agregaba un litro de aceite al motor.
Había una cola de gente esperando turno y él no parecía inclinado a
desilusionarla.
Sin embargo, le alcancé en el momento en que un matrimonio, con su
ayuda, subía a la carlinga delantera. Procuré parecer tan circunspecto y
despreocupado como pude.
- Don, ¿ cómo marchan tus reservas de combustible ? ¿ Necesitas gasolina?
Permanecí parado, junto a la punta del ala, con un bidón de veinte litros,
vacío, en la mano.
Me miró fijamente a los ojos y frunció el ceño, atónito, como si le hubiera
preguntado si necesitaba aire para respirar.
- No - respondió, y me sentí como un bobo de primaria relegado al fondo
del aula -. No Richard, no necesito gasolina.
Me fastidió. Sé algo sobre motores de aviones y combustible.
- Muy bien, entonces - le espeté airadamente -. ¿No quieres uranio ?
Rió y se distendió enseguida.
- No, gracias. Llené el depósito el año pasado.
E inmediatamente se metió en la carlinga y partió con sus pasajeros,
repitiendo el despegue sobrenatural en cámara lenta.
Primeramente desee que la gente se fuera a su casa; después, que nosotros
partiéramos deprisa, con gente o sin ella; y finalmente, que yo tuviera el
sentido común necesario para salir de allí solo, sin tardanza. Lo único que
quería era despegar, encontrar un gran campo vacío lejos de toda ciudad y
sentarme a escribir en mi diario lo que sucedía, tratando de descifrar su
sentido.
Permanecí fuera del Fleet, descansando, hasta que Shimoda volvió a
aterrizar. Me encaminé hacia su carlinga, azotado por la ráfaga de viento
que despedía la hélice del potente motor.
- Ya he trabajado bastante, Don. Seguiré viaje, bajando lejos de las
ciudades para descansar un poco. Ha sido un placer volar contigo. Te vré
pronto, ¿ eh ?
No pestañeó.
- Un vuelo más y te acompañaré. Esa persona esta esperando.
- Acepto.
El aludido esperaba en un destartalado sillón de ruedas que habían bajado
por una rampa hasta el campo. Estaba contorsionado y crispado en el
asiento como si se hallara bajo los efectos de una intensa fuerza de
gravedad, pero había anunciado su deseo de volar. Había más gente
alrededor, cuarenta o cincuenta personas, algunas en sus coches, otras
esperando fuera, y todas miraban con curiosidad, preguntándose cómo se
las ingeniaría Don para pasar al hombre del sillón a la carlinga.
El ni siquiera lo pensó.
- ¿ Quiere volar ?
El hombre del sillón de ruedas forzó una sonrisa torcida y asintió con un
movimiento lateral de cabeza.
- ¡ Vamos, hágalo ! - dijo Don parsimoniosamente, como si se dirigiera a
alguien que hubiera estado demasiado tiempo entre bambalinas y a quien
le tocara entrar en escena. Pensando retrospectivamente, si hubo algo de
extraño en el episodio fue la energía con que habló Don. Su tono fue
natural, es cierto, pero también imperioso, como si pretendiera que el
hombre se levantase y subiese al avión, sin excusas. Lo que sucedió a
continuación se desarrolló como si el hombre hubiera estado fingiendo y
hubiese llegado a la última escena, después de la cual no había
justificación para seguir representando el papel de tullido. Pareció una
operación ensayada. La poderosa fuerza de gravedad se extinguió , como
si nunca hubiera existido, y el saltó del sillón de ruedas, medio corriendo,
sorprendido de sí mismo, en dirección al Travel Air.
Yo estaba cerca, y le oí.
- ¿ Qué ha hecho ? - preguntó - ¿Qué ha hecho conmigo ?
- ¿ Va a volar o no va a volar ? - dijo Don -. Son tres dólares. Antes de que
despegue, por favor.
- ¡ Estoy volando ! - exclamó.
Shimoda no le ayudó a subir a la carlinga, como acostumbraba a hacerlo
con otros pasajeros.
Los espectadores que se hallaban en los coches se apearon... circuló un
fugaz murmullo y después se hizo un silencio atónito. Aquel hombre
llevaba once años inmóvil, desde el día en que su camión se precipitó
desde un puente.
El individuo saltó al interior de la carlinga como un niño que acabara de
echarse encima una sábana para imitar un par de alas, y se deslizó hasta el
asiento sin dejar de agitar los brazos, como si fueran un juguete nuevo.
Antes de que nadie atinara a hablar, Don accionó la palanca de gases y el
Travel Air surcó los aires, describió una curva sobre los arboles y se
remontó como un enloquecido.
¿ Es posible que en un minuto coexistan la alegría y el terror?
Se sucedieron muchos minutos así. La gente estaba pasmada por lo que
solo se podía definir como la curación milagrosa de alguien que se la
merecía, y al mismo tiempo sentí que, cuando los dos bajaran, ocurriría
algo muy poco grato. La multitud estaba apiñada, a la expectativa, y las
multitudes apiñadas se convierten en turbas, que no presagian nada
bueno. Transcurría el tiempo. Los ojos taladraban el pequeño biplano, que
volaba con placidez absoluta bajo el sol, y se gestaba algo violento, presto
a estallar.
El Travel Air trazó algunos ochos perezosos, una espiral cerrada, y luego
apareció flotando sobre la cerca como un platillo volante pesado y ruidoso.
Si Don conservaba un poco de sentido común, dejaría al pasajero en el otro
extremo del campo, volvería a despegar y desaparecería. Seguía llegando
gente. Otro sillón de ruedas, que una mujer empujaba velozmente.
Don rodó hacia la muchedumbre, hizo girar el avión para que la hélice
quedara apuntando en dirección contraria y desconectó el motor. La gente
corrió hacia la carlinga y por un instante pensé que arrancaría la tela del
fuselaje para llegar hasta ellos.
¿ Fue un acto de cobardía ? Lo ignoro. Me dirigí a mi avión, accioné la
palanca de gases y tiré de la hélice para poner en marcha el motor. Luego
subí a la carlinga, puse el Fleet en dirección del viento y levanté vuelo.
Cuando vi por última vez a Donald Shimoda, estaba sentado sobre el
borde de la carlinga, rodeado por la multitud.
Viré hacia el este, luego hacia el sudeste, y al cabo de un rato descendí
para pasar la noche en el primer campo extenso que encontré, con árboles
y con un arroyo del cual podría beber. Estaba lejos de toda ciudad.
6
Hasta hoy no puedo explicar qué fue lo que se apoderó de mí.
Seguramente, la premonición de un desastre inminente, que me indujo a
alejarme incluso de aquel hombre extraño y curioso que se llamaba
Donald Shimoda. Cuando se trata de confraternizar con la catástrofe, ni el
Mesías en persona tiene suficiente poder para hacerme quedar.
En el campo reinaba el sosiego: se trataba de una inmensa pradera
silenciosa, desnuda bajo la cúpula del cielo. El único rumor era el de un
arroyuelo, pero para captarlo había que forzar mucho el oído.
Nuevamente solo. Uno se habitúa a la soledad, pero basta interrumpirla
un día para que haya que volver a empezar el proceso de
acostumbramiento desde el principio.
- Muy bien , no estuve mal durante algún tiempo - dije en voz alta,
dirigiéndome a la pradera -. No estuvo mal y tal vez tenga mucho que
aprender de ese individuo. Pero las muchedumbres me hartan incluso
cuando están de buen talante... Y si están asustadas y van a crucificar a
alguien, o a venerarlo, entonces lo lamento, ¡ pero no lo soporto !
El discurso me pilló desprevenido, Shimoda podría haber dicho
exactamente las mismas palabras. ¿ Por qué se quedó allí? Yo había tenido
la prudencia de partir y no era ni remotamente un mesías.
Ilusiones. ¿Qué entendía él por ilusiones? Eso importaba más de todo lo
que había dicho o hecho. Fue categórico cuando proclamó: "¡Todo en el
mundo son ilusiones!", como si sólo con su énfasis pudiera grabarme la
idea en la cabeza. Ciertamente era un problema, y yo necesitaba su gracia,
pero aún no sabía lo que significaba.
Al cabo de un rato encendí una fogata y me preparé una especie de
goulash de sobras con restos de carne, fideos secos y dos salchichas que
llevaba conmigo hacía tres días y que habrían salido beneficiadas con un
buen hervor. La bolsa de herramientas estaba aplastada contra la caja de
provisiones y saqué instintivamente de su interior la llave de dos bocas. La
miré, la limpié y la utilicé para revolver el goulash. Estaba solo,
entendedlo bien, sin que nadie me observara, por pura diversión intenté
hacerla flotar en el aire, como lo había hecho él. Si la arrojaba hacia arriba
y parpadeaba cuando llegaba a su apogeo y empezaba a bajar, tenía la
fugaz sensación de que flotaba. Pero luego se deslomaba sobre el suelo o
sobre mi rodilla y la fantasía se disipaba rápidamente. ¿Cómo hacía él, con
esa misma herramienta ?
Si todo esto es ilusión, señor Shimoda, entonces, ¿qué es lo real ? Y si esta
vida es ilusión, ¿ por qué la vivimos ? Al final me di por vencido, lancé la
llave otro par de veces y desistí. Entonces me sentí súbitamente contento,
repentinamente feliz de estar donde estaba y de saber lo que sabía, aunque
eso no fuera la clave de toda la existencia, ni aun de unas pocas ilusiones.
Cuando estoy solo a veces canto. "Oh, yo y mi viejo Paint..." entoné
palmoteando el ala del Fleet con auténtico cariño (recordad que no había
nadie que pudiera oírme). "Vagaremos por el cielo... brincando por los campos
de heno hasta que uno de los dos afloje..." Yo componía la música y la letra a
medida que cantaba. "Y no seré yo quien afloje, Paint... A menos que se te
rompa un larguero... y entonces te ceñiré con alambre de enfardar... y seguiremos
volando... seguiremos volando..."
Cuando me siento inspirado y feliz, los versos son infinitos, porque
entonces la rima no es importante. Había dejado de pensar en los
problemas del mesías : carecía de medios para descifrar quién era o qué
quería decir : por lo tanto, dejé de esforzarme y supongo que eso fue lo
que me regocijó.
Aproximadamente a las diez se extinguió el fuego, y con él mi canción.
- Allí donde estés, Donald Shimoda - dije, desenrollando la manta debajo
del ala -, te deseo un vuelo dichoso y que no encuentres muchedumbres. Si
eso es lo que anhelas. No, retiro lo dicho. Te deseo, querido mesías
solitario, que encuentres todo lo que anheles encontrar.
Cuando me quité la camisa, su manual cayó del bolsillo. Lo leí allí donde
se abrió.
El vínculo que une
a tu auténtica familia,
no es de sangre, sino
de respeto y de goce mutuo.
Es raro que los miembros
de una familia
se críen bajo
el mismo techo.
No ví que aplicación tenían tales palabras en mi caso y me dije una vez
más que nunca debía permitir que un libro sustituyera a mi propio
entendimiento. Me arrebujé debajo de la manta y luego me sentí como si
hubieran apagado una lamparilla : abrigado y lúcido bajo el cielo y bajo
millones de estrellas que tal vez fueran ilusiones, pero bellísimas, en
verdad.
Cuando desperté amanecía, entre un resplandor rosado y sombras de oro.
No me desveló la luz, sino algo que me rozaba la cabeza, muy
suavemente. Imaginé que era un tallo de heno. La segunda vez supuse que
era un insecto, le di una violenta palmada y casi me rompí la mano...Una
llave de dos bocas es un trozo de hierro muy duro para darle con toda la
fuerza, y me despejó rápidamente. La llave rebotó contra la articulación
del alerón, se clavó por un momento entre la hierba y luego se remontó
majestuosamente para seguir flotando en el aire. Después , mientras la
observaba, totalmente despejado, fue a posarse plácida sobre la tierra y se
quedo quieta. Cuando por fin me decidí a levantarla, comprobé que era la
misma llave de dos bocas que yo conocía y estimaba, tan pesada como
siempre, tan ansiosa como siempre por encarnizarse con los irritantes
tornillos y tuercas.
- ¡Vaya con la maldita... !
Nunca digo "demonios" ni "maldito", lo cual es un resabio de la
personalidad que adquirí en mi infancia. Pero estaba realmente intrigado y
no se me ocurrió ninguna otra exclamación. ¿Qué le sucedía a mi llave ?
Donald Shimoda estaba por lo menos a cien kilómetros de aquel lugar,
más allá del horizonte. Sopesé la herramienta, la examiné, la balanceé, y
me sentí como un antropoide prehistórico incapaz de entender la rueda
que gira delante de sus ojos. Tenía que haber una explicación sencilla...
Al fin capitulé, ofuscado, la guardé en la bolsa y encendí el fuego para
freírme un poco de pan. No tenía prisa por irme. Podía pasar el día allí, si
me apetecía.
El pan acababa de hincharse en la sartén y había llegado el momento de
darle la vuelta, cuando oí un ruido en el cielo, por el oeste.
No era posible que el ruido procediera del avión de Shimoda ni que
alguna otra persona me hubiera rastreado precisamente hasta ese campo,
entre tantos otros similares que se multiplican por millones en el Medio
Oeste. Pero supe que se trataba de él y empecé a silbar... mirando el pan y
el cielo y buscando una frase aplomada para saludar su llegada.
Era el Travel Air, efectivamente, que pasó a ras del Fleet, se remontó
bruscamente para describir un viraje espectacular y luego planeo por el
espacio para posarse a 90 kilómetros por hora, la velocidad a que debe
aterrizar un Travel Air. Acercó su avión al mío y apagó el motor. No dije
nada. Agité la mano, pero permanecí mudo. Incluso deje de silbar.
Salió de la carlinga y se aproximó al fuego.
- Hola, Richard.
- Llegas tarde - respondí -. Casi se me quema el pan.
- Lo siento.
Le pasé una taza con agua del arroyo y un plato de estaño con la mitad del
pan y un poco de margarina.
- ¿Cómo han ido las cosas ?
- Bien - respondió con una sonrisa tenue y fugaz. - Salí con vida.
- Dudé que lo lograras.
Permaneció en silencio.
- ¿Sabes una cosa ? - dijo al fin, contemplando el contenido del plato -. Esto
es realmente espantoso.
- Nadie te obliga a comer mi pan frito - respondí, enfadado - ¿Porqué
todos lo aborrecen ? ¡NO LE GUSTA A NADIE ! ¿Qué explicación tiene
eso, sublime maestro ?
- Bien - manifestó sonriendo -, y ahora hablo en mi condición de Dios...,
diría que tu crees que es sabroso y en consecuencia, le encuentras buen
sabor. Pruébalo sin pensar vehementemente lo que piensas y descubrirás
que recuerda a un... incendio...después de una inundación...en un molino
harinero. ¿No te parece ? Supongo que le echaste aposta esta brizna de
hierba.
- Disculpa, cayó de mi manga, no sé como. ¿Pero no te parece que el pan
básico, en sí mismo...no la hierba ni ese trocito chamuscado que veo ahí...el
pan básico, no crees que... ?
- Horrible - dijo, devolviéndome todo lo que le había dado, menos un
mordisco -. Prefiero morir de hambre. ¿Aún tienes el melocotón ?
- En la caja.
¿Cómo me había encontrado ? Un avión de ocho metros de envergadura
no es fácil de hallar en veintiséis mil kilómetros cuadrados de praderas.
Sobre todo con el sol de frente. Pero me promrtí a mí mismo que no se lo
preguntaría. Si deseaba decírmelo, ya me lo diría.
- ¿Cómo me has encontrado ? Podía haber aterrizado en cualquier lugar.
Había abierto la lata de melocotón y cogías las mitades cn un cuchillo... lo
cual no era nada fácil.
- Los iguales se atraen - mientras escurría una rodaja.
- ¿Cómo dices ?
- Es una ley cósmica.
- Oh.
Terminé el pan y después fregué la sartén con agua del arroyo. ¡Un pan
excelente !
- ¿No te molestaría explicármelo ? ¿Cómo puedo tener semejanzas con tu
excelente personalidad ? ¿O cuando hablaste de iguales te referías a los
aviones ?
- Nosotros, los hacedores de milagros, debemos mantenernos unidos -
manifestó.
Lo dijo de tal manera que la frase fue al mismo tiempo amable y atroz.
- Eh...Don. Con relación a tu último comentario...¿Quieres tener la
gentileza de aclarar a qué te refieres cuando hablas de nosotros lo
hacedores de milagros ?
- A juzgar por la posición de la llaves de dos bocas que veo en la bolsa de
herramientas diría que esta mañana has estado ensayando el viejo truco de
la levitación. ¿Me equivoco ?
- ¡Yo no he ensayado nada ! Me desperté...¡la llave me despertó por sí sola !
- Oh. Por sí sola - se reía de mí.
- ¡Sí, POR SÍ SOLA !
- Sabes tanto de obrar milagros, Richard, como de preparar pan frito.
No le contesté. Me limité a sentarme sobre la manta arrollada y me quedé
tan callado como pude. Si quería decir algo, que lo dijera cuando quisiese.
- Algunos de nosotros comenzamos a aprender estas cosas
subconscientemente. Nuestra mente consciente no las acepta, de modo que
obramos portentos en sueños. - Miró el cielo y las primeras nubecillas de la
jornada -. No seas impaciente, Richard. Todos estamos en camino de
ilustrarnos. Ahora lo captarás muy pronto y antes de darte cuenta serás un
viejo y sabio maestro espiritual.
- ¿Por qué dices que sucederá antes de darme cuenta ? ¡No quiero darme
cuenta ! ¡No quiero saber nada !
- No quieres saber nada.
- Bueno, sí, quiero saber por qué existe el mundo y qué es, y por qué estoy
aquí y a dónde iré a continuación... Quiero saber eso. Cómo volar sin un
avión, si se me antojara.
- Lo lamento.
- ¿Qué lamentas ?
- No sucede así. Si descubres lo que es este mundo, como funciona,
automáticamente empiezas a obrar milagros. O lo que la gente
denominará milagros. Pero, desde luego, nada es milagroso. Cuando
aprendes lo que sabe el mago, sus actos dejan de ser mágicos. - Apartó la
mirada del cielo -. Tú eres como todos los demás, ya lo sabes.
Sencillamente ignoras, aún, que lo sabes.
- No recuerdo - dije -, no recuerdo que me hayas preguntado si yo quería
prender lo que, sea lo que fuere, ha hecho que las multitudes y las
desgracias te buscaran durante toda tu vida. Aparentemente se me ha
borrado de la memoria.
Apenas terminé de pronunciar estas palabras, comprendí que contestaría
que lo recordaría más tarde, y que al decirlo estaría en lo cierto.
Se estiró sobre la hierba, utilizando como almohada los restos de harina
que quedaban en el saco.
- Escucha, no te inquietes por las multitudes. No podrán tocarte a menos
que lo desees. Eres mágico, recuerda : haces ¡puf ! y te vuelves invisible y
atraviesas puertas.
- La muchedumbre te atrapó en Troy ¿no es cierto ?
- ¿Acaso dije que no quería que lo hiciera ? Yo lo permití. Me gustó. Todos
nosotros tenemos algo de sensiblería, porque de lo contrario jamás
prosperaríamos como Maestros.
- ¿Pero acaso no has renunciado ? ¿No leí.. ?
- Tal como marchaban las cosas me estaba convirtiendo en el
Único-y-Exclusivo-Mesías-de-Todas-las-Horas, y ese es el cargo del que
dimití indeclinablemente. Pero no puedo olvidar lo que aprendí en el
curso de toda la vida, ¿no crees ?
Cerré los ojos y trituré una brizna de paja.
- Escucha, Donald, ¿qué es lo que quieres dar a entender ? ¿Por qué no te
sinceras conmigo y explicas lo que ocurre ?
Permaneció un largo rato callado y respondió :
- Quizás deberías decírmelo tú. Dime qué es lo que yo te quiero dar a
entender , y te corregiré si te equivocas.
Reflexioné un minuto y resolví apabullarle.
- Muy bien, te lo diré.
Hice una pausa experimental, para verificar cuánto podía esperar Don si
mi explicación no brotaba con suficiente fluidez. El sol ya estaba
suficientemente alto para irradiar calor, y lejos, en un campo que no
alcanzábamos a ver, un agricultor trabajaba con un tractor Diesel,
cultivando maíz en domingo.
- Muy bien, te lo diré - repetí -. En primer lugar ; no fue una coincidencia
nuestro encuentro en aquella parcela de Ferris, ¿tengo razón ?
Hizo tan poco ruido como el heno al crecer.
- Y en segundo lugar, entre nosotros dos existe una especie de pacto
místico que aparentemente yo he olvidado y tú no.
Soplaba un viento suave y sus ráfagas modulaban el ronquido lejano del
tractor.
Una parte de mi ser, que no pensaba que lo que yo decía fuera ficción,
escuchaba mis palabras. Estaba confeccionando una historia verídica.
- Diré que nos encontramos hace tres o cuatro mil años, día más, día
menos. Nos gusta el mismo tipo de aventuras, probablemente odiamos el
mismo tipo de bárbaros, cada uno de nosotros prende con la misma
alegría y más o menos con la misma rapidez que el otro. Tú tienes mejor
memoria. El hecho de que volviéramos a encontrarnos fue lo que justificó
que dijeras : "Los iguales se atraen". - Cogí otra brizna de paja -. ¿Qué tal ?
- Al principio pensé que sería una larga marcha - comentó -. Será una larga
marcha, pero pienso que existe una ligera posibilidad de que esta vez
llegues a la meta. Sigue hablando.
- Además, no hace falta que siga hablando porque ya sabes qué es lo que
sabe la gente. Pero si no dijera todo esto, no sabrías qué es lo que creo
saber, y si no se cumple esa condición, no podré aprender nada de lo que
deseo aprender. - Dejé la brizna. - ¿Qué provecho sacas de esto, Don ? ¿Por
qué te ocupas de gente como yo ? Cuando alguien esta tan avanzado como
tú, todos esos poderes portentosos no son más que ventajas accesorias. No
me necesitas, no necesitas absolutamente nada de este mundo.
Volví la cabeza y le miré. Tenía los ojos cerrados.
- ¿Como la gasolina del Travel Air ?
- Justamente - asentí -. De modo que lo único que te queda en el mundo es
el hastío... no tienes margen para las aventuras cuando sabes que nada de
lo que suceda en el mundo te podrá afectar. ¡Tu único problema es la falta
de problemas !
Pensé que había pronunciado un discurso sensacional.
- En eso te equivocas - respondió -. Explícame por qué abdiqué de mi
función... ¿sabes por qué renuncié al trabajo de Mesías ?
- Dijiste que fue por las multitudes. Todos esperaban que les reemplazaras
en la ejecución de sus milagros.
-Sí, la segunda razón, no la primera. La fobia a las muchedumbres es tu
cruz, no la mía. Lo que me harta no son las multitudes, sino ese tipo de
multitud que es totalmente indiferente a lo que he venido a decir. Puedes
ir desde Nueva York hasta Londres sobre el océano, puedes estar sacando
eternamente monedas de oro de la nada, y ni siquiera así podrás despertar
su interés, ¿sabes ?
Al decir esto su expresión reflejó una inmensa soledad, la mayor que yo le
había visto manifestar a un ser humano viviente. No necesitaba alimentos,
ni techo, ni dinero, ni fama. Lo que le mataba era el anhelo de comunicar
lo que sabía, cuando a nadie le importaba en la medida suficiente para
escucharle.
Frunciendo el entrecejo para no romper a llorar, le miré a los ojos :
- Bien, tu te lo has buscado - dije -. Si tu felicidad depende de lo que hagan
los demás, supongo que estarás en aprietos.
Irguió la cabeza y sus ojos centellearon como si le hubiera pegado con la
llave. De pronto pensé que no sería prudente incitarle a enojarse conmigo.
Cuando te alcanza el rayo, te fríes enseguida.
Luego volvió a lucir su fugaz sonrisa.
- ¿Sabes una cosa. Richard ? - murmuró lentamente -. ¡Tienes... razón !
Volvió a callar. Casi hipnotizado por lo que yo había dicho. Sin notarlo,
seguí hablándole durante horas acerca de como nos habíamos conocido y
lo que me faltaba aprender, y todas estas ideas hendían mi cabeza como
cometas matutinos y aerolitos fulgurantes. Don estaba muy quieto, sin
decir una palabra. Hacia el mediodía completé mi versión del universo y
de todo lo que residía en él...
- ...y me siento como si apenas hubiera empezado Don. Hay tantas cosas
que decir. ¿Cómo sé todo esto ? ¿Cuál es la explicación ?
No respondió.
- Si pretendes que conteste mi propia pregunta, confieso que no lo sé.
¿Cómo puedo decir todas estas cosas ahora, cuando jamás lo intenté
antes ? ¿Qué me ha sucedido ?
Silencio.
- ¿Don ? Ya puedes hablar.
No pronunció una palabra. Yo le había descrito el panorama de la vida, y
mi mesías, que parecía haber encontrado en esa sentencia fortuita acerca
de la felicidad todo lo que necesitaba saber, se había quedado
profundamente dormido.
7
Miércoles por la mañana, son las seis, no estoy despierto y ¡BUM!, se
produce ese estruendo colosal, repentino y violento como el de una
sinfonía tunante: súbitos coros de mil voces, palabras en latín, violines y
timbales y trompetas con suficiente potencia para hacer trizas un cristal. El
suelo se estremeció, el Fleet se bamboleó sobre las ruedas y yo salí de
debajo del ala como un gato que ha recibido una descarga de 400 voltios,
con los pelos erizados cual signos de exclamación.
El cielo estaba teñido por un amanecer de fuego helado, las nubes
palpitaban con colores delirantes, pero el explosivo crescendo lo diluía
todo.
- ¡BASTA ! ¡BASTA! ¡BASTA ! ¡PAREN LA MÚSICA, PÁRENLA !
Shimoda gritó con tanto brío y furia que le oí por encima del estrépito, y el
ruido ceso inmediatamente mintras los ecos se alejaban rodando y
rodando y rodando. Luego se trocó en un dulce cántico sagrado, plácido
como la brisa ; Bethoven en sueños.
Don no se dejó impresionar.
- ¡HE DICHO BASTA!
La música cesó.
- ¡Uf! - suspiró.
Me limite a mirarle.
- Hay un lugar y una hora para cada cosa, ¿no crees? - preguntó.
- Vaya una hora y un lugar, vaya...
- Un poco de música celestial está bien, en la intimidad de tu propia mente
y tal vez en ocasiones especiales, pero ¿a primera hora de la mañana, y con
tanta potencia ? ¿Qué haces ?
- ¿Qué hago yo ? Don, estaba durmiendo profundamente... ¿por qué me
preguntas qué hago ?
Sacudió la cabeza, se encogio de hombros, impotente, resollo, y volvió a
meterse en el saco de dormir, debajo del ala.
El manual estaba boca abajo sobre la hierba, donde había caído. Lo volví
cuidadosamente y leí.
Justifica
tus limitaciones
y ciertamente
las tendrás.
Los mesías encerraban muchos enigmas para mí.
8
Completamos el día en Hammond, Wisconsin, llevando a unos cuantos
pasajeros. Cenamos en el pueblo y luego emprendimos el regreso.
- Don, admito que esta vida puede ser interesante, o tediosa, o lo que tu
quieras que sea. Pero ni aiquiera en mis momentos de mayor lucidez e
podido entender por qué estamos aquí, para empezar. Háblame un poco
de eso.
Pasamos frente a la ferretería ( cerrada ) y al cine ( abierto : "La jauría
humana" ) y en lugar de responder se detuvo y dio media vuelta en la
acera.
- ¿Tienes un poco de dinero, no ?
- Mucho, ¿por qué ?
- Vamos a ver la película - dijo -. ¿Invitas ?
- No se, Don. Entra tú. Yo volveré a los aviones. No me gusta dejarlos
demasiado tiempo solos.
¿Qué era lo que hacía que una película fuera súbitamente tan importante?
- A los aviones no les sucederá nada. Vamos al cine.
- Ya ha empezado la película.
- Pues la veremos empezada.
Ya estaba comprando su entrada. Lo seguí al interior de la sala y nos
sentamos en una de las últimas filas. Debía de haber unas cincuenta
personas en la penumbra que nos circundaba.
Al cabo de un rato olvidé por qué habíamos entrado y me dejé atrapar por
la trama, que de todos modos siempre me a parecido propia de un clásico
del cine. Debía ser la tercera vez que la veía. Dentro de la sala, el tiempo se
enrosco y se estiró como siempre lo hace en una buena película, y durante
un rato presté atención a los detalles técnicos : cómo estaba montada cada
escena y cómo enlazaba col la siguiente, por qué cada una de ellas aparecía
en un momento determinado y no más tarde. Traté de enfocar la película
desde ese ángulo, pero la historia me envolvió y me olvidé de mi
intención.
Cerca del final, Shimoda me tocó el homro. Me incliné hacia él, mirando la
pantalla, deseando que dejara para más tarde lo que me quería decir.
- ¿Richard ?
- Sí.
- ¿Por qué estás aquí ?
- Es una buena película, Don. Shh.
Los protagonistas dialogaban.
- ¿Por qué es buena ? - preguntó.
- Es entretenida. Shh. Te lo explicaré luego.
- Rompe el trance. Despierta. Son todas ilusiones.
Me irritó.
- Donald, faltan pocos minutos y después podremos hablar tanto como
quieras. Pero d ;éjame ver la película. ¿De acuerdo ?
Susurró apasionada, dramáticamente :
- Richard, ¿por qué estás aquí ?
- ¡Escucha, estoy aquí porque tú me pediste que entrara !
Me volví y traté de ver el final.
- Nadie te obligó a entrar, podías haber dicho no , gracias.
- ME GUSTA LA PELÍCULA...- Un hombre sentado en la fila de adelante
se volvió para mirarme brevemente -. Me gusta, Don. ¿Hay algo malo en
eso ?
- Absolutamente nada - respondió, y no agregó una palabra hasta que
termino la sesión y nos pusimos a caminar, primero frente a la tienda
donde vendían tractores usados y después, por la oscuridad hacia el
campo y los vaiones. Amenazaba lluvia.
Medité sobre su extraña conducta en el cine.
- ¿Lo haces todo por alguna razón ? - le pregunte.
- A veces.
- ¿Por qué la película ? ¿ Por qué quisiste ver súbitamente ésa ?
- ¿Hiciste una pregunta ?
- Sí. ¿Tienes una respuesta ?
- Esta es mi respuesta. Entramos en el cine porque hiciste una pregunta. La
película fue la contestación.
Se estaba burlando de mí.
- ¿Cuál fue mi pregunta ?
Hubo un largo y penosos silencio.
- Preguntabas, Richard, por qué ni siquiera en tus momentos más
brillantes has logrado descifrar por qué estamos aquí.
Lo recordé.
- Y la película fue la respuesta.
- Si.
- Ah.
- No lo entiendes - dijo.
- No.
- Era una buena película - explicó - . Pero la mejor película del mundo
sigue siendo una ilusión, ¿no ? Las películas ni siquiera se mueven : sólo
parecen hacerlo. La luz cambiante parece moverse sobre una pantalla
plana montada en la oscuridad.
- Bien, sí - empezaba a entender.
- Las otras personas, todas las que se encuentran en cualquier lugar donde
vas a ver una película, ¿por qué están allí, cuando sólo se trata de
ilusiones ?
- Bueno, para entretenerse - dije.
- La diversión. Eso es. Primera razón.
- Podría ser para educarse.
- Sí. Siempre lo es. Aprendizaje. Segunda razón.
- Fantasía, evasión.
- Eso también es diversión. La primera.
- Razones técnicas. Para ver como está filmada la película.
- Aprendizaje, la segunda.
- Para matar el aburrimiento.
- Evasión. Ya lo has dicho.
- Por un motivo social. Para estar con amigos - dije.
- Razón para ir al cine, pero no para ver la película. De todos modos, es
una diversión. Primera razón.
Le bastaban dos dedos para enumerar todas las alternativas que se me
ocurrían. La gente va a ver películas para divertirse, o para aprender, o
para ambas cosas a la vez.
- Y una película es como una vida, Don. ¿Eso es ?
- Sí.
- ¿Entonces por qué iba a escoger nadie una mala vida, una película de
horror ?
- La gente no va a ver las películas de horror sólo para divertirse. Al entrar
al cine ya saben que es una película de horror - manifestó.
- Pero ¿por qué ?
- ¿Te gustan las películas de horror ?
- No.
- ¿Has visto alguna ?
- No.
- ¿Pero algunas personas invierten mucho tiempo y dinero en ver
monstruosidades, o problemas melodramáticos que otros individuos
juzgan necios y aburridos... ? - dejó flotando la pregunta para que yo la
contestara.
- Sí.
- Tú no estás obligado a ver las películas que les gustan a esas personas, ni
ellas a ver las que te gustan a tí. Eso es lo que llamamos "libertad".
- ¿Pero por qué alguien podría tener interés en horrorizarse, o en
aburrirse ?
- Se trata de personas que piensan que se lo han ganado porque ellas, a su
vez, horrorizan a los demás, o porque lees gusta la emoción del pánico, o
porque suponen que las películas tienen que ser aburridas. ¿Puedes creer
que muchas personas disfrutan, por razones que ellas juzgan muy
sensatas, al imaginar que están indefensas en sus propias películas ? No,
no puedes creerlo.
- No, no puedo - respondí.
- Mientas no entiendas eso, te preguntarás por qué algunos individuos son
desdichados. Son desdichados porque han elegido serlo, ¡y eso está muy
bien, Richard !
- Hum.
- Somos criaturas proclives a jugar, a divertirnos, somos las nutrias del
Universo. No podemos morir, no podemos herirnos, así como no es
posible herir las ilusiones proyectadas sobre la pantalla. Pero podemos
creer que estamos heridos, y creerlo con todos los detalles torturantes que
nos plazcan. Podemos convencernos de que somos víctimas, muertos y
ejecutores amortajados por la buena y la mala suerte.
- ¿En muchas vidas ? - pregunté.
- ¿Cuantas películas has visto ?
- Oh.
- Películas obre la vida en este planeta, sobre la vida en otros planetas ;
todo lo que implica espacio y tiempo es puro cine y pura ilusión - dijo -.
Pero durante un rato podemos aprender mucho y divertirnos mucho con
nuestras ilusiones, ¿no es cierto ?
- ¿Hasta que extremo llevas esta metáfora del cine, Don ?
- ¿Hasta que extremo quieres llevarla ? La película de esta noche la has
visto en parte porque yo quería verla. Muchos seres eligen una vida
íntegra porque les gusta compartir las cosas. Los actores de la película de
esta noche han trabajado juntos en otras. "Antes" o "después"... eso
depende de la que hayas visto en primer término; o puedes verlos al
mismo tiempo en pantallas distintas. Sacamos las entradas para estas
películas y pagamos el precio cuando aceptamos creer en la realidad del
espacio y en la realidad del tiempo... Ni el uno ni el otro son ciertos, pero
quien no este dispuesto a pagar ese precio no podrá parecer en este
planeta, ni en ningún otro sistema espacio-tiempo.
- ¿Hay seres que no tiene absolutamente ninguna vida en el
espacio-tiempo ?
- ¿Hay seres que no van nunca al cine ?
- Entiendo. ¿Aprenden por otras vías ?
- Has dado en el clavo - asintió, satisfecho conmigo -. El espacio-tiempo es
una escuela bastante primitiva. Pero muchas personas conservan la ilusión
aunque sea aburrida, y no quieren que las luces se enciendan temprano.
- ¿Quién escribe el guión de estas películas, Don ?
- ¿No experimentas una sensación extraña cuando piensas en lo mucho
que sabríamos si nos interrogáramos a nosotros mismos en lugar de hacer
preguntas a terceros ? ¿Quién escribe estos guiones, Richard ?
- Nosotros - contesté.
- ¿Quienes actúan ?
- Nosotros.
- ¿Quién es el cámara, el operador, el administrador de sala, la taquillera y
el distribuidor, y quién asiste a todo lo que ocurre ? ¿Quién disfruta de
libertad para irse en la mitad del espectáculo, en cualquier momento, para
cambiar el argumento cuando se le ocurre, para ver la misma película una
y otra vez ?
- Déjame adivinar -dije-. ¿Cualquiera que lo desee ?
- ¿Esa libertad te parece suficiente ?
- ¿Y por eso es tan popular el cine ? ¿Porque sabemos instintivamente que
las películas son un reflejo de nuestra propia vida ?
- Quizás si... quizás no. ¿No importa mucho, verdad ? ¿Qué es el
proyector ?
- La mente - dije -. No. La imaginación. Es nuestra imaginación, digas lo
que digas.
- ¿Qué es la película ?- inquirió.
- Lo ignoro.
- ¿Lo que entra en nuestra imaginación con nuestro consentimiento ?
- Tal vez, Don.
- Puedes coger un carrete de película en tus manos - dijo - y está todo
concluido y completo : el comienzo, la mitad y el final están todos allí en el
mismo segundo, en la misma millonésima de segundo. La película existe
independientemente del tiempo que registra, y si la conoces, generalmente
sabes que es lo que va a suceder antes de entrar al cine : lucha y
emociones, ganadores y perdedores, amor, catástrofes... sabes que lo
encontrarás todo. Pero para que esto te capte y te arrastre, para disfrutarlo
al máximo, debes introducirlo en un proyector y dejar que corra frente al
objetivo minuto a minuto... para experimentar cualquier ilusión necesitas
espacio y tiempo. De modo que pagas la entrada, te instalas en la butaca y
olvidas lo que sucede fuera y la película empieza para ti.
- ¿Y nadie sufre realmente ? ¿La sangre no es más que salsa de tomate ?
- No, es sangre auténtica - dijo -. Pero influye tan poco sobre nuestra vida
real que daría igual si fuera salsa de tomate.
- ¿Y la realidad ?
- La realidad es portentosamente indiferente, Richard. A la madre no le
importa qué papel representa su hijo cuando juega : un días es el villano,
al día siguiente es el héroe. Lo que Es ni siquiera tiene noticia de nuestras
ilusiones y nuestros juegos. Sólo se conoce a Sí mismo, y nos conoce a
nosotros a su imagen y semejanza, perfectos y completos.
- No sé si quiero ser perfecto y completo. Hablando de aburrimiento...
- Mira el cielo - dijo, y fue un cambio tan súbito de tema que miré hacia
arriba. Había algunos cirros fragmentados, muy altos, y los primeros rayos
de luna plateaban los bordes.
- Una noche preciosa - comenté.
- ¿Es perfecta ?
- Bien, siempre es perfecta, Don.
- ¿Quieres decir que el cielo siempre es perfecto, a pesar de que cambie
cada segundo ?
- Caray, que listo soy. ¡Sí !
- Y el mar siempre es perfecto, y también cambia constantemente - agregó
-. Si la perfección es el estancamiento, ¡ el cielo es una marisma ! Y lo que
Es no está aficionado a las marismas.
- No es aficionado a las marismas - le corregí , distraídamente -. Perfecto, y
constantemente cambiante. Sí. Me has convencido.
- Te convenciste hace mucho tiempo, si insistes en la cronología.
Me volví hacia el mientras caminábamos.
- ¿No te hartas de permanecer siempre en esta única dimensión ?
- Oh, ¿de modo que permanezco en esta única dimensión ? - dijo -.
¿Permaneces tú ?
- ¿Por qué todo lo que digo está errado ?
- ¿Está errado todo lo que dices ? - preguntó.
- Creo que me he equivocado de ramo.
- ¿Piensas que tal vez deberías dedicarte a la venta de fincas ?
- De fincas o de seguros.
- Las fincas tienen mucho porvenir, si eso es lo que quieres.
- Ya. Lo lamento - dije -. No quiero un porvenir. Ni un pasado. Me
conformo con convertirme en un buen y viejo Maestro del Mundo de la
Ilusión. ¿Crees que quizá me bastará otra semana ?
- Bueno, Richard, ¡ espero que no tardes tanto !
Le miré concienzudamente, pero no sonreía.
9
Los días se fusionaron, confusamente, unos con otros.
Volábamos como siempre, pero yo había dejado de calcular la duración
del verano por los nombres de los pueblos o por el dinero que ganábamos.
Empecé a medir su duración por las cosas que aprendía, las
conversaciones que entablábamos cuando terminábamos de volar, y los
milagros que se producían una que otra vez en el trayecto, hasta que por
fin llegó el momento en que comprendí que no eran milagros.
Imaginad
el Universo bello
y justo y
perfecto
- me dijo en una oportunidad el manual.
Convenceos luego
de esto :
Lo que Es
lo ha imaginado
bastante mejor que
vosotros.
10
La tarde era tranquila.. A veces, un pasajero aislado. En el ínterin,
practicaba la vaporización de nubes.
He sido instructor de vuelo y sé que los alumnos complican siempre las
cosas fáciles. Ahora soy un experto, pero en ese momento me hallaba
reducido nuevamente a la condición de aprendiz mientras miraba
fijamente los cúmulos que eran mi objetivo. Por esta vez necesitaba más
instrucción que práctica. Shimoda estaba tendido debajo del ala de mi
avión, fingiendo que dormía. Le toqué suavemente el brazo con el pie y
abrió los ojos.
- No puedo hacerlo - dije.
- Sí, puedes - respondió, y cerró nuevamente los ojos.
- ¡ Lo he intentado, Don ! Pero justamente cuando me parece que va a
suceder algo, la nube reacciona y se hincha más que antes.
Suspiró y se sentó.
- Elígeme una nube, que sea fácil por favor.
Escogí las más abultada y amenazante del cielo, de mil metros de espesor,
que vomitaba una humareda blanca del infierno.
- La que está sobre el silo, allí - dije -. La que ahora se está oscureciendo.
Me miró en silencio.
- ¿Por qué me odias ?
- Te lo pido porque te aprecio, Don - respondí, sonriendo -. Necesitas algo
que te ponga a prueba. Pero si prefieres que elija una más pequeña...
Volvió a suspirar y giró nuevamente hacia el cielo.
- Lo intentaré. ¿Cuál has dicho ?
Miré, y la nube, el monstruo cargado con un millón de toneladas de lluvia,
había desaparecido. Su lugar estaba ocupado por un prosaico agujero de
cielo azul.
- ¡ Caramba ! - murmuré por lo bajo.
- Ha sido un trabajo interesante - comento -. No, aunque me gustaría
aceptar tus halagos, debo confesarte, con absoluta sinceridad, que es fácil -
señaló un pequeño vellón de nube que flotaba sobre nuestras cabezas -.
Esa, te toca el turno. ¿Listo ? Adelante.
Miré la masa sutil y ésta, a su vez, me hizo frente. La imaginé evaporada,
imaginé un espacio vacío allí donde se encontraba, le proyecté visiones de
rayos calóricos, le pedí que reapareciera en algún otro lugar, y lentamente,
muy lentamente, en un minuto, en cinco, en siete, terminó de desaparecer.
Otras nubes se dilataron, pero la mía se esfumó.
- ¿ No eres muy rápido, verdad ? - comentó.
- Es la primera vez que lo hago, ¡ no soy más que un principiante ! Entro
en colisión con lo imposible... bueno... con lo improbable, y lo único que se
te ocurre decir es que no soy muy rápido. ¡ Ha sido una proeza y tú lo
sabes !
- Portentoso. Estabas apegado a ella y sin embargo desapareció para
complacerte.
- ¡ Apegado ! La he maltratado con todo lo que tenía a mi alcance :
centellas, rayos láser, un aspirador de cien metros de altura...
- Era un apego negativo, Richard. Cuando quieres eliminar realmente una
nube de tu vida, no lo haces con tanto aparato. Te relajas, sencillamente, y
la borras de tu pensamiento. Eso es todo.
La nube ignora
por qué se desplaza
en una determinada dirección, y a una
velocidad específica,
dictaminaba el manual,
Siente un impulso... ése es
el rumbo del momento.
Pero el cielo conoce
las razones y las configuraciones
que hay detrás de todas las nubes,
y tú también las conocerás
cuando te eleves a la altura indispensable
para ver más allá de
los horizontes.
11
Nunca
te conceden un deseo
sin concederte también la facultad
de hacerlo realidad.
Sin embargo,
es posible que te cueste
trabajo.
Habíamos aterrizado en una vasta dehesa próxima a un estanque de más
de una hectárea, donde abrevaban los caballos. Lejos de todo núcleo
habitado, más o menos en el límite entre Illinois e Indiana. No teníamos
pasajeros y pensé que era nuestro día festivo.
- Escucha - dijo -. No, no escuches. Limítate a quedarte callado y mirar. Lo
que vas a presenciar no es un milagro. Lee tu texto de física atómica... un
niño puede caminar sobre el agua.
Dijo esto, y como si ni siquiera hubiera notado que el agua estaba allí, dio
media vuelta y se alejó unos metros de la orilla, caminando por la
superficie del estanque. La capa de agua parecía un espejismo estival sobre
un lago de piedra. Don descansaba firmemente sobre la superficie, ni una
ola, ni una onda, le salpicaba las botas.
- Ven aquí - dijo -. Hazlo.
Lo vi con mis propios ojos. Obviamente era posible, porque Don estaba
allí, de modo que me acerqué para reunirme con él. Me sentí como si
caminara sobre un diáfano linóleo azul, y reí.
- ¿Qué haces conmigo, Donald ?
- Me limito a enseñarte lo que todos aprenden, tarde o temprano -
respondió -, y ahora te das maña.
- Pero estoy...
- Escucha. El agua puede ser sólida... - pisó con fuerza y hubo un ruido
como el que hace el cuero al chocar con la piedra -. O no - repitió la acción
y el agua nos salpicó a ambos -. ¿Has comprendido ? Haz la prueba.
- ¡ Qué de prisa nos acostumbramos a los portentos ! Hace menos de un
minuto que pensé que marchar sobre el agua es posible, es natural, es...
- Bien, ¿y qué ?
- Pero si ahora el agua es sólida, ¿cómo podemos beberla ?
- Del mismo modo que andamos sobre ella, Richard. No es sólida, y no es
líquida. Tú y yo resolvemos qué es lo que será para nosotros. Si quieres
que el agua sea líquida, piénsala líquida, compórtate como si fuera líquida,
bébela. Si quieres que sea aire, compórtate como si fuera aire, respírala.
Prueba.
Pensé que tal vez influía en todo aquello la presencia de un alma sublime.
Quizá semejantes portentos pudieran realizarse en un radio de veinte
metros a la redonda...
Me arrodillé sobre la superficie y hundí las manos en el estanque. Líquido.
Después me eché e introduje la cara en su manto azul y respiré, confiado.
Me produjo la sensación de el oxígeno licuado, tibio. Sin ahogos ni jadeos.
Me senté y miré a Don, confiando en que él supiera lo que cruzaba por mi
cabeza.
- Habla - dijo.
- ¿ Por qué debo hablar ?
- Lo que quieres decir se expresa mejor con palabras. Habla.
- Si podemos andar sobre el agua, y respirarla y beberla, ¿por qué no
podemos hacer lo mismo con la tierra ?
- Sí. Claro. Verás...
Marchó hasta la rivera con tanta facilidad como si anduviera sobre un lago
pintado. Pero cuando sus pies tocaron el suelo, la arena y la hierba de la
orilla, empezó a hundirse , y después de dar unos pasos quedó sumergido
hasta los hombros en la tierra. Fue como si el estanque se hubiera
convertido súbitamente en una isla y la tierra se hubiera trocado en mar.
Nadó un rato en la pradera, chapoteando en medio de oscuras gotas de
arcilla, y luego floto hasta la superficie, se levantó y anduvo sobre ella. ¡
Súbitamente resultó milagroso ver a un hombre andando sobre la tierra !
Me erguí sobre el estanque y aplaudí su hazaña. El hizo una reverencia y
aplaudió la mía.
Caminé hasta el borde del estanque, pensé que la tierra era líquida y la
toqué con la punta del dedo del pie. Sobre la hierba se expandieron ondas
circulares. ¿Qué profundidad tiene el suelo ?, estuve a punto de preguntar
en voz alta. Será tan profundo como yo imagine que sea. Medio metro,
pensé, tendrá medio metro de profundidad y lo vadearé.
Avance confiadamente por la playa y me hundí hasta que la tierra se cerró
sobre mi cabeza. La zambullida fue instantánea. Abajo reinaba una
oscuridad alarmante y luché por salir a flote, conteniendo el aliento,
braceando en busca de un poco de agua sólida del borde del estanque,
para tomar apoyo allí.
Don se rió sentado en la hierba.
- ¿Sabes que eres un alumno sensacional ?
- ¡ No soy ningún alumno ! ¡Sácame de aquí !
- Sácate solo.
Dejé de forcejear. Es sólida y puedo trepar fuera de ella. Es sólida... y trepé
fuera, cubierto por terrones y costras de tierra negra.
- ¡Hombre, cómo te has puesto !
Su camisa azul y sus tejanos no tenían ni una mancha ni una mota de
polvo.
- ¡Aaah ! - me sacudí la tierra del pelo, la saqué de mis oídos. Finalmente
deposité la cartera sobre la hierba, me introduje en el agua líquida y me
limpié a la manera tradicional, húmeda -. Sé que existe un mejor sistema
que éste para lavarse.
- Sí, un sistema más rápido.
- No me lo expliques. Quédate ahí y ríete y deja que lo descubra por mis
propios medios.
- De acuerdo.
Finalmente volví al Fleet, chorreando agua. Me mudé de ropa y colgué las
prendas mojadas de los cables del avión, para que se secaran.
- Richard, recuerda siempre lo que has hecho hoy. Es fácil olvidar nuestros
destellos de sabiduría, pensar que han sido sueños o viejos milagros,
pasados. Nada bueno es un milagro, nada bello es un sueño.
- El mundo es un sueño, dices, y es bello, a veces. La puesta del sol. Las
nubes. El cielo.
- No. La imagen es un sueño, la belleza es real. ¿ Comprendes la
diferencia ?
Asentí con un movimiento de cabeza, a punto de entender. Más tarde,
eché una mirada furtiva al manual.
El mundo
es tu cuaderno de ejercicios,
en cuyas páginas realizas
tus sumas.
No es la realidad,
aunque puedes expresar la realidad
en él si lo deseas.
También eres libre
de escribir tonterías o embustes,
o de arrancar las
páginas.
12
El
pecado original
consiste en limitar
el Ser.
No lo cometas.
Era una plácida tarde de calor, entre dos chaparrones, y las aceras por las
que salíamos del pueblo estaban húmedas.
- ¿Puedes andar por las paredes, no, Don ?
- No.
- Cuando contestas negativamente una pregunta cuya respuesta sé que es
afirmativa, supongo que no te gustan los términos en que la hice.
- ¿Somos observadores, he ? - dijo.
- ¿Dónde está el problema ? ¿En el andar o en las paredes ?
- Sí, y peor aún. Tu pregunta supone que existo en un espacio-tiempo
limitado y que me traslado a otro espacio-tiempo. Hoy no estoy de humor
para aceptar tus suposiciones acerca de mí.
Fruncí el entrecejo. Don sabía que era lo que yo preguntaba. ¿ Por qué no
se contentaba con responder claramente, dejando que yo averiguara a
continuación como se las apañaba ?
- Este es mi modesto sistema para ayudarte a pensar con precisión -
explicó afablemente.
- Ya. Si lo deseas ¿puedes producir la impresión de que eres capaz de
pasar a través de las paredes ? ¿Así está mejor enunciada la pregunta ?
- Sí. Mejor. Pero si quieres ser preciso...
- No me lo digas. Sé como expresar lo que pienso. He aquí mi pregunta.
¿Cómo es que puedes desplazar la ilusión de un sentido limitado de
identidad, que en esta concepción de un continuum espacio- tiempo se
define como tu "cuerpo", a través de la ilusión de restricción material que
recibe el nombre de "pared" ?
- ¡Excelente ! - exclamó -. Cuando formulas la pregunta correctamente se
contesta sola, ¿ no es cierto ?
- No, la pregunta no se ha contestado sola, ¿cómo haces para atravesar las
paredes ?
- ¡RICHARD ! Casi lo había conseguido y ahora lo has echado todo a
perder. No puedo atravesar las paredes... cuando tú dices que supones
cosas que yo no supongo en absoluto, y si las supongo, la respuesta es :
"No puedo".
- Pero es tan difícil expresarlo todo con tanta exactitud, Don. ¿No sabes
que es lo que quiero decir ?
- ¿De modo que porque algo es difícil renuncias a hacerlo ? Al principio
era difícil andar, pero practicaste y ahora consigues que parezca fácil.
Suspiré.
- Sí. Está bien. Olvida la pregunta.
- La olvidaré. Ahora te pregunto yo : ¿podrás olvidarla tú ?
Me miró como si no tuviera en el mundo nada de lo que preocuparse.
- De modo que dices que el cuerpo es ilusión y la pared es ilusión, pero la
identidad es real y que las ilusiones no la pueden aprisionar.
- No lo digo yo. Lo dices tú.
- Pero es cierto.
- Desde luego - asintió.
- ¿ Cómo lo haces ?
- Richard, no haces nada. Lo ves ya hecho, y está hecho.
- Caray, parece fácil.
- Es como andar. Te preguntas como alguna vez puede haberte resultado
difícil aprender.
- Don, ahora no me resulta difícil atravesar las paredes. Es imposible.
- ¿Piensas que si repites y repites mil veces la palabra imposible las cosas
difíciles te resultarán súbitamente más fáciles ?
- Perdona. Es imposible y lo haré cuando llegue el momento de hacerlo.
- Anda sobre el agua, señores, y está desalentado porque no atraviesa las
paredes.
- Pero eso fue fácil, y esto...
- Justifica tus limitaciones y te quedarás con ellas - entonó -. ¿Acaso hace
una semana no nadaste en la propia tierra ?
- Lo hice.
- ¿Y acaso la pared es algo más que la tierra en posición vertical ? ¿Tanto te
importa la dirección en que se desarrolla la ilusión ? ¿Las ilusiones
horizontales son vulnerables, pero las verticales no ?
- Creo que te entiendo, Don.
Me miró y sonrió.
- Si me entiendes, ha llegado el momento de dejarte solo.
El último edificio del pueblo era una barraca para forraje y granos, una
gran construcción de ladrillos anaranjados. Fue como si el hubiera resulto
volver a los aviones por un camino distinto, internándose por el atajo de
un callejón secreto. El atajo pasaba a través de la pared de ladrillo. Don
giró bruscamente hacia la derecha, se introdujo en el muro y desapareció.
Ahora pienso que si yo hubiera girado inmediatamente, junto con él,
también podría haber pasado. Pero lo que hice fue quedarme parado en la
acera y mirar el lugar donde él había estado. Cuando estiré la mano y
toqué el ladrillo, comprobé que era sólido.
- Algún día Donald - dije -. Algún día...
Recorrí solo el largo camino hasta donde estaban los aviones.
- Donald - dije, cuando llegue al campo - Me he convencido de que
sencillamente no vives en este mundo.
Me miró sorprendido desde lo alto de su ala, donde estaba aprendiendo a
verter gasolina en el depósito.
- Claro que no. ¿Puedes citar a alguien que sí viva ?
- ¿Cómo me preguntas tú eso ? ¡YO ! ¡Yo vivo en este mundo !
- Excelente - respondió, como si merced a un estudio realizado por mi
propia cuenta hubiera revelado un misterio oculto -. Recuérdame que hoy
te pague la comida... Me asombra la forma en que nunca cesas de
aprender.
Sus palabras me dejaron intrigado. No había en ellas sarcasmo ni ironía.
Realmente lo pensaba.
- ¿Qué quieres decir ? Por supuesto que vivo en este mundo. Yo y
aproximadamente cuatro mil millones de personas. Eres tú quien...
- ¡Dios mío, Richard ! ¡Hablas en serio ! Anula esa comida. Nada de
hamburguesas, ni de ...¡absolutamente nada ! Y yo que pensaba que habías
llegado a un nivel superior de conocimiento... - se interrumpió y me miró
desde arriba con colérica compasión -. Estas seguro de eso. ¿ Vives en el
mismo mundo, por ejemplo, que un... un agente de bolsa ? Entonces, la
nueva disposición de la Comisión de Valores y Bolsa, que obliga a
examinar todas las carteras de valores en las que el accionista a perdido
más del cincuenta por ciento de su inversión, habrá trastornado y
cambiado tu vida, ¿no ? ¿Vives en el mismo mundo que un campeón de
ajedrez ? ¿Qué haces en un campo de Maitland, en Ohio, cuando esta
semana se celebra en Nueva York el torneo abierto, y cuando Petrosian,
Fischer y Browne se enfrentarán en Manhattan con un premio de medio
millón de dólares ? Tú, con tu biplano Fleet modelo 1929 posado en una
granja, tienes una orden de prioridades encabezado por la autorización de
los propietarios para aterrizar, por los pasajeros interesados en realizar
vuelos de diez minutos, por el mantenimiento de los motores de aviación
Kinner, y por un miedo mortal a las tormentas de granizo... ¿Cuántas
personas supones que viven en tu mundo ? ¿Dices que cuatro mil
millones ? ¿Me dices, ahí parado en el suelo, que cuatro mil millones de
personas no viven en cuatro mil millones de mundos independientes ?
¿Pretendes hacerme creer semejante patraña ?
Habló tan deprisa que quedó resollando.
- Casi había empezado a sentir el sabor de esa hamburguesa, con el queso
derretido...
- Lo siento, habría sido un placer convidarte. Pero...ah, lo pasado, pasado.
Es mejor olvidarlo.
Aunque fue la última vez que lo acusé de no vivir en este mundo, tardé
mucho en comprender las palabras que leí en la página por la que se abrió
el libro :
Si
haces la experiencia
de ser ficticio durante
un tiempo, comprenderás que
a veces los personajes de ficción
son más auténticos que
los individuos de carne y hueso
y de corazón palpitante.
13
Tu conciencia
es la medida de la honradez
de tu egoísmo.
Escúchala atentamente.
- Somos todos libres de hacer lo que queramos - dijo aquella noche -. ¿No
te parece esto absolutamente simple y limpio y diáfano ? ¿ No es una
manera estupenda de gobernar un universo ?
- Casi. Has olvidado un detalle muy importante - respondí.
- ¿De veras ?
- Somos todos libres de hacer lo que queramos, siempre que no
perjudiquemos a los demás - argumenté -. Sé que eso es lo que te
proponías decir, pero deberías decir lo que te propones.
En medio de la oscuridad se produjo un ruido y miré rápidamente a Don.
- ¿Has oído ?
- Sí. Parece que hay alguien… - se puso en pie y se dirigió hacia las
sombras. De pronto rió y pronunció un nombre que no alcancé a entender
-. Esta bien - le oí decir. - No, será un placer recibirle… No hay motivos
para que se quede lejos… venga, es bienvenido, se lo aseguro…
La voz que respondió tenía un marcado acento, no precisamente ruso, ni
checo, sino más semejante al transilvano.
- Gracias. No quiero interrumpir su velada.
El hombre que Don llevó consigo a la luz de la fogata era… bueno,
desentonaba con la noche del Medio Oeste. Un tipejo enjuto y demacrado,
con facciones de lobo, de aspecto inquietante, que llevaba un traje de
etiqueta y una capa negra ribeteada de raso rojo. La luz le molestaba.
- Pasaba por aquí - explicó -. Este campo es un tajo para llegar a mi casa.
- ¿Sí ? - Shimoda no le creía, sabía que mentía, y al mismo tiempo se
esforzaba por no soltar la carcajada. Yo esperaba descubrir pronto la
verdad.
- Póngase cómodo - dije -. ¿Podemos ayudarlo en algo ?
Realmente no me sentía muy generoso, pero el individuo estaba tan
apocado que me habría gustado que se distendiera, si eso era posible.
Me miró con una sonrisa angustiosa que me dejó helado.
- Sí, pueden ayudarme. Se trata de algo que necesito desesperadamente,
porque de lo contrario no lo pediría. ¿Puedo beber su sangre ? ¿Sólo un
poco ? Es mi alimento, necesito sangre humana…
Quizá fue su acento. O no sabía hablas inglés correctamente o yo no había
entendido sus palabras, pero me puse de pie con una rapidez que no
desplegaba desde hacía muchos meses. Tanta fue mi prisa que llovieron
briznas de paja sobre el fuego.
Retrocedió. Generalmente soy inofensivo, pero tengo una contextura
robusta y probablemente le asusté. Volvió la cabeza en otra dirección.
- ¡Disculpe caballero ! ¡Lo siento ! ¡Por favor, olvide que hablé de sangre !
Pero usted comprenderá…
- ¿Qué dice ? - mi tono fue aún más feroz, porque estaba asutado -. ¿Qué
diablos dice ? Ignoro quién es usted. ¿Acaso se trata de una especie de
VAM… ?
Shimoda intervino antes de que pudiera completar la palabra.
- Richard, nuestro huésped estaba hablando y le has interrumpido. Siga,
por favor. Mi amigo es un poco precipitado.
- Donald - dije -, este sujeto…
- ¡Silencio !
Su reacción me sorprendió tanto que me callé y mis ojos le trasmitieron
una especie de pregunta aterrorizada al extraño individuo transportado
desde sus tinieblas natales a la luz de nuestra fogata.
- Por favor., Compréndanme. Yo no elegí nacer vampiro. Es una desgracia.
No tengo muchos amigos. Pero necesito beber todas las noches una
pequeña dosis de sangre humana, porque de lo contrario me retuerzo
presa de un dolor atroz, ¡ y si pasara más tiempo sin ella, no podría vivir!
Por favor, sufriré mucho, moriré, si no me permiten succionar su sangre...
sólo un poquito, no necesito más de medio litro.
Avanzó un paso hacia mí, relamiéndose, pensando que Shimoda tenía
sobre mí algún ascendiente y me haría capitular.
- Un paso más y correrá sangre, desde luego. Si se atreve a tocarme,
morirá…
No lo habría matado, pero quería atarle, por lo menos, antes de seguir
hablando.
Pareció creerme, porque se detuvo y suspiró. Se volvió hacia Shimoda.
- ¿Ha demostrado ya lo que deseaba ?
- Creo que sí. Gracias.
El vampiro me miró y sonrió, muy tranquilo, disfrutando intensamente,
como un actor en el escenario cuando termina la función.
- No beberé tu sangre, Richard - dijo en un inglés absolutamente cordial,
desprovisto de acento. Se evaporó como si estuviera extinguiendo su
propia luz… A los cinco segundos había desaparecido.
Shimoda volvió a sentarse junto al fuego.
- ¡ Cuánto me alegra que no hables en serio !
Todavía temblaba por el efecto de la adrenalina, listo para lidiar con el
monstruo.
- Don, temo no estar en condiciones para soportar estos trances. Quizá
sería mejor que me expliques lo que sucede. Por ejemplo… ¿qué ha sido
eso ?
- Eso erra un fampirro de Trronsilvania - dijo -. O para ser más exacto, era
una imagen mental de un fampirro de Trronsilvania. Si alguna vez quieres
demostrarle algo a alguien y crees que no te escucha, materializa una
imagen mental para probar tu tesis. ¿Piensas que exageré, con la capa y los
colmillos y el acento ? ¿Te ha resultado demasiado espantoso ?
- La capa era de primera, Don. Pero nunca he visto nada más
estereotipado, extravagante… no me asustó en absoluto.
Suspiró.
- Está bien. Pero por lo menos captaste el mensaje, y eso es lo que importa.
- ¿Qué mensaje ?
- Richard, cuando te portaste tan cruelmente con mi vampiro, hacías lo que
deseabas hacer, aunque sabías que eso iba a dolerle a un tercero. El incluso
te advirtió que sufriría si…
- ¡ Se proponía chuparme la sangre !
- Que es lo que hacemos a los demás cuando decimos que sufriremos si no
viven a nuestra manera.
Permanecí un largo rato callado, rumiando el problema. Siempre había
pensado que somos libres de hacer lo que nos plazca con la única
limitación de no lastimar a terceros, y esto no encajaba en mi teoría.
Faltaba algo.
- Lo que te desconcierta - dijo - es un lugar común que resulta ser
impracticable. La frase es lastimar a terceros. Nosotros mismos elegimos
ser lastimados o no serlo, y eso es todo. Somos nosotros quienes
decidimos. Nadie más. ¿Te ha dicho mi vampiro que sufriría si no le
permitías chupar tu sangre ? La decisión de sufrir, la opción, es suya. Tú
tomas tu propia resolución, eliges : darle sangre ; no hacerle caso,
amarrarle ; atravesarle el corazón con una estaca. Si el no quiere que le
claven la estaca, es libre de resistir, valiéndose de los recursos que desee
emplear. Y eso se repite hasta el infinito : opciones, opciones.
- Cuando lo enfocas desde ese ángulo…
- Atiende - dijo -, es importante. Somos todos. Libres. De hacer. Lo que.
Nos. Place.
14
Todos los seres,
todos los acontecimientos
de tu vida, están ahí
porque tú los has convocado.
De tí depende
lo que resuelvas hacer
con ellos.
- Y nunca te sientes solo, Don ? - fue en el café de Ryerson, en Ohio, donde
se me ocurrió hacerle esa pregunta.
- Me sorprende que…
- Calla - dije -. No he terminado la pregunta. ¿Nunca te sientes un poquitín
solo ?
- Lo que tu interpretas como…
- Espera. A todas estas personas las vemos apenas durante unos pocos
minutos. Alguna que otra vez aparece un rostro en la multitud, una
hermosa mujer radiante, que me hace sentir deseos de quedarme y
presentarme, de permanecer quieto, estático, conversando. Pero vuela
conmigo diez minutos, o no vuela, y desaparece y al día siguiente parto
rumbo a Shelbyville y jamás vuelvo a verla. Esa es la soledad. Aunque
supongo que no puedo encontrar amigos perdurables cuando yo mismo
soy un individuo efímero.
Permaneció callado.
- ¿O acaso sí puedo ?
- ¿ Puedes hablar ya ?
- Supongo que sí.
En aquel café servían las hamburguesas parcialmente envueltas en un fino
papel encerado, y cuando las desenvolvías te encontrabas con un montón
de semillas de sésamo… pequeñas e inútiles, pero las hamburguesas eran
sabrosas. Comió un rato en silencio y yo le imité., preguntándome qué
diría.
- Bien, Richard, somos imanes, ¿verdad ? No, imanes no. Somos hierros,
envueltos en alambres de cobre, y cada vez que queremos magnetizarnos
podemos lograrlo. Hacemos fluir nuestro voltaje interior por el alambre y
atraemos a quienes deseamos atraer. Al imán no le inquieta la técnica de
su funcionamiento. Es él mismo, y por su naturaleza atrae unos elementos
y otros no.
Cogí una papa frita y lo miré con el entrecejo fruncido.
- Olvidaste un detalle. ¿Cómo lo hago ?
- No haces nada. La ley cósmica, ¿recuerdas ? Los semejantes se atraen.
Limítate a desplegar tu propia personalidad, serena, transparente y
luminosa. Cuando irradiamos lo que somos, preguntándonos a cada
instante si lo que hacemos es lo que deseamos hacer y haciéndolo solo
cuando la respuesta es afirmativa, nuestra actitud rechaza
automáticamente a quienes nada tienen que aprender de lo que somos y
atrae a quienes sí tienen algo que aprender, que son los mismos de quienes
nosotros a la vez aprendemos.
- Pero para eso se necesita mucha fe, y mientras tanto te sientes muy solo.
Me miró enigmáticamente por encima de la hamburguesa.
- La fe es una patraña. No se necesita un ápice de fe. Lo que se necesita es
imaginación - barrió con la mano el tramo de la mesa que nos separaba ,
apartando la sal de las patatas fritas, la salsa de tomate, los tenedores y los
cuchillos, hasta que termine por preguntarme qué iba a suceder, qué se iba
a materializar delante de mis ojos -. Si tienes una imaginación del tamaño
de una semilla de sésamo - continuó, empujando hasta el extremo de la
mesa una semilla de muestra -, todo será posible para tí.
Estudié la semilla de sésamo y luego le observé a él.
- Ojalá los mesías celebréis un cónclave y os pongáis de acuerdo. Yo
siempre pensé que la clave era la fe cuando el mundo se vuelve contra mí.
- No. Mientras estaba en funciones intenté corregir ese error, pero fue una
larga lucha llamada al fracaso. Hace dos mil años, cinco mil, carecían de
una palabra para designar la imaginación, y no encontraron nada mejor
que la fe para catequizar a una solemne legión de epígonos. Tampoco
tenían semillas de sésamo.
Sabía muy bien que tenían semillas de sésamo, pero pase por alto el
embuste.
- ¿Debo imaginar esta magnetización ? ¿Debo imaginar a una bella y sabia
damisela mística que aparece en medio de la multitud, en un campo de
Tarragon, en Illinois ? Puedo hacerlo, pero eso es todo… sólo mi
imaginación.
Con expresión desesperada, elevó los ojos al cielo, simbolizado en ese
momento por el techo de estaño y las frías luces de Em and Edna’s Café.
- ¿Sólo tu imaginación ? ¡Claro que es tu imaginación ! El mundo es tu
imaginación, ¿o ya lo has olvidado ? Donde está tu pensamiento, allí está tu
experiencia ; El hombre es lo que piensa ; Aquello que temías es lo que me
sobreviene ; Piensa y hazte rico : Imaginación creativa por placer y lucro ; Como
encontrar amigos siendo lo que eres. El hecho de que imagines no modifica un
ápice el Es, no afecta en absoluto a la realidad. Pero estamos hablando de
los mundos de Warner Brothers, de las vidas de MGM, y cada segundo de
los unos y las otras está compuesto por ilusiones e imaginaciones. Todos
somos sueños con los símbolos que quienes soñamos despiertos evocamos
para nosotros mismos - alineó el cuchillo y el tenedor como si estuviera
construyendo un puente de su sitio al mío -. ¿Te preguntas que dicen tus
sueños ? Tanto daría que miraras los objetos de tu vigilia y te preguntases
lo que significan. Tú, que siempre estas rodeado de aviones.
- Sí, Don, ya esta bien - rogué que frenara, que no me asestara ese cúmulo
de conceptos simultáneamente. Cuando se trata de nuevas ideas, una
velocidad de un kilómetro por minuto es excesiva.
- Si soñaras con aviones. ¿Qué significaría para tí ?
- Ah, la libertad. Los sueños con aviones significan evasión, vuelo,
emancipación.
- No debo aclarártelo más. Lo que sueñas despierto encierra el mismo
significado : el anhelo de liberarte de todo lo que te sujeta : la rutina, la
autoridad, el hastío, la solemnidad. Lo que no has entendido es que ya
eres libre, y siempre lo has sido. Si tuvieras la mitad de las semillas de
sésamo que tiene esto… serías el dueño supremo de tu vida de mago. ¡Sólo
imaginación ! ¿Qué dices ?
A ratos la camarera le miraba con expresión extraña, sin dejar de secar los
platos, preguntándose de qué se trataba.
- ¿De modo que nunca te sientes solo, Don ? - insistí.
- A menos que eso sea lo que desee. Tengo amigos en otras dimensiones
que me hacen compañía una que otra vez. Tú también los tienes.
- No. Me refiero a esta dimensión, a este mundo imaginario. Muéstrame de
qué se trata, haz un pequeño milagro con el imán. Quiero aprenderlo.
- Enséñamelo tú - dijo -. Para corporizar cualquier cosa en tu vida imagina
que ya está allí.
- ¿Qué, por ejemplo ? ¿Acaso mi damisela solitaria ?
- Cualquier cosa. No tu damisela. Algo pequeño para empezar, algo
inusitado.
- ¿ Y tengo que practicar ahora ?
- Sí.
- Bueno… una pluma azul.
Me miró sin entender.
- ¿Qué has dicho, Richard ? ¿Una pluma azul ?
- Cualquier cosa, dijiste. No una damisela, sino algo pequeño.
Se encogió de hombros.
- Muy bien. Una pluma azul. Imagina la pluma. Figúratela claramente, con
todas sus vetas y bordes, la punta, los desgarrones en V, la pelusa que
circunda el cañón. Sólo un minuto. Después déjala pasar.
Cerré los ojos durante un minuto y forjé una imagen mental : quince
centímetros de longitud, de color azul, iridiscente virando a plateado en
los borde. Una pluma nítida y refulgente que flota en las oscuridad.
- Circúndala con una luz dorada, si quieres. Es un recurso terapéutico para
ayudarla a materializarse, pero también sirve para magnetizar.
Rodee mi pluma con un halo dorado.
- Ya.
- Muy bien. Ya puedes abrir los ojos.
Abrí los ojos.
- ¿Dónde está mi pluma ?
- Si estaba patente en tu pensamiento, en este momento arremete hacia tí
como un Sherman.
- ¿Mi pluma ? ¿Como un Sherman ?
- Hablo en términos figurados, Richard.
Durante toda es tarde aguardé la aparición de la pluma. No llegó. Fue por
la noche, a la hora de cenar un bocadillo caliente de pavo, cuando la vi.
Una ilustración y una leyenda en tipografía pequeña, impresas sobre el
recipiente de leche. Envasada para la Central Lechera Scottt por Granjas
Pluma Azul, Bryan, Ohio.
- ¡Don ! ¡Mi pluma !
Miró y se encogió de hombros.
- Pensé que querías una pluma de veras.
- Bueno, cualquier pluma sirve para empezar, ¿no te parece ?
- ¿Viste solamente la pluma, o la sostenías en la mano ?
- La pluma sola.
- Eso lo explica. Si deseas estar junto con lo que magnetizas, debes
introducirte también en la imagen. Disculpa que no te lo dijera.
Me invadió una sensación extraña y escalofriante. ¡Lo había logrado !
¡Había magnetizado conscientemente mi primer objeto !
- Hoy una pluma - exclamé -. ¡Mañana el mundo !
- Ten cuidado, Richard - dijo premonitoriamente -, o lo lamentarás…
15
La verdad
que enuncias
no tiene pasado ni
futuro.
Es,
y con eso
basta.
Yacía boca arriba bajo el Fleet, limpiando el aceite de la panza del fuselaje.
Curiosamente, el motor despedía menos aceite que antes. Shimoda
transportó un pasajero y después se acercó y se sentó sobre la hierba
mientras yo trabajaba.
- Richard, ¿qué esperanza te queda de conmover al mundo cuando a tu
alrededor todos se ganan la vida trabajando y tú revoloteas
irresponsablemente un día y otro en tu loco avión? - me estaba poniendo
nuevamente a prueba -. Es una pregunta que te harán más de una vez.
- Bueno, Donald. Artículo primero: no estoy aquí para conmover al
mundo. Estoy aquí para vivir mi vida en condiciones que me hagan feliz.
- Muy bien. ¿Artículo segundo?
- Artículo segundo: Todos los demás son libres de hacer lo que más les
plazca, para ganarse el sustento. ¿Artículo tercero? Responsables significa
capaces de responder, capaces de responder por las condiciones en que
elegimos vivir. Por supuesto hay una sola persona ante la que debemos
responder, y esa persona es…
- Uno mismo - completó Don, dirigiéndose a la multitud imaginaria de
discípulos que nos rodeaba.
- Ni siquiera tenemos que responder ante nosotros mismos, si no se nos
antoja… No tiene nada de malo ser irresponsable. Pero a la mayoría de
nosotros nos parece más interesante saber por qué nos comportamos como
lo hacemos, por qué nuestras opciones son las que son… ya optemos por
contemplar un pájaro, o pisar una hormiga, o trabajar en algo que no nos
gusta con el exclusivo fin de ganar dinero - tuve un pequeño sobresalto -.
¿Es una respuesta demasiado larga?
- Larguísima - asintió.
- Muy bien… ¿Qué esperanza te queda de conmover al mundo…? - salí de
debajo del avión y descanse un rato a la sombra de las alas -. ¿Qué te
parece si digo que dejo al mundo que viva como quiera, y me dejo vivir a
mí mismo como quiero?
Me dirigió una mirada satisfecha y orgullosa.
- ¡Has hablado como un auténtico mesías ! Una respuesta simple, directa,
fácil de citar, y que no contesta el interrogante a menos que alguien medite
lo necesario para analizarla cuidadosamente.
- Ponme nuevamente a prueba.
En esos trances me encantaba ver a mi propia mente en acción.
- Maestro - dijo -, "deseo ser amado, soy bondadoso, hago a mi prójimo lo
que querría que este me haga a mí, y sin embargo no tengo amigos y estoy
solo". ¿Cómo contestarás a esto?
- Lo ignoro - murmuré -. No tengo la más vaga idea sobre lo que debo
aconsejarte.
- ¿COMO?
- Un poco de humor, Don, para animar la velada. Una distracción
inocente.
- Será mejor que elijas bien la forma de animar la velada, Richard. Los
problemas no son chanzas y juegos para quien viene a consultarte, a
menos que se trate de un individuo muy evolucionado, y éstos ya saben
que son sus propios mesías. Como te han concedido las respuestas,
comunícalas. Haz el chiste de decir "lo ignoro" y verás cuanta prisa se da la
turba para incinerar a un hombre en la pira.
Me erguí altivamente.
- Buscador, vienes en demanda de respuesta, y yo te la doy: La Regla de
Oro no sirve. ¿Te gustaría encontrar a un masoquista que haga a sus
prójimos lo que quiere que éstos le hagan a él? ¿O a un devoto del Dios
Cocodrilo, que anhela el honor de ser arrojado vivo al foso? Aún
tratándose del Samaritano que inauguró el sistema… ¿qué le hizo pensar
que el hombre que encontró caído a la vera del camino deseaba que le
vertieran aceite en las llagas? ¿Y si aquel hombre aprovechaba esos
momentos de paz para curarse espiritualmente, disfrutando del desafío
que suponían? - mis propias palabras me parecían convincentes -. Aunque
la Regla se trueque en Haz a tu prójimo lo que éste quiera que le hagan, es
imposible saber cómo alguien que no es uno mismo quiere que lo traten.
Lo que la Regla significa es Haz a tu prójimo lo que sinceramente deseas
hacerle, y así es en verdad como la aplicamos. Si sustentas esta regla y
tropiezas con un masoquista, no estás obligado a azotarle con su látigo
sólo porque esto es lo que él anhela que le hagas. Tampoco tienes el deber
de arrojar al devoto al foso de los cocodrilos - le miré -. ¿Demasiado
latoso?
- Como siempre. ¡Richard, si no aprendes a sintetizar, perderás el noventa
por ciento de tu auditorio !
- Bien, ¿qué tiene de malo perder el noventa por ciento de mi auditorio? -
le espeté - ¿Qué tiene de malo perder a TODO mi auditorio? ¡ Sé lo que sé
y digo lo que digo ! Y si eso está mal, paciencia. ¡ Los paseos en avión
cuestan tres dólares en efectivo !
- ¿Sabes una cosa? - preguntó.
Shimoda se puso en pie y se sacudió la hierba de los tejanos.
- ¿Qué? - exclamé en tono petulante.
- Acabas de diplomarte. ¿Qué sensación te produce ser un Maestro?
- Endemoniadamente frustrante.
Me miró con una sonrisa infinitesimal.
- Te acostumbrarás a eso - dijo.
He aquí
una prueba para verificar
si tu misión en la tierra
ha concluido:
Si estás vivo,
no ha concluido.
16
Las ferreterías ocupan siempre locales largos, atestados de estanterías que
se extienden hasta el infinito.
Estaba en la ferretería Hayward, en los lugares más remotos, casi een la
penumbra, buscando tuercas y tornillos de 3/8 de pulgada y arandelas de
muelle para el patín de cola del Fleet. Shimoda miraba pacientemente
mientras yo exploraba. Él, desde luego, no necesitaba ningún artículo de
ferretería. Pensé que toda la economía se desmoronaría si el resto de la
humanidad fuera como él y pudiera fabricar lo que se le ocurriera con la
ayuda exclusiva de las imágenes mentales y el aire circundante, y reparar
cualquier cosa sin piezas de recambio ni trabajo.
Por fin encontré la media docena de tornillos que necesitaba y volví con
ellos al mostrador, donde el propietario difundía una música suave. Era
Greensleeves, melodía que me ha perseguido placenteramente desde mi
infancia, interpretada al laúd a través de un sistema de altavoces oculto,
cuya presencia me sorprendió en un pueblo de cuatrocientas almas.
También sorprendió a Hayward, porque no se trataba en absoluto de un
sistema de altavoces. Repatingando en su taburete de madera, detrás del
mostrador, observaba al mesías mientras este hacía vibrar las notas en una
barata guitarra de seis cuerdas tomada de un estante. Era un sonido
hermoso y yo permanecí en silencio mientras pagaba mis setenta y tres
céntimos y me sentía perseguido nuevamente por la melodía. Quizá fuera
todo producto de la cualidad metálica del instrumento, pero evocaba la
lejana y brumosa Inglaterra de otro siglo.
- ¡Es maravilloso, Donald ! ¡ No sabía que supieras tocar la guitarra!
- ¿No lo sabías? Entonces, ¿es que piensas que, si alguien se hubiera
acercado a Jesucristo con una guitarra, este habría contestado "no sé
tocarla"? ¿Lo habría hecho?
Shimoda dejó la guitarra en su lugar y salió conmigo a la calle soleada.
- ¿ O piensas - continuó -, que si alguien interpelara en ruso o en persa a
un maestro digno de su aura, podría ser que éste no entendiera lo que le
dicen? ¿ O que si quisiera desmontar un tractor D-10 o pilotar un avión, no
sabría hacerlo?
- ¿De modo que en verdad lo sabes todo, eh?
- Tú también lo sabes, claro. Sencillamente, sé que lo sé todo.
- ¿Podría tocar así la guitarra?
- No, tendrías tu propio estilo, diferente del mío.
- ¿Cómo iba a hacerlo?- no pensaba volver corriendo a la tienda y comprar
la guitarra. Sólo lo preguntaba por curiosidad.
- Bastará que deseches todas tus inhibiciones y todas tus certidumbres de
que no puedes tocar. Pulsa el instrumento como si fuera parte de tu vida,
cosa que en realidad es, dentro de otra existencia alternativa. Convéncete
de que es lógico que la toques correctamente y deja que tu personalidad
inconsciente se adueñe de tus dedos y arranque la melodía.
Había leído algo sobre el tema: el aprendizaje hipnótico, sistema que
consistía en inculcar a los alumnos la idea de que dominaban el arte,
merced a lo cual ejecutaban música, o pintaban, o escribían como artistas
magistrales.
- Es difícil, Don, renunciar a mi convicción de que no sé tocar la guitarra.
- Entonces te resultará difícil tocarla. Necesitarás años de práctica para
autorizarte a hacerlo bien, para que tu subconsciente te diga que has
sufrido bastante y te has ganado el derecho a hacerlo bien.
- ¿Porqué tardé tan poco en aprender a volar? Eso es difícil, pero yo
aprendí enseguida.
- ¿Querías volar?
- ¡Era lo único que me interesaba! ¡Más que cualquier otra cosa! Veía las
nubes debajo de mí, y el humo de las chimeneas que se elevaba rectamente
en medio de la placidez matinal, y veía… Ah. Ya entiendo. Vas a decir:
"Nunca has alimentado el mismo sentimiento respecto de las guitarras,
¿no es cierto?"
- Nunca has alimentado el mismo sentimiento respecto de las guitarras,
¿no es cierto?
- Y esta sensación de zozobra que experimento ahora, Don, me dice que así
aprendiste a volar. Un día subiste sencillamente al Travel Air y lo
pilotaste. Nunca habías estado antes en un avión.
- Vaya, si que eres intuitivo.
- ¿No tuviste que presentarte al examen para obtener la licencia? No,
espera. Ni siquiera tienes la licencia, ¿verdad? Una licencia oficial d e
piloto.
Me miró con una expresión extraña, con un atisbo de sonrisa, como si le
hubiera desafiado a mostrar la licencia y él pudiera exhibirla.
- ¿Te refieres a la hoja de papel, Richard? ¿Hablas de ese tipo de licencia?
- Sí, a la hoja de papel.
No se metió la mano en el bolsillo ni sacó la cartera. Se limitó a abrir la
mano derecha. Allí estaba la licencia de piloto, como si la hubiera llevado
constantemente consigo a la espera de que yo se la pidiese. No estaba
estropeada ni doblada, y pensé que no tenía ni diez segundos de
existencia.
Pero la cogí y la examiné. Era una licencia oficial de piloto, con el sello del
Departamento de Transportes. Donald William Shimoda, con domicilio en
Indiana, piloto comercial registrado, autorizado para pilotar mono y
polimotores, y planeadores.
- ¿No puedes pilotar hidroaviones ni helicópteros?
- Lo tendré si me hace falta - respondió, con un tono tan enigmático que
me eché a reír antes que él. El individuo que barría la acera frente a la
tienda de International Harvester nos miró y también sonrió.
- ¿Y yo? - pregunté -. Quiero mi autorización para pilotar aviones de
transporte.
- Tendrás que fraguar tus propias matrículas.
17
En el programa de radio de Jeff Sykes tuve oportunidad de conocer a un
Donald Shimoda para mí desconocido. El programa empezó a las nueve
de la noche y se prolongó hasta las doce. Se difundía desde un estudio no
mayor que el taller de un relojero, cuyas paredes estaban cubiertas de
mandos, sintonizadores e hileras de anuncios comerciales grabados en
cinta magnetofónica.
Sykes preguntó en primer término si no era hasta cierto punto ilegal volar
por el país en un avión antiguo, recogiendo pasajeros.
La respuesta debería haber sido negativa. No había nada de ilegal en eso, y
los aviones eran inspeccionados tan escrupulosamente como cualquier
reactor de transporte. Eran más seguros y resistentes que la mayoría de los
aviones modernos de metal laminado, y lo único que hacía falta era la
matrícula y la autorización del dueño del campo. Pero Shimoda no dijo
nada de eso.
- Nadie puede prohibirnos que hagamos lo que queremos hacer, Jeff -
respondió.
Lo cual era muy cierto, pero implicaba una falta de tacto, siendo así que
hablaba al público de la radio, ansioso por saber que significaba esa
historia de los aviones que andaban por todas partes. Apenas un minuto
después empezó a parpadear la lucecita del teléfono instalado en la mesa
de Sykes, que comunicaba con la centralita.
- Tenemos una llamada en la línea uno - anuncio Sykes -. Sí, señora.
- ¿Estoy en antena?
- Sí, señora, está en antena y nuestro invitado es el señor Donald Shimoda,
piloto. Adelante, está en antena.
- Bien, me gustaría decirle a ese individuo que no todos pueden hacer lo
que quieren y que algunas personas deben trabajar para ganarse la vida y
tienen la responsabilidad suficiente para no andar haciendo payasadas por
las alturas.
- Las personas que trabajan para ganarse la vida hacen lo que más les place
- respondió Shimoda -. Lo mismo que las que se ganan la vida jugando…
- Las escrituras dicen que ganarás el pan con el sudor de tu frente y lo
comerás con dolor.
- También somos libres de proceder así, si lo deseamos.
- "¡Haz lo que quieras !" Estoy harta de que personas como usted repitan
"¡haz lo que quieras, haz lo que quieras !" Si permitimos que todos se
desboquen, destruirán el mundo. Ya lo están destruyendo. ¡Fíjese en lo
que está ocurriendo con las plantas, con los ríos y con los océanos !
Le dio cincuenta pretextos distintos para contestar y él los ignoró todos.
- No importa que se destruya el mundo - dijo -. Tenemos otros mil
millones de mundos para crear y elegir. Mientras la gente anhele planetas,
tendrá planetas donde vivir.
No era el argumento ideal para apaciguar a su interlocutora y miré atónito
a Shimoda. Este sustentaba su punto de vista particular, que abarcaba la
perspectiva de incontables ciclos vitales y de los conocimientos que solo
un maestro puede recordar. Naturalmente, su interlocutora suponía que la
discusión giraba en torno a la realidad de este único mundo, donde el
nacimiento es el comienzo y la muerte es el fin. El lo sabía… ¿por qué
entonces no lo tomaba en consideración?
- Todo anda a las mil maravillas, ¿no es cierto? - exclamó la polemista por
teléfono -. En este mundo no existe la maldad, el pecado no prospera
alrededor de nosotros. Eso es lo que inquieta, ¿verdad?
- No hay ningún motivo para que nos afanemos por eso, señora. Vemos
sólo una partícula del todo que es la vida, y esa única partícula es falsa.
Todo se equilibra, y nadie sufre y nadie muere sin su consentimiento.
Nadie hace lo que no quiere hacer. No existen ni el bien ni el mal, fuera de
lo que nos hace felices y de lo que nos hace desdichados.
Nada de eso contribuía a calmar a la dama. Pero ella cambió bruscamente
de tono y se limitó a preguntar:
- ¿Cómo sabe todo eso? ¿Cómo sabe que lo que dice es cierto?
- No sé que es cierto - respondió Shimoda -. Lo creo simplemente porque
me complace creerlo.
Entrecerré los ojos. Podría haber dicho que lo había ensayado y daba
resultado: las curaciones, los milagros, la vida práctica que convertía sus
ideas en hechos ciertos y viables. Pero no lo dijo. ¿Por qué?
Existía una razón. Yo conservaba los ojos entreabiertos y veía casi todo el
estudio como una mancha gris , con la imagen borrosa de Shimoda
inclinada para hablar por el micrófono. Enunciaba todos estos conceptos
directamente, sin dar alternativas, ni hacer ningún esfuerzo para que sus
pobres oyentes lo entendieran.
- Quienes han sobresalido, quienes han sido felices, quienes han dejado
una herencia útil al mundo, han sido en su totalidad almas divinamente
egoístas, que vivían pensando en su propio provecho. Sin excepción.
Luego llamó un hombre, cuando ya estaba más avanzada la noche.
- ¡ Egoísta ! ¿Sabe quién es el anticristo?
Shimoda sonrió fugazmente y se acomodó en la silla, como si conociese
personalmente a su interlocutor.
- Tal vez me lo pueda explicar usted.
- Cristo dijo que debemos vivir para nuestro prójimo. El anticristo dice que
seamos egoístas, que vivamos para nosotros mismos y que dejemos que el
prójimo se vaya al infierno.
- O al cielo, o a donde tenga ganas de ir.
- Es usted una persona peligrosa, ¿sabe? ¿Qué sucedería si todos le
escucharan e hicieran lo que se les antojase? ¿Qué cree que ocurriría en ese
caso?
- Pienso que nuestro planeta probablemente sería el más venturoso de esta
región de la galaxia - contestó.
- Presiento que no me gustaría que mis hijos escucharan lo que está usted
diciendo.
- ¿Qué desean escuchar sus hijos?
- Si todos somos libres de hacer lo que se nos antoja, entonces yo soy libre
de ir a esa emisora con mi escopeta y de volarle su estúpida cabeza.
- Desde luego que es libre de hacerlo.
La comunicación se cortó secamente. En algún lugar de la ciudad había
cuanto menos un hombre indignado. Los otros, y las muchas mujeres
coléricas, seguían llamando. Todos los botones del aparato estaban
encendidos y titilando.
No era lógico que las cosas hubieran tomado ese rumbo. Podría haber
dicho lo mismo, con otras palabras, sin irritar a nadie.
Volvía a invadirme la misma sensación que había experimentado en Troy,
cuando la multitud se desbocó y le rodeó. Era hora, evidentemente era
hora, de que tomáramos el portante.
El manual no me prestó ninguna ayuda, allí en el estudio.
Para vivir
libre y dichosamente,
debes sacrificar el
tedio.
No siempre es un
sacrificio fácil.
Jeff Sykes les había dicho a todos quiénes éramos, que nuestros aviones
estaban posados en el campo de John Thomas, junto a la S-41, y que
pasábamos la noche debajo del ala.
Captaba las vibraciones de ira de los interlocutores, temerosos por la
moral de sus hijos y por el futuro del modo de vida norteamericano, y
nada de eso me hacía feliz. Faltaba media hora para que terminara el
programa y las cosas iban de mal en peor.
- ¿Sabe una cosa? Creo que usted es un farsante - dijo el autor de la
llamada siguiente.
- Claro que lo soy. Todos somos farsantes en este mundo, todos fingimos
ser algo que no somos. No somos organismos que nos movemos de un
lado a otro, no somos átomos y moléculas. Somos ideas inmortales e
indestructibles de lo que Es, aunque estemos convencidos de otra cosa…
El habría sido el primero en recordarme que yo era libre de irme, si no me
gustaba lo que decía, y se habría reído de mi temor de que una turba de
linchadores nos estuviera esperando con antorchas junto a los aviones.
18
No te dejes
abatir por las despedidas.
Son indispensables como preparación
para el
reencuentro.
Y es seguro que
los amigos se reencontrarán,
después de algunos momentos
o de todo un ciclo
vital.
Al mediodía siguiente, antes de que la gente llegara, se detuvo junto al ala
de mi avión.
- ¿ Recuerdas lo que dijiste cuando descubriste mi problema ? ¿Qué nadie
me escucharía, por muchos milagros que hiciera ?
- No.
- ¿No recuerdas en absoluto es circunstancia ?
- Sí, recuerdo la circunstancia. De pronto me pareció que estabas muy solo.
No recuerdo lo que dije.
- Dijiste que depender de que a los demás les interese lo que digo equivale
a depender de los demás para ser feliz. Eso es lo que vine a aprender aquí :
el comunicarme o no, es indiferente. Elegí este ciclo vital íntegro para
explicarle a alguien la forma en que está organizado el mundo, y lo mismo
me habría valido elegirlo para no decir absolutamente nada. Lo que es no
necesita que yo me ocupe de propalar cómo funciona.
- Eso es evidente, Don. Podría habértelo dicho yo.
- Muchas gracias. Descubro la única idea que me propuse encontrar al
vivir esta vida, concluyo el trabajo de toda una existencia, y me dices : "Es
evidente, Don".
Reía, pero también estaba triste, y en ese momento no pude saber por qué.
19
Tu ignorancia
es directamente proporcional
a la medida en que crees en la injusticia
y la tragedia.
Lo que la oruga interpreta
como el fin del mundo
es lo que su dueño denomina
mariposa.
Las palabras que había leído el día anterior en el manual fueron la única
advertencia que recibí. Había un grupito en espera de turno, y su avión
avanzó rodando y se detuvo junto a él, azotándolo con el torbellino de la
hélice.
Yo observaba la escena, plácida e informal, desde el área superior del Fleet
mientras vertía gasolina en el depósito. Un segundo después se oyó un
estampido como el que habría producido un neumático al estallar, y el
público también hizo explosión y se disperso. Los neumáticos del Travel
Air estaban intactos el motor traqueteaba tan perezosamente como antes
pero debajo de la carlinga del piloto había, en la tela del fuselaje, un
boquete de treinta centímetros . Shimoda estaba ladeado, con la cabeza
tumbada y el cuerpo tan inmóvil como la muerte súbita.
Tardé milésimas de segundo en darme cuenta de que le había pegado un
tiro a Donald Shimoda y otro tanto en dejar caer el bidón de gasolina,
saltar al suelo y echar a correr. Fue como el guión de una película, de una
pieza teatral interpretada por aficionados: un hombre armado con una
escopeta escapaba con los demás y pasó tan cerca de mí que hubiera
podido abatirlo con un sable. Ahora recuerdo que no me preocupé por él.
No estaba furioso, ni conmocionado, ni horrorizado. Lo único que me
importaba era llegar lo antes posible a la carlinga del Travel Air y hablar
con mi amigo.
Era como si le hubiera alcanzado una granada. La mitad izquierda de su
cuerpo era un montón informe de cuero y tela y de carne desgarrados,
ensangrentados. Un picadillo viscoso de color escarlata.
Su cabeza descansaba sobre la palanca de bomba de mano de gasolina, en
el extremo inferior derecho del tablero de instrumentos, y pensé que si se
hubiera ceñido el correaje no habría sido arrojado hacia delante de esa
manera.
- ¡ Don ! ¿Estás bien?
¡ Qué necedad !
Abrió los ojos y sonrió. Tenía el rostro humedecido por las salpicaduras de
su propia sangre.
- ¿ Qué te parece Richard ?
Me produjo un inmenso alivio el oírle hablar. Si podía hablar, si podía
pensar, se salvaría.
- Si no te conociera tan bien, diría que estás en un aprieto.
Sólo su cabeza se movió, apenas unos milímetros y de pronto me sentí
nuevamente asustado, más por su quietud que por la confusión y la
sangre.
- No sabía que tenías enemigos.
- No los tengo. Ha sido... un amigo. Es mejor evitar... que un fanático lleno
de odio se complique... la vida ...asesinándome.
La sangre chorreaba por el asiento y por los paneles laterales de la
carlinga. Habría que trabajar a fondo para limpiar el Travel Air, aunque el
avión en sí no estaba dañado.
- ¿ Tenía que ocurrir, Don ?
- No...- respondió con voz desfalleciente, casi sin respirar -. Pero creo... que
me gusta dramatizar...
- ¡ Bueno, manos a la obra ! ¡ Cúrate sólo ! ¡ Tendremos que volar mucho,
con toda la multitud que se avecina !
Pero mientras bromeaba con él, y a pesar de todo lo que sabía y
comprendía acerca de la realidad, mi amigo Donald Shimoda terminó de
doblarse, recorriendo los pocos centímetros que lo separaban de la palanca
de la bomba de mano, y murió.
Oí un rugido, el mundo se ladeó, y resbalé por el costado del fuselaje roto
hasta la hierba húmeda, roja. Me pareció que el peso del manual que
llevaba metido en el bolsillo me hacía caer de lado, y cuando dí contra el
suelo se desprendió y el viento agitó lentamente las hojas.
Lo recogí torpemente. ¿ así termina ?, pensé. Todo lo que dice un maestro
no es más que palabrería que no basta para salvarle del primer ataque de
un perro rabioso en un campo roturado ?
Tuve que leer tres veces antes de convencerme de que esas eran las
palabras estampadas sobre la página.
Todo lo que
dice este libro
puede ser una
falacia
fin
Epílogo
En el otoño, volé rumbo al sur en pos del aire cálido.
Había pocos campos adecuados, pero las multitudes eran cada vez más
numerosas. A la gente le seguía gustando volar en el biplano y en esos
días eran muchos los que se quedaban a conversar y a tostar
marshmallows sobre la fogata de mi campamento.
Alguna que otra vez, alguien que no habías estado realmente muy
enfermo decía que se sentía más aliviado después de la conversación, y al
día siguiente los espectadores me miraban con expresión extraña y se
acercaban más a mí, llenos de curiosidad. En más de una oportunidad
levanté vuelo temprano.
No se produjeron milagros, a pesar de que el Fleet funcionaba mejor que
nunca, y con menos gasolina. Había dejado de despedir aceite y no mataba
insectos con la hélice ni con el parabrisas. Indudablemente era debido al
aire más frío, o a que los bichitos se estaban espabilando y habían
aprendido a esquivar el avión.
A partir de aquel mediodía de verano en que mataron a Shimoda, me sentí
además como si un río de tiempo hubiera dejado de fluir para mí. Era un
desenlace que no podía creer ni entender. Había quedado fijo, y yo lo
reviví un millar de veces con la esperanza de que algo cambiara. No
cambió nunca. ¿ Qué era lo que debía haber aprendido aquél día ?
Una noche, a fines de octubre, después de recibir un susto y eludir una
muchedumbre en Mississippi , aterricé en una reducida parcela que tenía
las dimensiones justas para posar el Fleet.
Nuevamente, antes de dormirme, evoqué aquel último momento...¿ Por
qué había muerto? Algo no cuadraba. Si lo que decía era cierto...
No tenía con quién hablar, como antes hablaba con él, nadie de quién
aprender, nadie a quién acechar y agredir con palabras, nadie que aguzara
con su roce mi mente recién esclarecida. ¿ Yo mismo ? Sí, pero no era ni
remotamente tan entretenido como Shimoda, quien, para educarme, me
había tenido siempre en equilibrio inestable con su Karate espiritual.
Me dormí pensando en eso, y mientras dormía, soñé.
Estaba arrodillado sobre la hierba, de espalda a mí, reparando el boquete
que el escopetazo había abierto en el costado del Travel Air. Junto a su
rodilla había un rollo de tela para aviones de primera calidad y un bote de
pegamento.
Sabía que soñaba, y sabía también que era real.
- ¡DON!
Se levantó lentamente y se volvió para mirarme, sonriendo al observar mi
pena y mi alegría.
- Hola, amigo - dijo.
Las lágrimas me impedían ver. La muerte no existe, la muerte no existe en
absoluto, y aquel hombre era mi amigo.
- ¡Donald !... ¡ Estás vivo ! ¿ Qué tratas de hacer ?
Corrí hacia él. Le rodee con los brazos y era real. Palpé el cuero de su
chaqueta de aviador, estrujé sus brazos.
- Hola - repitió -. ¿No te molesta? Lo que intentó hacer es remendar este
agujero.
Estaba tan contento de verle, que nada era imposible.
- ¿ Con pegamento y tela? - exclamé -. Con pegamento y tela tratas de
reparar... No se hace así. Aquí lo tienes, perfectamente terminado... - y
mientras pronunciaba estas palabras deslicé la mano como si fuera una
pantalla frente al boquete desgarrado y ensangrentado. Cuando la mano
pasó de largo, el agujero había desaparecido. Sólo se veía la superficie del
avión, pulida como un espejo, sin un sólo remiendo desde la nariz hasta la
cola.
- ¡ De modo que así es como lo haces ! - exclamó, y sus ojos oscuros
reflejaban orgullo por el alumno torpe que al fin triunfa como mecánico
dental.
No me pareció raro. En sueños, esa era la forma de hacer el trabajo.
Junto al ala ardía una fogata matutina y sobre ella se balanceaba un sartén.
- ¡ Estás haciendo algo, Don! Nunca te había visto cocinar. ¿ Qué es?
- Pan frito - dijo con la mayor naturalidad -. Lo único que deseo hacer
contigo es enseñarte a prepararlo.
Cortó dos rebanadas con su navaja de bolsillo y me pasó una. Mientras
escribo esto, aún recuerdo ese sabor... el sabor de serrín y cola de
encuadernación rancia, recalentados en grasa.
- ¿Qué te parece ? - preguntó.
- Don...
- La Venganza de Fantomas - me dijo, sonriendo. Lo preparé con yeso -
volvió a depositar su parte sobre la sartén -. Para recordarte que, si alguna
vez deseas instigar a alguien al estudio, debes hacerlo con tu conocimiento
y no con tu pan frito. ¿ Entendido ?
- ¡ NO ! ¡ Quién me ama, ama mi pan ! ¡ Es la esencia de la vida, Don !
- Muy bien. Pero te garantizo ... que tu primera cena con un discípulo será
la última si le sirves esta bazofia.
Reímos y luego nos quedamos callados. Yo lo miré en medio del silencio.
- ¿Estás bien, verdad, Don?
- ¿ Esperabas que estuviera muerto ? Vamos, Richard.
- ¿ Y esto no es un sueño? ¿ No olvidaré que te he visto ahora?
- No. Esto es un sueño. Es otro espacio - tiempo y en cualquier espacio -
tiempo distinto es un sueño para un buen terráqueo cuerdo, cosa que tú
serás todavía durante una temporada. Pero lo recordarás y eso cambiará tu
manera de pensar y tu vida.
- ¿ Volveré a verte ? ¿ Regresarás?
- No lo creo. Quiero trascender los tiempos y los espacios... De hecho, ya
los he trascendido. Pero existe este vínculo entre nosotros, entre tú y yo y
los otros de nuestra familia. Si te paraliza un problema, grábatelo en la
cabeza y échate a dormir y nos encontraremos aquí junto al avión y lo
discutiremos, si lo deseas.
- Don...
- ¿ Qué ?
- ¿ Cuál es la explicación de la escopeta ? ¿ Por qué sucedió ? El hecho de
que te volaran el corazón con una escopeta no justifica tu poder y tu gloria.
Se sentó en la hierba, junto al ala.
- Como no era un mesías famoso, Richard, no tenía que demostrarle nada
a nadie. Y como tú necesitas práctica para no dejarte conmover por las
apariencias y para regocijarte con ellas - agregó lentamente -, te hacían
falta algunos simulacros para tu adiestramiento. Además, a mí me divirtió.
Morir es como zambullirse en un lago profundo en un día caluroso.
Sientes la conmoción del frío, del cambio brusco, del dolor que te produce
durante un segundo, y luego la aceptación es como nadar en la realidad.
Pero al cabo de muchas experiencias, incluso la conmoción desaparece -
transcurrió un largo rato y luego se puso en pie -. Sólo a unas pocas
personas les interesa tu mensaje, pero no te preocupes. Recuerda que la
calidad del maestro no se mide por la magnitud de sus auditorios.
- Don, te prometo que lo intentaré. Pero apenas deje de interesarme en este
trabajo, huiré definitivamente.
Nadie tocó el Travel Air, pero la hélice giró, el motor despidió un humo
azul y frío, y su potente ronquido pobló la pradera.
- Acepto la promesa, pero... - me miró y sonrió como si no me entendiera.
- ¿ Aceptas pero qué? Habla. Con palabras. Dímelo. ¿ Qué es lo que a tu
juicio falla ?
- No te gustan las muchedumbres - respondió.
- No, cuando tiran de mí. Me gusta conversar e intercambiar ideas, pero
esa veneración que te tributaron a ti y la dependencia... confío en que no
me pidas... ya he escapado ...
- Quizás sea sencillamente un estúpido, Richard, y no vea algo evidente
que tu ves con mucha nitidez. Si es así, te agradecerá que me lo digas, ¿
pero que tiene de malo ponerlo por escrito? ¿ Existe alguna regla en virtud
de la cual se prohiba a un mesías escribir lo que considera cierto, lo que le
ha producido placer, lo que le estimula ? Así, si a la gente no le gusta lo
que dice, en lugar de matarle podrá quemar sus palabras, o apalear las
cenizas con una vara. Y si le gusta, podrá releer su verbo, o estamparlo en
la puerta de una nevera, o jugar con las ideas que entiende. ¿ Hay algo
malo en escribir? Quizá sea sencillamente un estúpido.
- ¿ En un libro ?
- ¿ Por qué no ?
- ¿ Sabes cuanto trabajo...? Me prometí no volver a escribir otra palabra en
toda mi vida.
- Vaya, lo siento - dijo -. Ahí tienes. No lo sabía - subió al ala inferior del
avión y luego se introdujo en la carlinga -. Bueno, volveré a verte. Ten
paciencia, y todo lo demás. No permitas que las multitudes te alcancen. ¿
Estás seguro de que no quieres escribirlo ?
- Jamás - respondí -. Ni una palabra más.
Se encogió de hombros y se calzó los guantes de vuelo. Accionó la palanca
de gases y el ruido del motor retumbó y revoloteó a mi alrededor hasta
que desperté bajo el ala del Fleet con lo ecos del sueño aún en mis oídos.
Me hallaba solo. El campo estaba tan silencioso como la nieve en un otoño
verde sutilmente posada sobre la aurora y el mundo.
Y entonces, por pura distracción, antes de despertarme totalmente, cogí mi
diario y empecé a escribir, como un mesías en un mundo de otros mesías,
acerca de mi amigo:
1. Vino al mundo un Maestro nacido en la Tierra Santa de Indiana,

jueves, 27 de enero de 2011

juan salvador gaviota indispensable leerlo

Juan Salvador Gaviota
Richard Back
Primera de Tres Partes
Amanecía, y el nuevo sol pintaba de oro las ondas de un mar tranquilo.
Chapoteaba un pesquero a un kilometro de la costa cuando, de pronto, rasgó
el aire la voz llamando a la Bandada de la Comida y una multitud de mil
gaviotas se aglomeró para regatear y luchar por cada pizca de comida.
Comenzaba otro día de ajetreos.
Pero alejado y solitario, más allá de barcas y playas, está practicando Juan
Salvador Gaviota. A treinta metros de altura, bajó sus pies palmeados, alzó
su pico, y se esforzó por mantener en sus alas esa dolorosa y difícil posición
requerida para lograr un vuelo pausado. Aminoró su velocidad hasta que el
viento no fue mas que un susurro en su cara, hasta que el océano pareció
detenerse allá abajo. Entornó los ojos en feroz concentración, contuvo el
aliento, forzó aquella torsión un... sólo... centímetro... más...
Encrespáronse sus plumas, se atascó y cayó.
Las gaviotas, como es bien sabido, nunca se atascan, nunca se detienen.
Detenerse en medio del vuelo es para ellas vergüenza, y es deshonor.
Pero Juan Salvador Gaviota, sin avergonzarse, y al extender otra vez sus alas
en aquella temblorosa y ardua torsión -parando, parando, y atascándose de
nuevo-, no era un pájaro cualquiera.
La mayoría de las gaviotas no se molesta en aprender sino las normas de
vuelo más elementales: como ir y volver entre playa y comida. Para la
mayoría de las gaviotas, no es volar lo que importa, sino comer. Para esta
gaviota, sin embargo, no era comer lo que le importaba, sino volar. Más que
nada en el mundo, Juan Salvador Gaviota amaba volar.
Este modo de pensar, descubrió, no es la manera con que uno se hace
popular entre los demás pájaros. Hasta sus padres se desilusionaron al ver a
Juan pasarse días enteros, solo, haciendo cientos de planeos a baja altura,
experimentando.
No comprendía por qué, por ejemplo, cuando volaba sobre el agua a alturas
inferiores a la mitad de la envergadura de sus alas, podía quedarse en el aire
más tiempo, con menos esfuerzo; y sus planeos no terminaban con el normal
chapuzón al tocar sus patas en el mar, sino que dejaba tras de sí una estela
plana y larga al rozar la superficie con sus patas plegadas en aerodinámico
gesto contra su cuerpo. Pero fue al empezar sus aterrizajes de patas
recogidas -que luego revisaba paso a paso sobre la playa- que sus padres se
desanimaron aún más.
-¿Por qué, Juan, por qué? -preguntaba su madre-. ¿Por qué te resulta tan
difícil ser como el resto de la Bandada, Juan? ¿Por qué no dejas los vuelos rasantes a los pelícanos y a los albatros? ¿Por qué no comes? ¡Hijo, ya no
eres más que hueso y plumas!
-No me importa ser hueso y plumas, mamá. Sólo pretendo saber qué puedo
hacer en el aire y qué no. Nada más. Sólo deseo saberlo.
-Mira, Juan -dijo su padre, con cierta ternura-. El invierno está cerca. Habrá
pocos barcos, y los peces de superficie se habrán ido a las profundidades. Si
quieres estudiar, estudia sobre la comida y cómo conseguirla. Esto de volar
es muy bonito, pero no puedes comerte un planeo, ¿sabes? No olvides que la
razón de volar es comer.
Juan asintió obedientemente. Durante los días sucesivos, intentó
comportarse como las demás gaviotas; lo intentó de verdad, trinando y
batiéndose con la Bandada cerca del muelle y los pesqueros, lanzándose
sobre un pedazo de pan y algún pez. Pero no le dió resultado.
Es todo inútil, pensó, y deliberadamente dejó caer una anchoa duramente
disputada a una vieja y hambrienta gaviota que le perseguía. Podría estar
empleando todo este tiempo en aprender a volar. ¡Hay tanto que aprender!
No pasó mucho tiempo sin que Juan Salvador Gaviota saliera solo de nuevo
hacia alta mar, hambriento, feliz, aprendiendo.
El tema fue la velocidad, y en una semana de prácticas había aprendido más
acerca de la velocidad que la más veloz de las gaviotas.
A una altura de trescientos metros, aleteando con todas sus fuerzas, se
metió en un abrupto y flameante picado hacia las olas, y aprendió por qué
las gaviotas no hacen abruptos y flameantes picados. En sólo seis segundos
volo a cien kilómetros por hora, velocidad a la cual el ala levantada empieza
a ceder.
Una vez tras otra le sucedió lo mismo. A pesar de todo su cuidado,
trabajando al máximo de su habilidad, perdía el control a alta velocidad.
Subía a trescientos metros. Primero con todas sus fuerzas hacia arriba, luego
inclinándose, hasta lograr un picado vertical. Entonces, cada vez que trataba
de mantener alzada al máximo su ala izquierda, giraba violentamente hacia
ese lado, y al tratar de levantar su derecha para equilibrarse, entraba, como
un rayo, en una descontrolada barrena.
Tenía que ser mucho más cuidadoso al levantar esa ala. Diez veces lo
intentó, y las diez veces, al pasar a más de cien kilómetros por hora, terminó
en un montón de plumas descontroladas, estrellándose contra el agua.
Empapado, pensó al fin que la clave debia ser mantener las alas quietas a
alta velocidad; aletear, se dijo, hasta setenta por hora, y entonces dejar las
alas quietas.
Lo intentó otra vez a setecientos metros de altura, descendiendo en vertical,
el pico hacia abajo y las alas completamente extendidas y estables desde el
momento en que pasó los setenta kilómetros por hora. Necesitó un esfuerzo
tremendo, pero lo consiguió. En diez segundos, volaba como una centella
sobrepasando los ciento treinta kilómetros por hora. ¡Juan había conseguido
una marca mundial de velocidad para gaviotas!
Pero el triunfo duró poco. En el instante en que empezó a salir del picado, en
el instante en que cambió el angulo de sus alas, se precipitó en el mismo
terrible e incontrolado desastre de antes y, a ciento treinta kilómetros por
hora, el desenlace fue como un dinamitazo. Juan Gaviota se desintegró y fue a estrellarse contra un mar duro como un ladrillo.
Cuando recobró el sentido, era ya pasado el anochecer, y se halló a la luz de
la Luna y flotando en el océano. Sus alas desgreñadas parecían lingotes de
plomo, pero el fracaso le pesaba aún más sobre la espalda. Débilmente
deseó que el peso fuera suficiente para arrastrarle al fondo, y así terminar
con todo.
A medida que se hundía, una voz hueca y extraña resonó en su interior. No
hay forma de evitarlo. Soy gaviota. Soy limitado por la naturaleza. Si
estuviese destinado a aprender tanto sobre volar, tendría por cerebro cartas
de navegación. Si estuviese destinado a volar a alta velocidad, tendría las
alas cortas de un halcón, y comería ratones en lugar de peces. Mi padre tenía
razón. Tengo que olvidar estas tonterías. Tengo que volar a casa, a la
Bandada, y estar contento de ser como soy: una pobre y limitada gaviota.
La voz se fue desvaneciendo y Juan se sometió. Durante la noche, el lugar
para una gaviota es la playa y, desde ese momento, se prometió ser una
gaviota normal. Así todo el mundo se sentiría más feliz.
Cansado se elevó de las oscuras aguas y voló hacia tierra, agradecido de lo
que habia aprendido sobre cómo volar a baja altura con el menor esfuerzo.
-Pero no -pensó-. Ya he terminado con esta manera de ser, he terminado con
todo lo que he aprendido. Soy una gaviota como cualquier otra gaviota, y
volaré como tal.
Asi es que ascendió dolorosamente a treinta metros y aleteó con más fuerza
luchando por llegar a la orilla.
Se encontró mejor por su decisión de ser como otro cualquiera de la
Bandada. Ahora no habría nada que le atara a la fuerza que le impulsaba a
aprender, no habría más desafíos ni más fracasos. Y le resultó grato dejar ya
de pensar, y volar, en la oscuridad, hacia las luces de la playa.
¡La oscuridad!, exclamó, alarmada, la hueca voz. ¡Las gaviotas nunca vuelan
en la oscuridad!
Juan no estaba alerta para escuchar. Es grato, pensó. La Luna y las luces
centelleando en el agua, trazando luminosos senderos en la oscuridad, y todo
tan pacífico y sereno...
¡Desciende! ¡Las gaviotas nunca vuelan en la oscuridad! ¡Si hubieras nacido
para volar en la oscuridad, tendrías los ojos de buho! ¡Tendrías por cerebro
cartas de navegación! ¡Tendrias las alas cortas de un halcón!
Allí, en la noche, a treinta metros de altura, Juan Salvador Gaviota parpadeó.
Sus dolores, sus resoluciones, se esfumaron.
¡Alas cortas! ¡Las alas cortas de un halcón!
¡Esta es la solución! ¡Qué necio he sido! ¡No necesito más que un ala muy
pequeñita, no necesito más que doblar la parte mayor de mis alas y volar
sólo con los extremos! ¡Alas cortas!
Subió a setecientos metros sobre el negro mar, y sin pensar por un momento
en el fracaso o en la muerte, pegó fuertemente las antealas a su cuerpo,
dejó solamente los afilados extremos asomados como dagas al viento, y cayó
en picado vertical.
El viento le azotó la cabeza con un bramido monstruoso. Cien kilómetros por
hora, ciento treinta, ciento ochenta y aún más rápido. La tensión de las alas
a doscientos kilómetros por hora no era ahora tan grande como antes a cien, y con un mínimo movimiento de los extremos de las alas aflojó gradualmente
el picado y salió disparado sobre las olas, como una gris bala de cañón bajo
la Luna.
Entornó sus ojos contra el viento hasta transformarlos en dos pequeñas
rayas, y se regocijó. ¡A doscientos kilómetros por hora! ¡Y bajo control! ¿Si
pico desde mil metros en lugar de quinientos, a cuánto llegaré...?
Olvidó sus resoluciones de hace un momento, arrebatadas por ese gran
viento. Sin embargo, no se sentía culpable al romper las promesas que había
hecho consigo mismo. Tales promesas existen solamente para las gaviotas
que aceptan lo corriente. Uno que ha palpado la perfección en su aprendizaje
no necesita esa clase de promesas.
Al amanecer, Juan Gaviota estaba practicando de nuevo. Desde dos mil
metros los pesqueros eran puntos sobre el agua plana y azul, la Bandada de
la Comida una débil nube de insignificantes motitas en circulación.
Estaba vivo, y temblaba ligeramente de gozo, orgulloso de que su miedo
estuviera bajo control. Entonces, sin ceremonias, encogió sus antealas,
extendió los cortos y angulosos extremos, y se precipitó directamente hacia
el mar. Al pasar los dos mil metros, logró la velocidad máxima, el viento era
una sólida y palpitante pared sonora contra la cual no podía avanzar con más
rapidez. Ahora volaba recto hacia abajo a trescientos viente kilómetros por
hora. Tragó saliva, comprendiendo que se haría trizas si sus alas llegaban a
desdoblarse a esa velocidad, y se despedazaría en un millón de partículas de
gaviota. Pero la velocidad era poder, y la velocidad era gozo, y la velocidad
era pura belleza.
Empezó su salida del picado a trescientos metros, los extremos de las alas
batidos y borrosos en ese gigantesco viento, y justamente en su camino, el
barco y la multitud de gaviotas se desenfocaban y crecían con la rapidez de
una cometa.
No pudo parar; no sabía aún ni cómo girar a esa velocidad.
Una colisión sería la muerte instantánea.
Asi es que cerró los ojos.
Sucedió entonces que esa mañana, justo después del amanecer, Juan
Salvador Gaviota se disparó directamente en medio de la Bandada de la
Comida marcando trescientos dieciocho kilómetros por hora, los ojos
cerrados y en medio de un rugido de viento y plumas. La Gaviota de la
Providencia le sonrió por esta vez, y nadie resultó muerto.
Cuando al fin apuntó su pico hacia el cielo azul, aun zumbaba a doscientos
cuarenta kilómetros por hora. Al reducir a treinta y extender sus alas otra
vez, el pesquero era una miga en el mar, mil metros más abajo.
Sólo pensó en el triunfo, ¡La velocidad maxima! ¡Una gaviota a trescientos
viente kilómetros por hora! Era un descubrimiento, el momento más grande
y singular en la historia de la Bandada, y en ese momento una nueva epoca
se abrió para Juan Salvador Gaviota. Voló hasta su solitaria área de
practicas, y doblando sus alas para un picado desde tres mil metros, se puso
a trabajar en seguida para descubrir la forma de girar.
Se dió cuenta de que al mover una sola pluma del extremo de su ala una
fracción de centímetro, causaba una curva suave y extensa a tremenda
velocidad. Antes de haberlo aprendido, sin embargo, vio que cuando movia más de una pluma a esa velocidad, giraba como una bala de rifle... y así fue
Juan la primera gaviota de este mundo en realizar acrobacias aéreas.
No perdió tiempo ese día en charlar con las otras gaviotas, sino que siguió
volando hasta después de la puesta del Sol. Descubrió el rizo, el balance
lento, el balance en punta, la barrena invertida, el medio rizo invertido.
Cuando Juan volvió a la Bandada ya en la playa, era totalmente de noche.
Estaba mareado y rendido. No obstante, y no sin satisfacción, hizo un rizo
para aterrizar y un tonel rápido justo antes de tocar tierra. Cuando sepan,
pensó, lo del Descubrimiento, se pondrán locos de alegría. ¡Cuánto mayor
sentido tiene ahora la vida! ¡En lugar de nuestro lento y pesado ir y venir a
los pesqueros, hay una razán para vivir! Podremos alzarnos sobre nuestra
ignorancia, podremos descubrirnos como criaturas de perfección, inteligencia
y habilidad. ¡Podremos ser libres! ¡Podremos aprender a volar!
Los años venideros susurraban y resplandecían de promesas.
Las gaviotas se hallaban reunidas en Sesión de Consejo cuando Juan tomó
tierra, y parecía que habían estado así reunidas durante algún tiempo.
Estaban, efectivamente, esperando.
-¡Juan Salvador Gaviota! ¡Ponte al Centro! -Las palabras de la Gaviota Mayor
sonaron con la voz solemne propia de las altas ceremonias. Ponerse en el
Centro sólo significaba gran vergüenza o gran honor. Situarse en el Centro
por Honor, era la forma en que se señalaba a los jefes más destacados entre
las gaviotas. ¡Por supuesto, pensó, la Bandada de la Comida... esta mañana:
vieron el Descubrimiento! Pero yo no quiero honores. No tengo ningún deseo
de ser líder. Sólo quiero compartir lo que he encontrado, y mostrar esos
nuevos horizontes que nos están esperando. Y dio un paso al frente.
-Juan Salvador Gaviota -dijo el Mayor-. ¡Ponte al Centro para tu Vergüenza
ante la mirada de tus semejantes!
Sintió como si le hubieran golpeado con un madero. Sus rodillas empezaron a
temblar, sus plumas se combaron, y le zumbaron los oídos. ¿Al Centro para
deshonrarme? ¡Imposible! ¡El Descubrimiento! ¡No entienden! ¡Están
equivocados! ¡Están equivocados!
-... por su irresponsabilidad temeraria -entonó la voz solemne-, al violar la
dignidad y la tradición de la Familia de las Gaviotas...
Ser centrado por deshonor significaba que le expulsarían de la sociedad de
las gaviotas, desterrado a una vida solitaria en los Lejanos Acantilados.
-... algún día, Juan Salvador Gaviota, aprenderás que la irresponsabilidad se
paga. La vida es lo desconocido y lo irreconocible, salvo que hemos nacido
para comer y vivir el mayor tiempo posible.
Una gaviota nunca replica al Consejo de la Bandada, pero la voz de Juan se
hizo oir:
-¿Irresponsabilidad? ¡Hermanos míos! -gritó-. ¿Quién es más responsable
que una gaviota que ha encontrado y que persigue un significado, un fin más
alto para la vida? ¡Durante mil años hemos escarbado tras las cabezas de los
peces, pero ahora tenemos una razón para vivir; para aprender, para
descubrir; para ser libres! Dadme una oportunidad, dejadme que os muestre
lo que he encontrado...
La Bandada parecía de piedra.-Se ha roto la Hermandad -entonaron juntas las gaviotas, y todas de acuerdo
cerraron solemnemente sus oídos y le dieron la espalda.
Juan Salvador Gaviota pasó el resto de sus días solo, pero voló mucho más
allá de los Lejanos Acantilados. Su único pesar no era su soledad, sino que
las otras gaviotas se negasen a creer en la gloria que les esperaba al volar;
que se negasen a abrir sus ojos y a ver.
Aprendía más cada día. Aprendió que un picado aerodinámico a alta
velocidad podía ayudarle a encontrar aquel pez raro y sabroso que habitaba a
tres metros bajo la superficie del océano: ya no le hicieron falta pesqueros ni
pan duro para sobrevivir. Aprendió a dormir en el aire fijando una ruta
durante la noche a través del viento de la costa, atravesando ciento
cincuenta kilómetros de sol a sol. Con el mismo control interior, voló a traves
de espesas nieblas marinas y subió sobre ellas hasta cielos claros y
deslumbradores... mientras las otras gaviotas yacían en tierra, sin ver más
que niebla y lluvia. Aprendió a cabalgar los altos vientos tierra adentro, para
regalarse allí con los más sabrosos insectos.
Lo que antes había esperado conseguir para toda la Bandada, lo obtuvo
ahora para si mismo; aprendió a volar y no se arrepintió del precio que había
pagado. Juan Gaviota descubrió que el aburrimiento y el miedo y la ira, son
las razones por las que la vida de una gaviota es tan corta, y al desaparecer
aquellas de su pensamiento, tuvo por cierto una vida larga y buena.
Vinieron entonces al anochecer, y encontraron a Juan planeando, pacífico y
solitario en su querido cielo. Las dos gaviotas que aparecieron juto a sus alas
eran puras como luz de estrellas, y su resplandor era suave y amistoso en el
alto cielo nocturno. Pero lo más hermoso de todo era la habilidad con la que
volaban; los extremos de sus alas avanzando a un preciso y constante
centímetro de las suyas.
Sin decir palabra, Juan les puso a prueba, prueba que ninguna gaviota había
superado jamás. Torció sus alas, y redujo su velocidad a un sólo kilómetro
por hora, casi parándose. Aquellas dos radiantes aves redujeron tambien la
suya, en formación cerrada. Sabían lo que era volar lento.
Dobló sus alas, giró y cayó en picado a doscientos kilómetros por hora. Se
dejaron caer con él, precipitándose hacia abajo en formación impecable.
Por fin, Juan voló con igual velocidad hacia arriba en un giro lento y vertical.
Giraron con él, sonriendo.
Recuperó el vuelo horizontal y se quedó callado un tiempo antes de decir:
-Muy bien. ¿Quiénes sois?
-Somos de tu Bandada, Juan. Somos tus hermanos. -Las palabras fueron
firmes y serenas-. Hemos venido a llevarte más arriba, a llevarte a casa.
-¡Casa no tengo! Bandada tampoco tengo. Soy un Exilado. Y ahora volamos a
la vanguardia del Viento de la Gran Montana. Unos cientos de metros más, y
no podré levantar más este viejo cuerpo.
-Sí que puedes, Juan. Porque has aprendido. Una etapa ha terminado, y ha
llegado la hora de que empiece otra.
Tal como le había iluminado toda su vida, también ahora el entendimiento
iluminó ese instante de la existencia de Juan Gaviota. Tenían razón. El era
capaz de volar más alto, y ya era hora de irse a casa.Echó una larga y última mirada al cielo, a esa magnífica tierra de plata donde
tanto había aprendido.
-Estoy listo -dijo al fin.
Y Juan Salvador Gaviota se elevó con las dos radiantes gaviotas para
desaparecer en un perfecto y oscuro cielo.
Juan Salvador Gaviota:
un relato
Segunda Parte
Primera parte
De modo que esto es el cielo, pensó, y tuvo que sonreírse. No era muy
respetuoso analizar el cielo justo en el momento en que uno está a punto de
entrar en él.
Al venir de la Tierra por encima de las nubes y en formación cerrada con las
dos resplandecientes gaviotas, vió que su propio cuerpo se hacía tan
resplandeciente como el de ellas.
En verdad, allí estaba el mismo y joven Juan Gaviota, el que siempre había
existido detrás de sus ojos dorados, pero la forma exterior había cambiado.
Su cuerpo sentía como gaviota, pero ya volaba mucho mejor que con el
antiguo. ¡Vaya, pero si con la mitad del esfuerzo, pensó, obtengo el doble de
velocidad, el doble de rendimiento que en mis mejores dias en la Tierra!
Brillaban sus plumas, ahora de un blanco resplandeciente, y sus alas eran
lisas y perfectas como láminas de plata pulida. Empezó, gozoso, a
familiarizarse con ellas, a imprimir potencia en estas nuevas alas.
A trescientos cincuenta kilómetros por hora le pareció que estaba logrando
su máxima velocidad en vuelo horizontal. A cuatrocientos diez pensó que
estaba volando al tope de su capacidad, y se sintió ligeramente
desilusionado. Había un límite a lo que podía hacer con su nuevo cuerpo, y
aunque iba mucho más rápido que en su antigua marca de vuelo horizontal,
era sin embargo un límite que le costaría mucho esfuerzo mejorar. En el
cielo, pensó, no debería haber limitaciones.
De pronto se separaron las nubes y sus compañeros gritaron:
-Feliz aterrizaje, Juan -y desaparecieron sin dejar rastro.
Volaba encima de un mar, hacia un mellado litoral. Una que otra gaviota se
afanaba en los remolinos entre los acantilados. Lejos, hacia el Norte, en el
horizonte mismo, volaban unas cuantas mas. Nuevos horizontes, nuevos
pensamientos, nuevas preguntas. ¿Por qué tan pocas gaviotas? ¡El paraíso
debería estar lleno de gaviotas! ¿Y por qué estoy tan cansado de pronto? Era
de suponer que las gaviotas en el cielo no deberían cansarse, ni dormir.
¿Dónde había oído eso? El recuerdo de su vida en la Tierra se le estaba
haciendo borroso. La Tierra había sido un lugar donde había aprendido
mucho, por supuesto, pero los detalles se le hacían ya nebulosos; recordaba
algo de la lucha por la comida, y de haber sido un Exilado.
La docena de gaviotas que estaba cerca de la playa vino a saludarle sin que ni una dijera una palabra. Sólo sintió que se le daba la bienvenida y que esta
era su casa. Había sido un gran día para él, un día cuyo amanecer ya no
recordaba.
Giró para aterrizar en la playa, batiendo sus alas hasta pararse un instante
en el aire, y luego descendió ligeramente sobre la arena. Las otras gaviotas
aterrizaron tambien, pero ninguna movió ni una pluma. Volaron contra el
viento, extendidas sus brillantes alas, y luego, sin que supiera él cómo,
cambiaron la curvatura de sus plumas hasta detenerse en el mismo instante
en que sus pies tocaron tierra. Había sido una hermosa muestra de control,
pero Juan estaba ahora demasiado cansado para intentarlo. De pie, allí en la
playa, sin que aún se hubiera pronunciado ni una sola palabra, se durmió.
Durante los proximos días vió Juan que había aquí tanto que aprender sobre
el vuelo como en la vida que había dejado. Pero con una diferencia. Aqui
había gaviotas que pensaban como él. Ya que para cada una de ellas lo más
importante de sus vidas era alcanzar y palpar la perfección de lo que más
amaban hacer: volar. Eran pájaros magníficos, todos ellos, y pasaban hora
tras hora cada día ejercitándose en volar, ensayando aeronáutica avanzada.
Durante largo tiempo Juan se olvidó del mundo de donde había venido, ese
lugar donde la Bandada vivía con los ojos bien cerrados al gozo de volar,
empleando sus alas como medios para encontrar y luchar por la comida. Pero
de cuando en cuando, sólo por un momento, lo recordaba.
Se acordó de ello una mañana cuando estaba con su instructor mientras
descansaba en la playa después de una sesión de toneles con ala plegada.
-¿Dónde están los demás, Rafael? -preguntó en silencio, ya bien
acostumbrado a la cómoda telepatía que estas gaviotas empleaban en lugar
de graznidos y trinos-. ¿Por qué no hay más de nosotros aquí? De donde
vengo había...
-... miles y miles de gaviotas. Lo sé. -Rafael movió su cabeza
afirmativamente-. La única respuesta que puedo dar, Juan, es que tú eres
una gaviota en un millón. La mayoría de nosotros progresamos com mucha
lentitud. Pasamos de un mundo a otro casi exactamente igual, olvidando en
seguida de donde habíamos venido, sin preocuparnos hacia donde íbamos,
viviendo solo el momento presente. ¿Tienes idea de cuántas vidas debimos
cruzar antes de que lográramos la primera idea de que hay mas en la vida
que comer, luchar. o alcanzar poder en la Bandada? ¡Mil vidas, Juan, diez
mil! Y luego cien vidas más hasta que empezamos a aprender que hay algo
llamado perfección, y otras cien para comprender que la meta de la vida es
encontrar esa perfección y reflejarla. La misma norma se aplica ahora a
nosotros, por supuesto: elegimos nuestro mundo venidero mediante lo que
hemos aprendido de éste. No aprendas nada, y el próximo será igual que
éste, con las mismas limitaciones y pesos de plomo que superar.
Extendió sus alas y volvió su cara al viento.
-Pero tú, Juan -dijo-, aprendiste tanto de una vez que no has tenido que
pasar por mil vidas para llegar a esta.
En un momento estaban otra vez en el aire, practicando. Era difícil mantener
la formación cuando giraban para volar en posición invertida, puesto que
entonces Juan tenía que ordenar inversamente su pensamiento, cambiando
la curvatura, y cambiándola en exacta armonía con la de su instructor.-Intentemos de nuevo -decía Rafael una y otra vez-: Intentemos de nuevo. -
Y por fin-: Bien. -Y entonces empezaron a practicar los rizos exteriores.
Una noche, las gaviotas que no estaban practicando vuelos nocturnos se
quedaron de pie sobre la arena, pensando. Juan echó mano de todo su
coraje y se acercó a la Gaviota Mayor, de quien, se decía, iba pronto a
trasladarse más allá de este mundo.
-Chiang... -dijo, un poco nervioso.
La vieja gaviota le miró tiernamente.
-¿Si, hijo mío?
En lugar de perder la fuerza con la edad, el Mayor la había aumentado; podía
volar más y mejor que cualquier gaviota de la Bandada, y había aprendido
habilidades que las otras sólo empezaban a conocer.
-Chiang, este mundo no es el verdadero cielo, ¿verdad?
El Mayor sonrió a la luz de la Luna.
-Veo que sigues aprendiendo, Juan -dijo.
-Bueno, ¿qué pasará ahora? ¿A dónde iremos? ¿Es que no hay un lugar que
sea como el cielo?
-No, Juan, no hay tal lugar. El cielo no es un lugar, ni un tiempo. El cielo
consiste en ser perfecto. -Se quedó callado un momento-. Eres muy rápido
para volar, ¿verdad?
-Me... me encanta la velocidad -dijo Juan, sorprendido, pero orgulloso de que
el Mayor se hubiese dado cuenta.
-Empezarás a palpar el cielo, Juan, en el momento en que palpes la perfecta
velocidad. Y esto no es volar a mil kilómetros por hora, ni a un millón, ni a la
velocidad de la luz. Porque cualquier número es ya un límite, y la perfección
no tiene límites. La perfecta velocidad, hijo mío, es estar alli.
Sin aviso, y en un abrir y cerrar de ojos, Chiang desapareció y apareció al
borde del agua, veinte metros más allá. Entonces desapareció de nuevo y
volvió en una milésima de segundo, junto al hombro de Juan.
-Es bastante divertido -dijo.
Juan estaba maravillado. Se olvidó de preguntar por el cielo.
-¿Cómo lo haces? ¿Qué se siente al hacerlo? ¿A qué distancia puedes llegar?
-Puedes ir al lugar y al tiempo que desees -dijo el Mayor-. Yo he ido donde y
cuando he querido. -Miró hacia el mar-. Es extraño. Las gaviotas que
desprecian la perfección por el gusto de viajar, no llegan a ninguna parte, y
lo hacen lentamente. Las que se olvidan de viajar por alcanzar la perfección,
llegan a todas partes, y al instante. Recuerda, Juan, el cielo no es un lugar ni
un tiempo, porque el lugar y el tiempo poco significan. El cielo es...
-¿Me puedes enseñar a volar asi? -Juan Gaviota temblaba ante la conquista
de otro desafío.
-Por supuesto, si es que quieres aprender.
-Quiero. ¿Cuándo podemos empezar?
-Podríamos empezar ahora, si lo deseas.
-Quiero aprender a volar de esa manera -dijo Juan, y una luz extraña brilló
en sus ojos-. Dime qué hay que hacer.
Chiang habló con lentitud, observando a la joven gaviota muy
cuidadosamente.
-Para volar tan rápido como el pensamiento y a cualquier sitio que exista -dijo-, debes empezar por saber que ya has llegado...
El secreto, según Chiang, consistía en que Juan dejase de verse a sí mismo
como prisionero de un cuerpo limitado, con una envergadura de ciento cuatro
centímetros y un rendimiento susceptible de programación. El secreto era
saber que su verdadera naturaleza vivía, con la perfección de un número no
escrito, simultáneamente en cualquier lugar del espacio y del tiempo.
Juan se dedicó a ello con ferocidad, día tras día, desde el amanecer hasta
después de la medianoche. Y a pesar de todo su esfuerzo no logró moverse
ni un milímetro del sitio donde se encontraba.
-¡Olvídate de la fe! -le decía Chiang una y otra vez-. Tú no necesitaste fe
para volar, lo que necesitaste fue comprender lo que era el vuelo. Esto es
exactamente lo mismo. Ahora intentalo otra vez...
Así un día, Juan, de pie en la playa, cerrado los ojos, concentrado, como un
relámpago comprendió de pronto lo que Chiang habíale estado diciendo.
-¡Pero si es verdad! ¡Soy una gaviota perfecta y sin limitaciones! -Y se
estremeció de alegría.
-¡Bien! -dijo Chiang, y hubo un tono de triunfo en su voz.
Juan abrió sus ojos. Quedó solo con el Mayor en una playa completamente
distinta; los árboles llegaban hasta el borde mismo del agua, dos soles
gemelos y amarillos giraban en lo alto.
-Por fin has captado la idea -dijo Chiang-, pero tu control necesita algo mas
de trabajo...
Juan se quedó pasmado.
-¿Dónde estamos?
En absoluto impresionado por el extraño paraje, el Mayor ignoró la pregunta.
-Es obvio que estamos en un planeta que tiene un cielo verde y una estrella
doble por sol.
Juan lanzó un grito de alegría, el primer sonido que haba pronunciado desde
que dejara la Tierra:
-¡RESULTO!
-Bueno, claro que resultó, Juan. Siempre resulta cuando se sabe lo que se
hace. Y ahora, volviendo al tema de tu control...
Cuando volvieron, había anochecido. Las otras gaviotas, miraron a Juan con
reverencia en sus ojos dorados, porque le habían visto desaparecer de donde
había estado plantado por tanto tiempo.
Aguantó sus felicitaciones durante menos de un minuto.
-Soy nuevo aqui. Acabo de empezar. Soy yo quien debe aprender de
vosotros.
-Me pregunto se eso es cierto, Juan -dijo Rafael, de pie cerca de él-. En diez
mil años no he visto una gaviota con menos miedo de aprender que tú. -La
Bandada se quedó en silencio, y Juan hizo un gesto de turbación.
-Si quieres, podemos empezar a trabajar con el tiempo -dijo Chiang-, hasta
que logres volar por el pasado y el futuro. Y entonces, estarás preparado
para empezar lo más difícil, lo más colosal, lo más divertido de todo. Estarás
preparado para subir y comprender el significado de la bondad y el amor.
Pasó un mes, o algo que pareció un mes, y Juan aprendía con tremenda
rapidez. Siempre había sido veloz para aprender lo que la experiencia normal tenía para enseñarle, y ahora, como alumno especial del Mayor en Persona,
asimiló las nuevas ideas como si hubiera sido una supercomputadora de
plumas.
Pero al fin llegó el día en que Chiang desapareció. Había estado hablando
calladamente con todos ellos, exhortándoles a que nunca dejaran de
aprender y de practicar y de esforzarse por comprender más acerca del
perfecto e invisible principio de toda vida. Entonces, mientras hablaba, sus
plumas se hicieron más y más resplandecientes hasta que al fin brillaron de
tal manera que ninguna gaviota pudo mirarle.
-Juan -dijo, y estas fueron las últimas palabras que pronunció-, sigue
trabajando en el amor.
Cuando pudieron ver otra vez, Chiang había desaparecido.
Con el pasar de los días, Juan se sorprendió pensando una y otra vez en la
Tierra de la que había venido. Si hubiese sabido allí una décima, una
centésima parte de lo que ahora sabía, ¡cuanto más significado habría tenido
entonces la vida! Quedóse allí en la arena y empezó a preguntarse si habría
una gaviota allá abajo que estuviese esforzándose por romper sus
limitaciones, por entender el significado del vuelo más allá de una manera de
trasladarse para conseguir algunas migajas caídas de un bote. Quizás hasta
hubiera un Exilado por haber dicho la verdad ante la Bandada. Y mientras
más practicaba Juan sus lecciones de bondad, y mientras más trabajaba para
conocer la naturaleza del amor, más deseaba volver a la Tierra. Porque, a
pesar de su pasado solitario, Juan Gaviota había nacido para ser instructor, y
su manera de demostrar el amor era compartir algo de la verdad que había
visto, con alguna gaviota que estuviese pidiendo sólo una oportunidad de ver
la verdad por sí misma.
Rafael, adepto ahora a los vuelos a la velocidad del pensamiento y a ayudar
a que los otros aprendieran, dudaba.
-Juan, fuiste Exilado una vez. ¿Por qué piensas ahora que alguna gaviota de
tu pasado va a escucharte ahora? Ya sabes el refran, y es verdad: Gaviota
que ve lejos, vuela alto. Esas gaviotas de donde has venido se lo pasan en
tierra, graznando y luchando entre ellas. Están a mil kilómetros del cielo. ¡Y
tú dices que quieres mostrarles el cielo desde donde están paradas! ¡Juan, ni
siquiera pueden ver los extremos de sus propias alas! Quédate aquí. Ayuda a
las gaviotas novicias de aqui, que están bastante avanzadas como para
comprender lo que tienes que decirles.
Se quedó callado un momento, y luego dijo:
-¿Qué habría pasado si Chiang hubiese vuelto a sus antiguos mundos?
¿Dónde estarías tú ahora?
El último punto era el decisivo, y Rafael tenía razón. Gaviota que ve lejos,
vuelta alto.
Juan se quedó y trabajó con los novicios que iban llegando, todos muy listos
y rápidos en sus deberes. Pero volvióle el viejo recuerdo, y no podía dejar de
pensar en que a lo mejor había una o dos gaviotas allá en la Tierra que
también podrían aprender. ¡Cuánto más habría sabido ahora si Chiang le
hubiese ayudado cuando era un Exilado!
-Rafa, tengo que volver -dijo por fin-. Tus alumnos van bien. Te podrán
incluso ayudar con los nuevos.Rafael suspiró, pero prefirió no discutir. -Creo que te echaré de menos, Juan
-fue todo lo que le dijo.
-¡Rafa, qué vergüenza! -dijo Juan reprochándole-. ¡No seas necio! ¿Qué
intentamos practicar todos los días? ¡Si nuestra amistad depende de cosas
como el espacio y el tiempo, entonces, cuando por fin superemos el espacio
y el tiempo, habremos destruido nuestra propia hermandad! Pero supera el
espacio, y nos quedará sólo un Aqui. Supera el tiempo, y nos quedará sólo
un Ahora. Y entre el Aqui y el Ahora, ¿no crees que podremos volver a
vernos un par de veces?
Rafael Gaviota tuvo que soltar una carcajada.
-Estás hecho un pájaro loco -dijo tiernamente-. Si hay alguien que pueda
mostrarle a uno en la Tierra cómo ver a mil millas de distancia, ése será Juan
Salvador Gaviota. -Quedóse mirando la arena-: Adiós, Juan, amigo mío.
-Adiós, Rafa. Nos volveremos a ver. -Y con esto, Juan evocó en su
pensamiento la imagen de las grandes bandadas de gaviotas en la orilla de
otros tiempos, y supo, con experimentada facilidad, que ya no era sólo hueso
y plumas, sino una perfecta idea de libertad y vuelo, sin limitación alguna.
Pedro Pablo Gaviota era aún bastante joven, pero ya sabía que no había
pájaro peor tratado por una Bandada, o con tanta injusticia.
-Me da lo mismo lo que digan -pensó furioso, y su vista se nubló mientras
volaba hacia los Lejanos Acantilados-. ¡Volar es tanto más importante que un
simple aletear de aqui para alla! ¡Eso lo puede hacer hasta un... hasta un
mosquito! ¡Sólo un pequeño viraje en tonel alrededor de la Gaviota Mayor,
nada más que por diversión, y ya soy un Exilado! ¿Son ciegos acaso? ¿Es que
no pueden ver? ¿Es que no pueden imaginar la gloria que alcanzarían si
realmente aprendiéramos a volar?
Me da lo mismo lo que piensen. ¡Yo les mostraré lo que es volar! No seré
más que un puro Bandido, si eso es lo que quieren. Pero haré que se
arrepientan...
La voz surgió dentro de su cabeza, y aunque era muy suave, le asustó tanto
que se equivocó y dio una voltereta en el aire.
-No seas tan duro con ellos, Pedro Gaviota. Al expulsarte, las otras gaviotas
solamente se han hecho daño a sí mismas, y un día se darán cuenta de ello;
y un día verán lo que tú ves. Perdónales y ayúdales a comprender.
A un centímetro del extremo de su ala derecha volaba la gaviota más
resplandeciente de todo el mundo, planeando sin esfuerzo alguno, sin mover
una pluma, a casi la máxima velocidad de Pedro.
El caos reino por un momento dentro del joven pájaro.
-¿Qué está pasando? ¿Estoy loco? ¿Estoy muerto? ¿Qué es esto?
Baja y tranquila continuó la voz dentro de su pensamiento, exigiendo una
contestación:
-Pedro Pablo Gaviota, ¿quieres volar?
-¡SI, QUIERO VOLAR!
-Pedro Pablo Gaviota, ¿tanto quieres volar que perdonarás a la Bandada, y
aprenderás, y volverás a ella un día y trabajarás para ayudarles a
comprender?
No había manera de mentirle a este magnífico y hábil ser, por orgulloso o herido que Pedro Pablo Gaviota se sintiera.
-Sí, quiero -dijo suavemente.
-Entonces, Pedro -le dijo aquella criatura resplandeciente, y la voz fue muy
tierna-, empecemos con el Vuelo Horizontal...
Juan Salvador Gaviota:
un relato
Tercera Parte
Segunda parte
Juan giraba lentamente sobre los Lejanos Acantilados; observaba. Este rudo
y joven Pedro Gaviota era un alumno de vuelo casi perfecto. Era fuerte, y
ligero, y rápido en el aire, pero mucho más importante, ¡tenía un devastador
deseo de aprender a volar!
Aquí venia ahora, una forma borrosa y gris que salía de su picado con un
rugido, pasando como un bólido a su instructor, a doscientos veinte
kilómetros por hora. Abruptamente se metió en otra pirueta con un balance
de dieciséis puntos, vertical y lento, contando los puntos en voz alta.
...ocho... nueve... diez... ves-Juan-se-me-está-terminando-la-velocidad -delaire... once... Quiero-paradas-perfectas-y-agudas-como-las-tuyas...
doce...... pero-¡caramba!-no-puedo-llegar... trece... a-estos-últimospuntos... sin... cator... ¡aaakk...!
La torsión de la cola le salió a Pedro mucho peor a causa de su ira y furia al
fracasar. Se fue de espaldas, volteó, se cerró salvajemente en una barrena
invertida, y por fin se recuperó, jadeando, a treinta metros bajo el nivel en
que se hallaba su instructor.
-¡Pierdes tu tiempo conmigo, Juan! ¡Soy demasiado tonto! ¡Soy demasiado
estúpido! Intento e intento, ¡pero nunca lo lograré!
Juan Gaviota lo miró desde arriba y asintió.
-Seguro que nunca lo conseguirás mientras hagas ese encabritamiento tan
brusco. Pedro, ¡has perdido sesenta kilómetros por hora en la entrada!
¡Tienes que ser suave! Firme, pero suave, ¿te acuerdas?
Bajó al nivel de la joven gaviota.
-Intentémoslo juntos ahora, en formación. Y concéntrate en ese
encabritamiento. Es una entrada suave, fácil.
Al cabo de tres meses, Juan tenía otros seis aprendices, todos Exilados, pero
curiosos por esta nueva visión del vuelo por el puro gozo de volar.
Sin embargo, les resultaba más fácil dedicarse al logro de altos rendimientos
que a comprender la razón oculta de ello.
-Cada uno de nosotros es en verdad una idea de la Gran Gaviota, una idea
ilimitada de la libertad -diría Juan por las tardes, en la playa -, y el vuelo de
alta precisión es un paso hacia la expresión de nuestra verdadera naturaleza.
Tenemos que rechazar todo lo que nos limite. Esta es la causa de todas estas
prácticas a alta y baja velocidad, de estas acrobacias... y sus alumnos se dormirían, rendidos después de un día de volar. Les ...
gustaba practicar porque era rápido y excitante y les satisfacía esa hambre
por aprender que crecía con cada lección. Pero ni uno de ellos, ni siquiera
Pedro Pablo Gaviota, había llegado a creer que el vuelo de las ideas podía ser
tan real como el vuelo del viento y las plumas.
-Tu cuerpo entero, de extremo a extremo del ala -diría Juan en otras
ocasiones-, no es más que tu propio pensamiento, en una forma que puedes
ver. Rompe las cadenas de tu pensamiento, y romperás también las cadenas
de tu cuerpo. -Pero dijéralo como lo dijera, siempre sonaba como una
agradable ficción, y ellos necesitaban más que nada dormir.
Había pasado un mes tan sólo cuando Juan dijo que había llegado la hora de
volver a la Bandada.
-¡No estamos preparados! -dijo Enrique Calvino Gaviota-. ¡Ni seremos
bienvenidos! ¡Somos Exilados! No podemos meternos donde no seremos
bienvenidos, ¿verdad?
-Somos libres de ir donde queramos y de ser lo que somos -contestó Juan, y
se elevó de la arena y giró hacia el Este, hacia el país de la Bandada.
Hubo una breve angustia entre sus alumnos, puesto que es Ley de la
Bandada que un Exilado nunca retorne, y no se había violado la Ley ni una
sola vez en diez mil años. La Ley decía quédate, Juan decía partid; y ya
volaba a un kilómetro mar adentro. Si seguían allí esperando, él encararía
por si solo a la hostil Bandada.
-Bueno, no tenemos por qué obedecer la Ley si no formamos parte de la
Bandada, ¿verdad? -dijo Pedro, algo turbado-. Además, si hay una pelea, es
allá donde se nos necesita.
Y así ocurrió que, aquella mañana, aparecieron desde el Oeste ocho de ellos
en formación de doble-diamante, casi tocándose los extremos de las alas.
Sobrevolaron la Playa del Consejo de la Bandada a doscientos cinco
kilómetros por hora, Juan a la cabeza, Pedro volando con suavidad a su ala
derecha, Enrique Calvino luchando valientemente a su izquierda. Entonces la
formación entera giró lentamente hacia la derecha, como si fuese un solo
pájaro... de horizontal... a... invertido... a... horizontal, con el viento
rugiendo sobre sus cuerpos.
Los graznidos y trinos de la cotidiana vida de la Bandada se cortaron como si
la formación hubiese sido un gigantesco cuchillo, y ocho mil ojos de gaviota
les observaron, sin un solo parpadeo. Uno tras otro, cada uno de los ocho
pájaros ascendió agudamente hasta completar un rizo y luego realizó un
amplio giro que terminó en un estático aterrizaje sobre la arena. Entonces,
como si este tipo de cosas ocurriera todos los días, Juan Gaviota dio
comienzo a su crítica de vuelo.
-Para comenzar -dijo, con un sonrisa seca-, llegasteis todos un poco tarde al
momento de juntaros...
Un relámpago atravesó a la Bandada. ¡Esos pájaros son Exilados! ¡Y han
vuelto! ¡Y eso... eso no puede ser! Las predicciones de Pedro acerca de un
combate se desvanecieron ante la confusión de la Bandada.
-Bueno, de acuerdo: son Exilados -dijeron algunos de los jóvenes-, pero,
oye, ¿dónde aprendieron a volar asi?
Pasó casi una hora antes de que la Palabra del Mayor lograra repartirse por la Bandada: Ignoradlos. Quien hable a un Exilado será también un Exilado.
Quien mire a un Exilado viola la Ley de la Bandada.
Espaldas y espaldas de grises plumas rodearon desde ese momento a Juan,
quien no dio muestras de darse por aludido. Organizó sus sesiones de
prácticas exactamente encima de la Playa del Consejo, y, por primera vez,
forzó a sus alumnos hasta el límite de sus habilidades.
-¡Martín Gaviota -gritó en pleno vuelo-, dices conocer el vuelo lento! Pruébalo
primero y alardea después! ¡VUELA!
Y de esta manera, nuestro callado y pequeño Martín Alonso Gaviota,
paralizado al verse el blanco de los disparos de su instructor, se sorpendió a
sí mismo al convertirse en un mago del vuelo lento. En la más ligera brisa,
llegó a curvar sus plumas hasta elevarse sin el menor aleteo, desde la arena
hasta las nubes y abajo otra vez.
Lo mismo le ocurrió a Carlos Rolando Gaviota, quien voló sobre el Gran
Viento de la Montana a ocho mil doscientos metros de altura y volvió,
maravillado y feliz y azul de frío, y decidido a llegar aún más alto al otro día.
Pedro Gaviota, que amaba como nadie las acrobacias, logró superar su caida
"en hoja muerta", de dieciséis puntos, y al día siguiente, con sus plumas
refulgentes de soleada blancura, llegó a su culminación ejecutando un tonel
triple que fue observado por más de un ojo furtivo.
A toda hora Juan estaba allí junto a sus alumnos, enseñando, sugiriendo,
presionando, guiando. Voló con ellos contra noche y nube y tormenta, por el
puro gozo de volar, mientras la Bandada se apelotonoba miserablemente en
tierra.
Terminado el vuelo, los alumnos descansaban en la playa y llegado el
momento escuchaban de cerca a Juan. Tenía él ciertas ideas locas que no
llegaban a entender, pero también las tenía buenas y comprensibles.
Poco a poco, por la noche, se formó otro círculo alrededor de los alumnos; un
círculo de curiosos que escuchaban allí, en la oscuridad, hora tras hora, sin
deseo de ver ni de ser vistos, y que desaparecían antes del amanecer.
Un mes después del Retorno, la primera gaviota de la Bandada cruzó la línea
y pidió que se le enseñara a volar. Al preguntar, Terrence Lowell Gaviota se
convirtió en un pájaro condenado, marcado por el Exilio y octavo alumno de
Juan.
La próxima noche vino de la Bandada Esteban Lorenzo Gaviota, vacilante por
la arena, arrastrando su ala izquierda hasta desplomarse a los pies de Juan.
-Ayúdame -dijo apenas, hablando como los que van a morir-. Más que nada
en el mundo, quiero volar...
-Ven entonces -dijo Juan-. Subamos, dejemos atras la tierra y empecemos.
-No me entiendes. Mi ala. No puedo mover mi ala.
-Esteban Gaviota, tienes la libertad de ser tú mismo, tu verdadero ser, aquí y
ahora, y no hay nada que te lo pueda impedir. Es la Ley de la Gran Gaviota,
la Ley que Es.
-¿Estás diciendo que puedo volar?
-Digo que eres libre.
Y sin más, Esteban Lorenzo Gaviota extendió sus alas, sin el menor esfuerzo,
y se alzó hacia la oscura noche. Su grito, al tope de sus fuerzas y desde
doscientos metros de altura, sacó a la Bandada de su sueño:-¡Puedo volar! ¡Escuchen! ¡PUEDO VOLAR!
Al amanecer había cerca de mil pájaros en torno al círculo de alumnos,
mirando con curiosidad a Esteban. No les importaba si eran o no vistos, y
escuchaban, tratando de comprender a Juan Gaviota.
Habló de cosas muy sencillas: que está bien que una gaviota vuele; que la
libertad es la misma escencia de su ser; que todo aquello que le impida esa
libertad debe ser eliminado, fuera ritual o superstición o limitación en
cualquier forma.
-Eliminado -dijo una voz en la multitud-, ¿aunque sea Ley de la Bandada?
-La única Ley verdadera es aquella que conduce a la libertad -dijo Juan-. No
hay otra.
-¿Cómo quieres que volemos como vuelas tú? -intervino otra voz-. Tú eres
especial y dotado y divino, superior a cualquier pájaro.
-¡Mirad a Pedro, a Terrence, a Carlos Rolando, a Maria Antonio! ¿Son
también ellos especiales y dotados y divinos? No más que vosotros, no más
que yo. La única diferencia, realmente la única, es que ellos han empezado a
comprender lo que de verdad son y han empezado a ponerlo en práctica.
Sus alumnos, salvo Pedro, se revolvían intranquilos. No se habían dado
cuenta de que era eso lo que habían estado haciendo.
Día a día aumentaba la muchedumbre que venía a preguntar, a idolatrar, a
despreciar.
-Dicen en la Bandada que si no eres el Hijo de la misma Gran Gaviota -le
contó Pedro a Juan, una mañana después de las prácticas de Velocidad
Avanzada-, entonces lo que ocurre contigo es que estás mil años por delante
de tu tiempo.
Juan suspiró. Este es el precio de ser mal comprendido, pensó. Te llaman
diablo o te llaman dios.
-¿Qué piensas tú, Pedro? ¿Nos hemos anticipado a nuestro tiempo?
Un largo silencio.
-Bueno, esta manera de volar siempre ha estado al alcance de quien quisiera
aprender a descubrirla; y esto nada tiene que ver con el tiempo. A lo mejor
nos hemos anticipado a la moda; a la manera de volar de la mayoría de las
gaviotas.
-Eso ya es algo -dijo Juan, girando para planear invertidamente por un rato-.
Eso es algo mejor que aquello de anticiparnos a nuestro tiempo.
Ocurrió justo una semana más tarde. Pedro se hallaba explicando los
principios del vuelo a alta velocidad a una clase de nuevos alumnos. Acababa
de salir de su picado desde cuatro mil metros -una verdadera estela gris
disparada a pocos centímetros de la playa-, cuando un pajarito en su primer
vuelo planeó justamente en su camino, llamando a su madre. En una décima
de segundo, y para evitar al joven, Pedro Pablo Gaviota giró violentamente a
la izquierda, y a mas de trescientos kilómetros por hora fue a estrellarse
contra una roca de sólido granito.
Fue para él como si la roca hubiese sido una dura y gigantesca puerta hacia
otros mundos. Una avalancha de miedo y de espanto y de tinieblas se le echó
encima junto con el golpe, y luego se sintió flotar en un cielo extraño,extraño, olvidando, recordando, olvidando; temeroso y triste y arrepentido;
terriblemente arrepentido.
La voz le llegó como en aquel primer día en que había conocido a Juan
Salvador Gaviota.
-El problema, Pedro, consiste en que debemos intentar la superación de
nuestras limitaciones en orden, y con paciencia. No intentamos cruzar a
través de rocas hasta algo más tarde en el programa.
-¡Juan!
-También conocido como el Hijo de la Gran Gaviota -dijo su instructor,
secamente.
-¿Qué haces aquí? ¡Esa roca! ¿No he... no me había... muerto?
-Bueno, Pedro, ya está bien. Piensa. Si me estás viendo ahora, es obvio que
no has muerto, ¿verdad? Lo que sí lograste hacer fue cambiar tu nivel de
conciencia de manera algo brusca. Ahora te toca escoger. Puedes quedarte
aquí y aprender en este nivel -que para que te enteres, es bastante más alto
que el que dejaste-, o puedes volver y seguir trabajando con la Bandada. Los
Mayores estaban deseando que ocurriera algún desastre y se han
sorprendido de lo bien que les has complacido.
-¡Por supuesto que quiero volver a la Bandada. Estoy apenas empezando con
el nuevo grupo!
-Muy bien, Pedro. ¿Te acuerdas de lo que decíamos acerca de que el cuerpo
de uno no es más que el pensamiento puro...?
Pedro sacudió la cabeza, extendió sus alas, abrió sus ojos, y se halló al pie
de la roca y en el centro de toda la Bandada allí reunida. De la multitud
surgió un gran clamor de graznidos y chillidos cuando empezó a moverse.
-¡Vive! ¡El que había muerto, vive!
-¡Le tocó con un extremo del ala! ¡Lo resucitó! ¡El Hijo de la Gran Gaviota!
-¡No! ¡El lo niega! ¡Es un diablo! ¡DIABLO! ¡Ha venido a aniquilar a la
Bandada!
Había cuatro mil gaviotas en la multitud, asustadas por lo que había
sucedido, y el grito de ¡DIABLO! cruzó entre ellas como viento en una
tempestad oceánica. Brillantes los ojos, aguzados los picos, avanzaron para
destruir.
-Pedro, ¿te parecer mejor si nos marchásemos? -preguntó Juan.
-Bueno, yo no pondría inconvenientes si...
Al instante se hallaron a un kilómetro de distancia, y los relampagueantes
picos de la turba se cerraron en el vacío.
-¿Por qué será -se preguntó Juan perplejo- que no hay nada más difícil en el
mundo que convencer a un pájaro de que es libre, y de que lo puede probar
por sí mismo si sólo se pasara un rato practicando? ¿Por qué será tan dificil?
Pedro aún parpadeaba por el cambio de escenario.
-¿Qué hiciste ahora? ¿Cómo llegamos hasta aquí?
-Dijiste que querías alejarte de la turba, ¿no?
-¡Si! pero, ¿cómo has...?
-Como todo, Pedro. Práctica. A la mañana siguiente, la Bandada había olvidado su demencia, pero no
Pedro.
-Juan, ¿te acuerdas de lo que dijiste hace mucho tiempo acerca de amar lo
suficiente a la Bandada como para volver a ella y ayudarla a aprender?
-Claro.
-No comprendo cómo te las arreglas para amar a una turba de pájaros que
acaba de intentar matarte.
-Vamos, Pedro, ¡no es eso lo que tú amas! Por cierto que no se debe amar el
odio y el mal. Tienes que practicar y llegar a ver a la verdadera gaviota, ver
el bien que hay en cada una, y ayudarlas a que lo vean en sí mismas. Eso es
lo que quiero decir por amar. Es divertido, cuando le aprendes el truco.
Recuerdo, por ejemplo, a cierto orgulloso pájaro, un tal Pedro Pablo Gaviota.
Exilado reciente, listo para luchar hasta la muerte contra la Bandada,
empezaba ya a construirse su propio y amargo infierno en los Lejanos
Acantilados. Sin embargo, aquí lo tenemos ahora, construyendo su propio
cielo, y guiando a toda la Bandada en la misma dirección.
Pedro se volvió hacia su instructor, y por un momento surgió miedo en sus
ojos.
-¿Yo guiando? ¿Qué quieres decir: yo guiando? Tú eres el instructor aqui. ¡Tú
no puedes marcharte!
-¿Ah, no? ¿No piensas que hay acaso otras Bandadas, otros Pedros, que
necesitan más a un instructor que ésta, que ya va camino de la luz?
-¿Yo? Juan, soy una simple gaviota, y tú eres...
-...el único Hijo de la Gran Gaviota, ¿supongo? -Juan suspiró y miró hacia el
mar-. Ya no me necesitas. Lo que necesitas es seguir encontrándote a tí
mismo, un poco más cada día; a ese verdadero e ilimitado Pedro Gaviota. El
es tu instructor. Tienes que comprenderle, y ponerlo en práctica.
Un momento mas tarde el cuerpo de Juan trepidó en el aire, resplandeciente,
y empezó a hacerse transparente.
-No dejes que se corran rumores tontos sobre mí, o que me hagan un dios.
¿De acuerdo, Pedro? Soy gaviota. Y quizá me encante volar...
-¡JUAN!
-Pobre Pedro. No creas lo que tus ojos te dicen. Sólo muestran limitaciones.
Mira con tu entendimiento, descubre lo que ya sabes, y hallarás la manera de
volar.
El resplandor se apagó. Y Juan Gaviota se desvaneció en el aire.
Después de un tiempo, Pedro Gaviota se obligó a remontar el espacio y se
enfrentó con un nuevo grupo de estudiantes, ansiosos de empezar su
primera lección.
-Para comenzar -dijo pesadamente-, tenéis que comprender que una gaviota
es una idea ilimitada de la libertad, una imagen de la Gran Gaviota, y todo
vuestro cuerpo, de extremo a extremo del ala, no es más que vuestro propio
pensamiento.
Los jóvenes lo miraron con extrañeza. ¡Vaya, hombre!, pensaron, eso no
suena a una norma para hacer un rizo...
Pedro suspiró y empezó otra vez:
-Hum... ah... muy bien -dijo, y les miró críticamente-. Empecemos con el
vuelo horizontal. -Y al decirlo, comprendió de pronto que, en verdad, su amigo no había sido más divino que el mismo Pedro.
¿No hay límites, Juan? pensó. Bueno, ¡llegará entonces el día en que me
apareceré en tu playa, y te enseñaré un par de cosas acerca del vuelo!
Y aunque intentó parecer adecuadamente severo ante sus alumnos, Pedro
Gaviota les vió de pronto tal y como eran realmente, sólo por un momento, y
más que gustarle, amó aquello que vió. ¿No hay límites, Juan?, pensó, y
sonrió. Su carrera hacia el aprendizaje había empezado...
Fin

viernes, 24 de diciembre de 2010

ANUNNAKI CREADORES DE LOS HUMANOS

Arriba representación de EA también llamado Enki, que tuvo una importancia crítica en la “Misión en la Tierra” de los Annunaki

Por supuesto, los llegados pertenecen a la casa real de Nibiru, son nobles, cuyas normas de sucesión y herencia, y las disputas por el mandato y el lugar en la jerarquía, ocasionan a lo largo de los cientos de miles de años, que narra el Libro mencionado, conflictos enconados y violentos donde hay asesinatos, destierros, castigos, diferencias de opinión y algunos conflictos bélicos con la Tierra con armas nucleares incluídas.

Estos seres provenientes de Nibiru, privilegiados que tuvieron la ocasión de conquistar un planeta aparentemente no habitado hasta entonces por vida inteligente, pero al mismo tiempo, y al parecer víctimas de un exilio forzoso motivado por el hecho de seguir proveyendo del oro necesario para la supervivencia de la atmósfera de su planeta amado de origen, no son representados como “malos” ni “buenos”; son capaces de una entrega extraordinaria, de hazañas increíbles, la culminación de las cuales es la creación de seres inteligentes, concebidos como “ayudantes” en la dura tarea de extraer el tan ansiado oro, a riesgo de saltarse algunas normas y leyes existentes en el Universo y convirtiéndose de esa forma en “creadores”, pero también conocedores de la envidia, la codicia, la ambición, la insatisfacción, la venganza, el odio y otros sentimientos considerados por nosotros como “humanos” y los cuales provocan divisiones entre dos clanes durante cientos de miles de años, el encabezado por Enki y el liderado por Enlil, su hermanastro.

Tres hermanos, Ea (luego llamado Enki), Enlil (señor de Mandato, a quien se asigna la Misión de la Tierra) y Ninki son los protagonistas principales de esta historia, los tres hijos de Anu, soberano de Nibiru.

El relato sencillamente narrado resume la historia de cientos de miles de años desde la Llegada de los Annunaki a la tierra hasta el ascenso de Marduk, el primogénito de Enki, al poder en Egipto. Ellos fueron los primeros “Annunaki ” que “llegaron a la Tierra del Cielo”. Su Misión y la de sus descendientes en la Tierra comenzó a complicarse seriamente cuando decidieron crear al “Trabajador Primitivo”, no sin antes sortear muchos obstáculos éticos, políticos y técnicos.


Lo importante sobre el origen de la humanidad es que es un hecho absolutamente único. Aparentemente, a juzgar por la crónica de Enki, nunca se había oido hablar del hecho de crear un ser de la nada ya que “todos los seres descienden de una simiente evolucionada a lo largo de eones”; pero la necesidad de forjar un Trabajador Primitivo, motivó que se diera via libre a una idea de Ea ( o Enki ) basada en poner la señal de los Annunaki a una simiente ya existente en la Tierra, homínidos que caminaban erectos en dos piernas hace 300.000 años, y que vivían entre los animales de las estepas.

Enki convenció a su hermano, Enlil, quien dirigía la “Misión en la Tierra” de llevar a cabo semejante idea con un argumento importante: no se trataba de crear esclavos, ya que la esclavitud había sido abolida en su propio planeta miles de años atrás, sino de crear “un ayudante”. No se trataba de crear un ser de la nada, algo en manos únicamente del Creador del Todo, sino de favorecer la evolución poniendo la marca de los Annunaki en seres homínidos propios de la Tierra. La idea de Enki no era crear una nueva criatura, sino “hacer más a su imagen y semejanza a una ya existente” con una sola gota de la existencia de los Annunaki.

No fue una decisión fácil. Se preguntaron si era Hado o Destino llevar a cabo tal plan y el Dios Creador de Todo daría el visto bueno a un plan para salvar de la destrucción a Nibiru o no. Pero al final se puso manos a la obra y de esta forma Enki, Ninki, su hermana y Ningishzidda, el hijo de Enki, comenzaron el proyecto. Se trataba de mezclar una hebra de la esencia del ser ya existente en la Tierra con la otra hebra de ADN del Annunaki.

Estos relatos tienen 6000 años de antigüedad y hablan claramente de un proceso de manipulación genética en el que se planeó el primer bebé probeta de la historia, empleando un óvulo de una madre homínida y fertilizando el óvulo con material genético (medido en proporciones exactas con objeto de conferirle la imagen, pero no todas las capacidades ni ciclo vital), para después insertarlo en una matriz Annunaki.

Tal y como se narra en el Libro Perdido de Enki, colocaron un óvulo de la hembra vípeda en un recipiente (probeta) de arcilla (de la Tierra, después de varias pruebas fallidas empleando material de cristal) y se mezcló con “objetos diminutos” con fórmulas que contenían la simiente Annunaki (en una clara referencia al ADN) y posteriomente, una vez fecundado el óvulo de la hembra vípeda lo colocaron en una matriz Annunaki, concretamente en la matriz de Ninki, la hermanastra de Enki, tras lo cual hubo concepción y ésta dio a luz un varón sano, sin pelo en el cuerpo, con los sentidos perfectos y capacidad para hablar, al que llamaron Adamu (el Adán del Antiguo Testamento).

Posteriormente Ninki se reunió con siete sanadoras Annunaki de la ciudad y les pidió que aceptaran la tarea de ser “matrices” para otros óvulos fecundados de la misma forma. Pero esta vez, colocaron óvulos de hembras vípedas y los fecundaron con la esencia (material genético) de Adamu, pronunciando una frase de encantamiento enlazando de esa forma la esencia del Cielo y de la Tierra por parentesco sanguíneo. Insertó los óvulos en matrices Annunaki y las Annunaki dieron a luz a siete trabajadores primitivos más.

Viendo que la tarea de crear un ejército de esta manera era demasiado ardua, decidieron crear a la contraparte femenina, a la que llamarían “Tiamat ” (con el mismo nombre de la Tierra primitiva antes del cataclismo) y esta vez cambiaron las esencias Annunaki para ajustarlas a este fin de creación de una fémina. La matriz de Tiamat esta vez fue la esposa de Enki, Ninti, quien estuvo encantada con esta tarea.

De esta forma, crearon más hembras posteriormente para que éstas se reprodujeran de forma natural con los varones ya creados; sin embargo observaron que no había procreación entre hombres y mujeres primitivos. Ninguna de ellas tenía descendencia; volvieron a repasar las “esencias” Annunaki empleadas (las hebras y componentes genéticos empleados para el proceso) y vieron que las esencias estaban dispuestas como 22 ramas en un Arbol de la Vida, pero no incluían la capacidad de procrear. Se puede inferir, por lo que viene a continuación, que se estaba produciendo un rechazo que impedía la procreación. Sin embargo, la presión por crear a “trabajadores primitivos” para extraer el oro de Africa era cada vez mayor. ¿Qué harían en este momento después de tanto trabajo empleado y de que Enlil aprobara a regañadientes la operación?.

Ningishzidda, el hijo de Enki, experto en estos temas, tenía la solución; tal y como se describe en “El Libro Perdido de Enki” durmió a Enki, Ninki, Adamu y Tiamat y extrajo de la costilla de Enki y Ninki su esencia vital y en la costilla de Adamu insertó la de Enki y en la de Tiamat la de Ninki, añadiendo al Arbol de la Vida dos ramas más con fuerzas procreadoras. Sin duda, todo ello tiene relaciòn con el relato de la costilla de Adan y Eva conocido por el Génesis y que muchos entendíamos como “mito” o “leyenda”. Parece estar describiendo algún tipo de implante que permitió que ese rechazo inmunitario que impidió la original descendencia fuera superado por medio de la inserción de material genético de dos seres productivos a dos seres sin capacidad de procreación.

Al igual que en el Antiguo Testamento, el texto sumerio recoge la idea de que a partir de ese momento, en que Adamu y Tiamat se “encontraron” y tomaron conciencia de su desnudez y de su feminidad y virilidad algo cambió por completo. Todo ello horrorizó a Enlil que creyó que se les había dado a esos seres creados, las últimas porciones de la “esencia vital” Annunaki y que quizás se les había conferido incluso sus ciclos vitales (de miles de años de vida) y la capacidad de autocuración y autoregeneración. Fue entonces cuando el hermano de Enki, Enlil, inseguro con el proyecto humano desde el principio, decretó que Adamu y Tamat se marcharan del Edin, donde hasta entonces estaban alejados del duro trabajo, pues el objetivo original era que permanecieran como “moldes” perfectos de la creación humana, sólo dedicados a la procreación. Fue Enlil quien decidió que fueran exiliados allí donde se les necesitaba, al Abzu (Afica Sudoriental) dedicados de pleno al trabajo de extraer el oro, como todos los demás humanos creados. De esta forma fueron expulsados del Edin.

Las alusiones a una “serpiente” maligna hacen una clara referencia al símbolo con que se representaba el propio Enki, conocedor de los secretos de la manipulacion genética y director de todo este proyecto de la creación del Trabajador Primitivo.



Y de esta forma la humanidad comenzó a proliferar; Adamu y Tiamat tienen tres hijos, y el relato de los acontecimientos que siguieron en gran medida están recogidos con mayor o menor fidelidad en el Antiguo Testamento, sin embargo, no eran los únicos que procreaban.

Enki siempre había sido conocido por sus dotes amorosas y la incontinencia de sus apetitos sexuales.

Una de las tablillas describe cómo Enki encuentra en el Edin dos hembras de gran atractivo y ambas procrean de él dando a luz uno cada uno de ellas: Adapa y Titi. Adapa, sumamente inteligente, se convierte en el primer hombre civilizado. Adapa y su hermanastra Titi a su vez se emparejan dando a luz a Kain y Abael (en clara referencia a Cain y Abel).

En el Antiguo Testamento podemos encontrar multitud de casos en los que el varón tiene por esposa a su hermanastra (es el caso de Abraham y Sara). Esto está íntimamente relacionado con la Ley de herencia de los Annunaki, así llamada, de la Simiente, que convierte en herederos legitimos a los hijos de la hermanastra, antes que al primogénito, si éste ha sido concebido por una mujer de otra clase social. Esta ley Annunaki marcó el destino de toda la Misión de la Tierra multitud de veces.



Arriba, la zona en amarillo es el origen de la civilización humana y el lugar donde los Annunaki crearon Eridú y el Edin.

Enki tuvo otro hijo más con otra terrestre, al que llaman Ziusudra (Noé). Después del gran Diluvio producido, tal y como describe una de las tablillas, por la cercanía de Nibiru y las inestabilidades creadas en la atmósfera de la Tierra, Enlil decreta el final de la Misión en la Tierra (en la forma en que se había llevado a cabo hasta el momento) y se niega a salvar a la humanidad; nunca había visto con buenos ojos el proyecto de creación humana y aprovecha el momento para obligar a todos por juramento a que ningún humano sea salvado de la catástrofe. Sin embargo, Enki, su hermano y creador intelectual del “trabajador primitivo” tiene una visión o sueño que le dice que debe salvar a Ziusudra, su hijo, dándole instrucciones claras sobre cómo construir una barcaza cerraza y sellada con pez, donde se colocan algunos pequeños animales (las esencias de otros mamíferos y plantas ya habían sido extraidas y conservadas por Enki para evitar el fin de la vida de la Tierra y poder reconstruir la vida tras el Diluvio). De esta forma, Ziusudra, así como algunos descendientes de Kain en otra parte del mundo, ya que habían sido desterrados del Edin tras el asesinato de Abael a manos de su hermano, se salvan del Diluvio.

¿Se han podido encontrar la prueba de alguno de estos hechos narrados en las tablillas sumerias?

Sorprendentemente sí y además no una ni dos, sino múltiples pruebas. He aquí sólo algunos de ellos:

1. Los descubrimientos de objetos estelares como satélites o planetas de nuestro Sistema Solar que se produjeron a finales del siglo XX ya se mencionaban en tablillas de miles de años de antigüedad (ver referencias “El Génesis Revisado”) demostrando que el conocimiento sumerio de nuestro Sistema Solar era muy superior al nuestro.

2. La naturaleza física y aspecto de algunos de los planetas de nuestro Sistema Solar, así como su composición, como es el caso de Urano, Neptuno o Júpiter ya se mencionaban en las tablillas sumerias (ver referencias “El Génesis Revisado”).

3. Hechos asombrosos como el descubrimiento del ADN mitocondrial han demostrado que todos provenimos de una misma “Eva” primitiva.

4. El laboratorio genético en el que Enki y su hermana Ninki trabajaron en el diseño de un trabajador primitivo que pudiera reproducirse se situó en el Abzu (Africa Suboriental) que fue el territorio que Anu, padre de Enki y Enlil le concedió para el mandadto a Enki en la Tierra, después de darle e Enlil el honor de ser “El Señor del Mandato” y gobernar en Eridú, ciudad donde se situó el primer Edén. El Abzu es el territorio de Africa Sudoriental que corresponde a Kenia, Etiopía y Somalia. Los últimos hallazgos científicos sitúan al primer Homo Sapiens Sapiens en Africa, en la región de Etiopía, hace unos 200.000 años.

¿Contradice todo esto plenamente a los conocedores del Antiguo Testamento que defienden el origen histórico de los hechos que narra?. No exactamente. En realidad, los primeros interesados en conocer el contenido e información de las tablillas sumerias deberían ser los propios defensores de la Biblia ( en particular el Antiguo Testamento ) y de la idea de que ésta refleja hechos históricos, especialmente en su versión hebrea, menos manipulada por posteriores interpretaciones linguísticas y religiosas. El mismo Sitchin asegura que “un día” de la Biblia equivale a 1000 años y que al margen de este hecho particular, relacionado con la cuenta sumeria, y a tener en cuenta, los hechos mencionados en el Antiguo Testamento son literales y son reflejo de acontecimientos ya recogidos en crónicas y tablillas sumerias.

Un ejemplo de mala interpretación que ha dado origen a muchos problemas es que la Biblia Hebrea recoge la palabra “Elohim” o “Dioses” (es una palabra plural), algo que no se respeta en las posteriores versiones cristianas y que modifica completamente el sentido original.

¿Quiere todo esto decir que Dios o Creador del Todo no existe?.

En absoluto, quiere decir lo que quiere decir, que nosotros no somos fruto de la evolución homínida, sino de una inteligencia superior, superior a la nuestra, no a la de Dios Creador del Universo. Eso lo tenían claro, y así lo reflejan las propias tablillas, hasta los propios protagonistas de esta historia, los Annunaki, que en muchas ocasiones se plantean si sus acciones serán del agrado de “Dios Creador de Todo”.

Por supuesto, lo que contradice plenamente el contenido de las tablillas sumerias es la natutaleza de la “autoría” de la obra en la Tierra o la naturaleza del “autor” o “autores”, tal y como la interpretan las tradiciones religiosas, es decir todo aquello que ha sido introducido en la mente religiosa a golpe de dogma de fé.

Uno de los pensamientos que me rondaron al leer esto es que, teniendo en cuenta esta crónica, nuestros orígenes iniciales, por lo tanto, son más Annunaki que terrestres; Si tenemos en cuenta que pocos sobrevieron al Diluvio Universal y que sólo Ziusudra y su prole (Noé, hijo de Enki con una terrestre que a su vez se había creado de Annunaki y vípeda homínida) entre muy pocos y contados pudo hacerlo, nos viene a decir, que el Padre Genético de toda la Humanidad es Enki, un ser Annunaki de una inteligencia y capacidades extraordinarias (recomiendo leer los libros para darse cuenta de hasta dónde llegaban/llegan estas capacidades de Enki en particular y en general en la raza Annunaki) , y que nuestro componente de “mamífero vípedo” es menor desde el punto de vista de la composición genética. La mitad de nuestra genética, a tenor de todo esto, es cien por cien Annunaki y la otra mitad es Annunaki en un porcentaje superior al cincuenta por ciento. Sin embargo, es cierto que no somos ni el pálido reflejo de lo que fueron los primeros humanos creados que, si bien no habían heredado la longevidad Annunaki, vivían, como bien atestigua el Antiguo Testamento cientos de años. Abraham vivió más de 900 años, sus hijos un poco menos y en cada generación el número de años hasta llegar a nuestros días ha sido menor. ¡Qué ironía que digamos a menudo que cada vez vivimos más años, gracias a los adelantos de la Ciencia!.

La duodécima tablilla habla de la designación, por parte de los líderes de la Misión Tierra, de tres regiones de civilización para la Humanidad. La primera región e instalaciones espaciales eran tierras de Enlil. La primera civilizacion del hombre comienza en la Primera Región, Sumeria. A Innana, nieta favorita de Anu, se le concede la tercera región, Valle del Indo.

Marduk se apodera de la Segunda Región, el Antiguo Egipto, depone a Ningishzidda (Thot) y se declara a sí mismo Ra, o dios supremo, dando inicio a una nueva religión, e inicia los reinados de los faraones. ¿Es entonces cuando comienza el reinado de la mentira en la Tierra con objeto de encerrar al humano creado en una concepción falsa de la realidad?.

Sabemos que los misterios que atesoran las sociedades secretas de la masonería tienen su raíz en el Antiguo Egipto y la época de los faraones y es sencillo poder imaginar que la clave de los misterios se encuentra en lo que ellos saben y los demás desconocemos, nuestro origen y la realidad que sin embargo nos gritan los protagonistas de todo esto desde el pasado plasmado en las tablillas sumerias.



Arriba representación en la cumbre de su gloria de Marduk/Ra

El Libro Perdido de Enki termina en sus últimas páginas con esta crónica:

“Babili, donde Marduk declaró la supremacía, se libró del Viento Maligno. Todas las tierras al sur de Babili fueron devoradas por el Viento Maligno; también alcanzó al corazón de la segunda región. (..) Enki le hizo considerar a Enlil el libramiento de Babili como un augurio divino. “El libramiento de Babili confirma que Marduk ha sido destinado para la supremacía” , así le dijo Enki a Enlil.



Babili es por supuesto Babilonia, y la tablilla marca el final de la crónica que comienza con la era de la supremacía de Marduk, que no era el heredero designado inicialmente para la Tierra en Babilonia y en la Tierra, sino Ninurta, hijo de Enlil, pero que el destino (¿Hado o Destino? se preguntaban los propios protagonistas) quiso que fuera finalmente el Heredero de la Misión.

El Viento Maligno es la traducción sumeria de las también llamadas “armas del terror” que fueron empleadas hace miles de años, como resultado de las disputas entre dos bandos y las múltiples ambiciones de unos y otros, armas nucleares, ni más, ni menos.

Las tablillas sumerias que hablan de los dioses Annunaki no son las únicas en mencionar el uso de armas nucleares en la antigüedad.

Una gran capa de cenizas radioactivas fue encontrada en Rajasthan, India en 1992, cubriendo un área de unos ocho kilómetros cuadrados, a 16 kilómetros al oeste de Jodhpur. La radiación es tan intensa que aún contamina la zona.

El Mahabharata describe con precisión un acontecimiento de este tipo: “Un único proyectil cargado con todo el poder del Universo… Una columna incandescente de humo y llamas tan brillante como 10.000 soles se elevó en todo su esplendor… era un arma desconocida, un rayo de hierro, un gigantesco mensajero de muerte que redujo a cenizas a una raza entera”.

Marduk y su ciudad Babili, no se vieron afectadas por esta catástrofe nuclear lo que originó su designación como heredero de la Misión en la Tierra. Muy probablemente la esposa de Lot no fue convertida en sal por el castigo de “Dios” al desobedecer su orden, sino que fue convertida en polvo como consecuencia de una explosión nuclear. El Libro de Enki refleja que más bien los “dioses” se lamentaron amargamente de la suerte que habían corrido las ciudades de la Tierra civilizada por las deflagraciones nucleares que nunca tuvieron que haber ocurrido; de hecho, no fueron resultado de una decisión consciente o meditada, sino que se produjo un error de cálculo con unas armas que nunca debieron haberse encontrado en la Tierra y que estaban aquí como consecuencia del mismo origen de la Misión en la Tierra; durante cientos de miles de años estuvieron escondidas para que no fueran usadas, y como puede imaginarse, quien lo hizo finalmente no era plenamente consciente de los efectos que aquello iba a acarrear.


Cuando vemos a algunos líderes mundiales, asociados a altos grados de la masonería y las sociedades secretas, rezar ante el Antiguo Testamento nos preguntamos qué es lo que realmente les cruza por la mente. ¿Son éstos ajenos a todo esto que relatan las tablillas sumerias?. ¿Se trata sólo de hipocresía o están elevando oraciones en honor a seres inteligentes que han marcado nuestro pasado y presente hasta un punto difícil de asumir, pero que no son El Dios Creador de Todo, y cuya historia recoge en parte de el Antiguo Testamento y cuya clave de lectura tienen aquellos que conocen los misterios?. ¿Son estos, parte de los secretos que desvelan determinados niveles y ritos de la masonería?.

Algunas reflexiones personales:

Si la datación y el origen sumerio de las tablillas sumerias es incontestable;

Si ninguna autoridad científica, versada en idiomas de la antigüedad ha contradicho jamás una coma de las traducciones de Sitchin.

Si jamás se ha negado el origen milenario de las tablillas sumerias, que hoy están expuestas en algunos prestigiosos museos del mundo;

Dado que multitud de hechos que narran las tablillas han sido posteriormente verificados y encontrados correctos por nuestros conocimientos científicos;

¿Acaso no estamos obligados a considerar esta visión sobre nuestro origen y el pasado de la Tierra? . La dificultad para asumirlos en su totalidad ciertamente es inmensa, en particular el hecho de asumir que podríamos ser producto de la manipulación genética por parte de seres más inteligentes, y diseñados “a imagen y semejanza” de seres superiores en inteligencia, desarrollo tecnológico y civilización y con conocimiento profundo de la genética y la naturaleza.

Si tenemos en cuenta la capacidad que tenemos de modificar nuestra propia genética con nuestro pensamiento o campo infórmatico a nuestro alrededor, y el hecho de que, como consecuencia, se produzca una selectiva impresión de nuestros genes a partir de nuestras propias creencias, me atrevo a concluir que la humanidad está “atrayendo” o “expresando” su parte más homínida en detrimento de otras menos animales y más interesantes en cuanto al potencial de creación y creatividad innatas, y que sin embargo están presentes en nuestros genes desde el comienzo de la humanidad, ya que nada se crea ni se destruye, solamente se transforma, de manera que ese potencial inconmensurable está ahí. ¿No es este también el objetivo de Matrix?.

Por otro lado, ¿resulta todo esto más dificil de asumir que el hecho de que somos producto de una evolución de seres homínidos con los que aun compartimos espacio en la Tierra, incapaces de hablar o de destreza digital por simpáticos y “monos” que nos parezcan?.

Todo depende del cristal con que se mire. Pero estamos en el momento exacto en que merece la pena que consideremos todo esto para nuestro bien ya que el conocimiento ha sido desvelado y está a nuestro alcance. No podemos seguir ignorándolo.

Incluso si asumimos todo esto, me parece evidente que tampoco esta verdad refleja Toda la Verdad, sino que estos hechos históricos se enmarcan en otra Verdad de una dimensión aun superior. Como dice B. Marciniak en “Mensajeros del Alba”.

“Los planificadores originales de la Tierra pertenecían a la Familia de la Luz (que es información) y decidieron que la Tierra fuese una biblioteca cósmica. Civilizaciones nacieron en la Tierra hace 500.000 años y yacen bajos los hielos de la Antártica. Ciertos dioses creadores (en clara referencia a los Annunaki) llegaron para apoderarse de esta biblioteca viviente hace 300.000 años, hubo lucha y ganaron. Estos nuevos dueños no querían que la especie humana tuviera acceso a la información. La humanidad es un experimento. Fue diseñada como casi todo lo que existe en la Creación. El Creador hizo brotar de sí energías, a quienes dotó de los mismos dones que poseía. Estas energías, que llamaremos ‘dioses’, empezaron a probar sus dones. Estos nuevos dueños eran conocedores de la ingeniería genética, y sabían que la conciencia existe en todas las cosas, así que ajustaron las energías electromagnéticas de la conciencia para que vibrara a cierta frecuencia. Los nuevos dueños se nutrían del temor y del caos. Reestructuraron el ADN para que el hombre funcionara dentro de una escala limitada; el ser humano original tenía doce filamentos, contribución de doce civilizaciones, estos nuevos dueños lo redujeron a dos. Se rodeó al planeta de un cerco desde el cual se controlaba la frecuencia de los humanos para ser modificados. Este cerco impedía que la Luz llegara como antes. Y cuando lograban pasar la barrera no había respuesta en la Tierra, pues los humanos estaban desconectados. La mayor tiranía en una sociedad no es el control por la ley marcial, sino la manipulación psicológica de la conciencia, de manera que los que viven dentro de esa realidad ni se dan cuenta que están prisioneros. Ni saben que existe otra cosa fuera de ellos. Ustedes han estado controlados como ovejas en el redil por quienes se sienten vuestros dueños, desde el gobierno y el establecimiento de los que están en el espacio.”